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– Corre -fue todo cuanto ella dijo.

La única palabra que pronunció restalló como un látigo. Con torpeza, él la hizo retroceder hasta la puerta y se apoderó de su boca con una fiereza desesperada mientras le quitaba la chaqueta y la blusa, y dejaba al descubierto sus hombros. Ella tenía los dedos más ágiles y le hubo desabrochado la camisa antes de que él consiguiera hacer lo propio con los corchetes del sujetador. Después de tirar y retorcer, ella sintió sus pechos libres y él se llenó las manos con ellos y le tiró de los pezones, duros como piedras.

– Alex. -Él trató de retroceder pero ella ya se había bajado los pantalones y las braguitas, y se deshizo de las prendas de una patada mientras le devoraba los labios-. Ven a la cama.

– No, hagámoslo aquí. -Se plantó delante de él, desnuda y perfecta-. Hagámoslo tal como lo deseábamos hace un rato. -Y no le dejó elección. Le pasó los brazos por el cuello y se encaramó hasta rodearle la cintura con las piernas-. Hagámoslo ahora.

A él el pulso se le disparó de tal modo que creyó que iba a atravesarle la coronilla. Tiró del cinturón. Acarició con los nudillos su ardiente e increíblemente húmeda calidez mientras estiraba por aquí y se retorcía por allá, haciéndola gemir. Se bajó los pantalones, la acorraló contra la puerta y empujó lo más fuerte que pudo. Al fin toda aquella calidez húmeda lo rodeaba y lo atraía más adentro hasta hacerlo enloquecer.

Ella gritó, pero sus ojos no expresaban dolor, solo pasión, necesidad y deseo, y él se supo ávido de ver aquellos ojos nublarse de pura satisfacción.

– Mantén los ojos abiertos -musitó él, y ella hizo un firme gesto afirmativo. Hundió los dedos en sus hombros y él los hundió en sus caderas y los mantuvo allí mientras se clavaba en ella y daba rienda suelta a la bestia que rugía en su interior. Se hundió una y otra vez hasta que fue incapaz de recordar nada de lo sucedido durante el día, hasta que el miedo hubo desaparecido por completo de los ojos de ella y solo quedó el azoramiento de la pasión. Entonces el cuerpo de ella se arqueó y gritó de nuevo mientras se corría, aferrándose a él, arrastrándolo consigo.

Él se hundió una última vez y el placer lo azotó como un golpe en la cabeza. Se desplomó contra ella y la empujó contra la puerta.

Sus pulmones se inflaban y se desinflaban con rapidez mientras jadeaba en un esfuerzo por tomar aire, convencido de que le era indiferente morir en ese mismo instante porque no podría haber experimentado algo mejor. Luego se retiró para observar el rostro de ella y supo que tenía que volver a hacerla suya. Una vez y otra. Ella resollaba, pero sus labios se curvaron. Se la veía… orgullosa. Increíblemente satisfecha y orgullosa al mismo tiempo.

– Eso ha estado muy, muy bien -dijo.

Él se echó a reír, y volvió a esforzarse por tomar aire.

– Creo que al tercer «muy» me moriré. Claro que estoy dispuesto a correr ese riesgo si tú también lo estás.

– Últimamente mi vida pende de un hilo. No vendrá de ahí.

Jueves, 1 de febrero, 1.30 horas.

Alguien volvía a llorar. Bailey oyó el lamento a través de las paredes. Una de las puertas del pasillo se abrió y se cerró con un ruido sordo. Luego se hizo el silencio. Todas las noches pasaba dos o tres veces.

Luego su puerta se abrió de golpe y rebotó contra la pared de hormigón. El entró y la aferró por la blusa, ya maloliente y hecha jirones.

– Me has mentido, Bailey.

– ¿Qu…? -gritó al recibir un revés en la mejilla.

– Me has mentido. Alex no tiene la llave en su casa. -La sacudió con fuerza-. ¿Dónde está?

Bailey se lo quedó mirando, incapaz de hablar. Le había dicho a Alex que escondiera la llave, no tenía ni idea de dónde podía estar.

– No… No lo sé.

