Daniel recordó la llegada del repartidor de periódicos la mañana anterior, mientras Alex y él jadeaban y se estremecían en el sofá. Notó que le ardían las mejillas.
– A las cinco y media -puntualizó-. O sea que de algún modo Jim Woolf se enteró de quién era Romney antes que la policía. Eso no es un mero soplo. Podría estar confabulado con el asesino.
– Tienes razón -convino Chase-. Vamos a buscarlo. Puede que la amenaza real de ir a la cárcel le suelte la lengua un poco más. Daniel, ¿hablarás con la tal Marianne?
– En cuanto terminemos. ¿Sabemos algo de Koenig y Hatton?
Chase asintió.
– Koenig ha llamado hace aproximadamente una hora y media. Dice que han buscado a Crighton toda la noche pero que no lo han encontrado. Iban a probar en los centros de acogida durante el desayuno, pero estaban cansados y han decidido marcharse a dormir y volver a intentarlo esta noche.
– Joder. -Daniel tensó la mandíbula-. Estoy deseando detener a ese hijo de puta.
– Anoche volví a ver la grabación que hicimos de Alex y McCrady -dijo Ed-, y me dio que pensar. Alex recordaba a Crighton decir que Alicia se lo había buscado, con tanto pantalón corto y tanto top. Parece que supiera lo de la violación.
– Tienes razón -convino Daniel-. Dijo que Wade no había matado a Alicia, pero es obvio que fue él. Si Wade violó a Alicia, es probable que fuera eso lo que le confesara al reverendo Beardsley antes de morir, y puede que también lo dijera en las cartas que envió a Bailey y a Crighton.
– He investigado sobre Crighton -dijo Luke-. Después de la muerte de Alicia y de asesinar a la madre de Alex, empezó a ir de mal en peor. Antes tenía un buen trabajo, pero lleva trece años desaparecido. No tiene ingresos, no hay rastro de que haya utilizado las tarjetas de crédito. Nada.
– Se ha dedicado a vivir en la calle y tocar la flauta por las esquinas -dijo Daniel con desdén-. Y a apalear a las pobres monjas.
– Ah. -Ed sacudió la cabeza con fuerza-. La flauta. He echado un vistazo a la relación de cosas que encontramos en casa de Bailey y hay un estuche de flauta vacío. Parece muy viejo, da la impresión de que nadie lo haya utilizado en muchos años. Todos los huecos y las bisagras están llenos de polvo, pero la parte interior está limpia, como si acabaran de abrirlo. ¿Bailey también toca la flauta?
Daniel frunció el entrecejo.
– Supongo que Alex lo habría mencionado, pero se lo preguntaré.
– ¿Le has dicho lo del pelo? -preguntó Chase.
– Sí. Esta mañana, de camino al escenario, le he preguntado qué había pasado con las cosas de Alicia. Dice que su tía Kim lo envió todo a Ohio y que las cajas han permanecido en un almacén desde entonces. También me ha dicho que Bailey, Alicia y ella se prestaban la ropa, el maquillaje y los cepillos del pelo, y que Bailey y Alicia compartían habitación cuando esta murió, porque se había enfadado con Alex. Es posible que el pelo lo hayan obtenido de casa de Bailey hace poco.
– No lo creo -repuso Ed-. Si llevara tanto tiempo enroscado en un cepillo, no estaría recto. Además, está limpio. Lo guardaban en algún sitio cerrado.
– Puede que sea un recuerdo de la violación -apuntó Chase, despacio-. Mierda.
– Ah, y hay una cosa más. -Ed colocó una bolsa de plástico sobre la mesa.
Daniel la sostuvo a contraluz.
– Un anillo con una piedra azul. ¿De dónde lo has sacado?
– Del dormitorio que Alex dijo que solía ocupar; estaba justo debajo de la ventana.
– Ella se miró las manos cuando Gary Fulmore mencionó el anillo de Alicia -dijo Daniel en tono quedo-. Gary aseguró que Alicia lo llevaba puesto cuando la envolvió con la manta, pero Wanda, la secretaria del sheriff, dice que lo encontraron en el bolsillo de Fulmore.
– Si llevaba el anillo en el dedo cuando descubrieron el cadáver, quiere decir que la policía de Dutton manipuló las pruebas -dijo Chase, en el mismo tono quedo.
Daniel suspiró.
– Ya lo sé. Tenemos que averiguar si el anillo estaba o no en el dedo de la víctima cuando la encontraron. Viajaré a Dutton esta mañana para hablar con Garth y con su tío sobre la muerte de Sean Romney. De camino, pasaré por casa de los Porter. Ellos fueron quienes encontraron a Alicia. Veré si consigo que se acuerden del anillo. Luke, ¿te encargas de investigar todos los nombres que Leigh ha encontrado en los anuarios?
Luke miró con mala cara los listados que la secretaria había impreso el día anterior.
– ¿Por dónde quieres que empiece?
– De momento, céntrate en la escuela pública a la que fueron Simon, Wade y Rhett, y en la escuela privada en la que nos graduamos Garth y yo. Comprueba si alguien está fichado o tiene antecedentes de conducta violenta, si alguien… yo qué sé, está implicado en alguna historia rara.
Luke lo miró con reservas.
– Alguna historia rara. Muy bien.
– Yo llamaré a todas las personas susceptibles de convertirse en víctimas con las que ayer no pude hablar -dijo Chase con un suspiro-. A ver si tenemos suerte y lo atajamos antes de que se cargue a alguien más.
Dutton, jueves, 1 de febrero, 8.35 horas.
Llegó al porche de la entrada molido después de pasarse otra noche vigilando a Kate. De hecho, había acabado quedándose dormido en algún momento después de las cuatro. Cuando se despertó ya brillaba el sol y Kate salía con su coche camino del trabajo. Había estado a punto de descubrirlo, y entonces habría tenido que darle explicaciones. Puesto que en esos días habían muerto tres mujeres, podría haberle dicho simplemente que estaba preocupado, pero Kate era demasiado lista para tragarse el anzuelo. Habría sospechado que se trataba de algo más.
Aquello tenía que terminar pronto, de una forma u otra. Su esposa salió a recibirlo a la puerta. Tenía los ojos rojos por haber llorado y a él se le disparó el corazón.
– ¿Qué ha ocurrido?
– Tu tío Rob está aquí. Lleva esperándote desde las seis. Sean ha muerto.
– ¿Qué? ¿Sean es el que ha muerto? ¿Cuándo? ¿Cómo?
Ella lo miro; le temblaban los labios.
– ¿Quién creías tú que iba a morir?
Él dejó caer la cabeza. Estaba demasiado cansado para pensar.
– Kate.
La mujer exhaló un quedo suspiro.
– Rob está en el despacho.
Su tío se encontraba sentado junto a la ventana, con el rostro grisáceo y ojeroso.
– ¿Dónde estabas?
Él ocupó la silla contigua.
– Vigilando a Kate. ¿Qué ha ocurrido?
– Lo han encontrado en un callejón -Su voz se quebró-. Al principio ni siquiera han podido identificarlo, tenía demasiada sangre en la cara. La policía dice que estaban buscando a Sean, que su foto había salido en las noticias. Mi nieto, en las noticias.
– ¿Por qué lo buscaban?
Los ojos de Rob se llenaron de ira.
– Porque dicen que tenían pruebas de que estaba ayudando al asesino de Claudia Silva, Janet Bowie y Gemma Martin -dijo entre dientes.
– Y Lisa Woolf -añadió su esposa desde la puerta-. Acabo de verlo en la CNN.
Rob se volvió hacia él, todos sus rasgos estaban teñidos de amargura.
– Y Lisa Woolf. Así que dime todo lo que sabes. Dímelo ahora mismo.
Él sacudió la cabeza.
– No sé nada.
Rob se puso en pie de golpe.
– ¡Mientes! ¡Sé que estás mintiendo! -Lo señaló con su dedo trémulo-. El martes por la noche ingresaste cien mil dólares en una cuenta de un paraíso fiscal y ayer alguien acudió al banco para abrir la caja fuerte de Rhett Porter.
Notó que su rostro palidecía. Aun así, alzó la barbilla.
– ¿Y?
– Y que al terminar me dijo: «Dile a Garth que ya la tengo». ¿Qué quiso decir?