– Pues a ver si podemos hacer que el cerebro te funcione un poco mejor. -Tiró de ella y la arrastró fuera de la celda, y ella trató de desconectar la mente. Trató de evitar decir nada más, de evitar suplicarle la muerte.

Atlanta, jueves, 1 de febrero, 2.10 horas.

Alex tenía el cuerpo dolorido en todos los lugares que correspondía. Volvió la cabeza en la almohada para mirarlo; ese era el único movimiento que podía permitirse. Daniel se encontraba tendido en el suelo con la boca abierta, tratando de llenar los pulmones de aire.

– Espero que no te haga falta un masaje cardíaco -musitó ella-. Soy incapaz de moverme.

La risa de él sonó más bien a gemido.

– Creo que saldré de esta. -Se colocó de lado y la atrajo hacia él hasta que sus cuerpos encajaron como un rompecabezas-. La verdad es que lo necesitaba -añadió en tono quedo.

– Yo también -susurró ella-. Gracias, Daniel.

Él le besó en el hombro, extendió el brazo para apagar la luz y tiró de la manta para taparse y taparla a ella. Alex se estaba quedando dormida cuando lo oyó suspirar.

– Alex. Tengo que hablar contigo.

Ella se figuraba una cosa así.

– Muy bien.

– Esta noche has dicho que tu madre le dijo a Crighton que tú lo habías visto con la manta de Tom.

Alex tragó saliva.

– Tom era mi padre. Murió cuando yo tenía cinco años.

– Meredith me lo ha explicado. ¿Qué tenía la manta de particular?

– Era la manta de camping de mi padre. No teníamos mucho dinero pero ir de camping salía barato y a él le gustaba el aire libre. A veces nos subíamos todos al coche y nos acercábamos hasta el lago para pescar y nadar… Por la noche él hacía una hoguera y nos arropaba a Alicia y a mí con su vieja manta, y nos sentaba sobre su regazo para contarnos historias. Mi madre guardaba todos sus trastos en el garaje de Craig por si algún día a Alicia o a mí nos apetecía recuperarlos. Recuerdo que a Craig no le hacía mucha gracia. Era muy posesivo con mi madre.

– ¿Y qué viste tú, cielo?

– No lo sé, pero sé que era algo importante. Recuerdo los relámpagos y los truenos. Mary me ha dicho que se ha sorprendido un poco cuando yo he insistido en empezar el día después de la muerte de Alicia. Solo hace falta retroceder un día más; eso es todo.

– No, eso no es todo. -Él la estrechó con más fuerza por la cintura-. Sé que vas a ponerte como loca, y no te culpo por ello. Solo te pido que recuerdes que en ese momento hice lo que creía que era lo mejor.

Alex, extrañada, se dio la vuelta para mirarlo.

– ¿Qué pasa?

Él se quedó tumbado de lado con expresión sombría.

– Esto no ha salido a relucir en ninguna de las ruedas de prensa y hemos conseguido mantenerlo en secreto. Dos de los tres cadáveres que hemos encontrado tirados en una zanja tenían un pelo atado a un dedo del pie, y todos son por lo menos de hace diez años. -Hinchió el pecho y soltó el aire de golpe-. El ADN es exactamente igual que el tuyo.

Alex se quedó anonadada.

– ¿Mi ADN? ¿Cómo lo sabes? No te he dado ninguna muestra.

Él cerró los ojos.

– Sí. ¿Te acuerdas de que el martes ibas a marcharte con Ed a casa de Bailey y cuando yo te besé tu pelo se enredó en mi manga?

Alex apretó la mandíbula.

– Lo hiciste a propósito. ¿Por qué? ¿Por qué no me lo pediste?

– Porque no quería preocuparte. Estaba intentando…

– No herirme -concluyó ella-. Daniel… -Sacudió la cabeza; quería enfadarse pero se le veía tan abatido que se sintió incapaz-. No pasa nada.

Él abrió los ojos.

– ¿Ya está?

– Sí. Querías hacer lo correcto, pero no vuelvas a intentarlo, ¿de acuerdo?

– De acuerdo. -Él la atrajo hacia sí-. Vamos a dormir.

Ella se le arrimó. Pero entonces se percató de la importancia de las palabras que él acababa de pronunciar y, a pesar del calor que su cuerpo irradiaba, se quedó helada.