– ¿Has pagado cien mil dólares? -El semblante de su esposa denotaba sorpresa y aturdimiento-. No tenemos tanto dinero, Garth.
– Lo sacó del fondo para los estudios de los chicos -soltó Rob con frialdad.
Su esposa se quedó boquiabierta.
– Eres un cerdo. Te he aguantado muchas cosas durante todos estos años, pero lo que me faltaba por oír es que les robas a tus propios hijos.
Se estaba descubriendo todo el pastel.
– Amenazó a Kate.
– ¿Quién? -preguntó Rob.
– Quien está matando a esas mujeres. Amenazó a Kate y a Rhett. Le pagué para salvarle la vida a Kate. A la mañana siguiente Rhett estaba muerto. -Intentó tragar saliva, pero tenía la boca demasiado seca-. Y para salvar a Kate, volveré a pagar.
– No lo harás -chilló su esposa-. Por Dios, Garth, ¿te has vuelto loco?
– No -respondió él con voz queda-, no me he vuelto loco. Rhett está muerto.
– Y crees que ese tipo lo mató -dijo Rob con calma-. Igual que a Sean.
– No sabía nada de Sean -se justificó-. Lo juró. No me mandó ninguna foto de Sean.
Rob se dejó caer poco a poco en la silla.
– Te ha enviado fotos -dijo con un hilo de voz.
– Sí. De Kate. Y de Rhett. -Vaciló-. Y de otras personas.
Su esposa se sentó despacio en una butaca.
– Tenemos que avisar a la policía -dijo.
Él se echó a reír con amargura.
– Por supuesto que no.
– Podría atacar a nuestros hijos. ¿Te lo has planteado?
– Sí, en los últimos cinco minutos. Antes de saber lo de Sean no lo había pensado.
– Tú sabes por qué el asesino está haciendo todo eso -soltó Rob con frialdad-. Y vas a decírmelo. Ahora mismo.
Él negó con la cabeza.
– No, no te lo diré.
Rob entornó los ojos.
– ¿Por qué no?
– Porque no sé quién mató a Rhett.
– Garth, ¿qué está pasando aquí? -musitó su esposa-. ¿Por qué no podemos avisar a la policía?
– No voy a decírtelo. Créeme, estás más segura si no lo sabes.
– A ti te da igual si estoy segura o no. Te has metido en algún follón que me afecta a mí y, aún peor, a tus hijos, así que no me vengas con… sandeces. Dímelo o ahora mismo me voy derechita a la policía.
Hablaba en serio. Iba a ir a hablar con la policía.
– ¿Te acuerdas de Jared O'Brien?
– Desapareció -dijo Rob, con voz distante e inexpresiva.
– Sí, bueno. Seguramente se emborrachó y una noche se salió de la carretera y… -Palideció-. Como Rhett. Dios mío, Garth. ¿Qué has hecho?
Él no respondió. No podía.
– Sea lo que sea, está claro que alguien te acosa por ello -concluyó Rob-. Si solo fuera a por ti, dejaría que hiciera lo que le diera la gana, pero, por Dios, se está cargando a mi familia. Todos sabemos que Sean no era tan listo como vosotros, seguro que lo ha utilizado. Lo ha utilizado y lo ha matado para avisarte. -Se puso en pie-. Esto se acabó, Garth.
Él miró a su tío.
– ¿Qué vas a hacer?
– Aún no lo sé.
– ¿Vas a avisar a la policía? -preguntó la mujer, que ahora lloraba.
Rob soltó un resoplido.
– A la de esta ciudad, seguro que no.
Garth se levantó y miró a su tío a los ojos.
– Si yo fuera tú, no diría nada, Rob.
Rob entrecerró los ojos hasta transformarlos en pequeñas rendijas.
– ¿Ah, no? ¿Por qué no?
– ¿Puedes dedicarme unas horas? De hecho, solo me llevará unos minutos. Con un par de llamadas tendrás a un inspector en el banco en menos que…
El rojo de la ira salpicó el pálido rostro de Rob.
– ¿Tienes el valor de amenazarme?
– Tengo el valor de hacer lo que sea necesario -respondió él con calma.
Su esposa se llevó la mano a la boca.
– No me creo lo que está pasando. Esto es una pesadilla.
Él asintió.
– Tienes razón. Pero mantén la cabeza gacha y la boca cerrada, y puede que sigamos con vida para poder despertarnos cuando termine.
Atlanta, jueves, 1 de febrero, 9.15 horas.
En la pequeña sala con la luna de efecto espejo reinaba el silencio mientras permanecían sentadas esperando a la doctora McCrady. Alex apoyó el codo en la mesa y la mejilla en el dorso de la mano y observó a Hope colorear.
– Al menos ahora utiliza más colores -musitó.
Meredith levantó la cabeza y la miró con una sonrisa triste.
– El negro y el azul. Vamos progresando.
Algo dentro de Alex la hizo saltar.
– Pero no lo suficiente. Tenemos que presionarla, Mer.
– Alex… -la advirtió Meredith.
– Tú no has visto cómo sacaban a esa mujer de la zanja esta mañana -le espetó Alex, con la voz temblando de ira-. Yo sí. Dios mío. Contando a Sheila, ya han muerto cinco mujeres. Esto tiene que terminar. Hope, tengo que hablar contigo y necesito que me escuches. -Le tiró de la barbilla hasta que la niña dejó de mover la mano y la miró con sus enormes ojos grises-. Hope, ¿viste quién le hizo daño a tu mamá? Por favor, corazón; necesito saberlo.
Hope apartó la vista y Alex volvió a atraer su rostro hacia sí mientras la desesperación le atoraba la garganta.
– Hope, la hermana Anne me ha contado que eres muy lista, que sabes muchas palabras y que hablas muy bien. Necesito que hables conmigo. Eres lo bastante lista para saber que tu mamá no está. No la encuentro. -La voz de Alex se quebró-. Tienes que hablar conmigo para que podamos encontrarla. ¿Viste al hombre que se llevó a tu mamá?
Hope asintió despacio.
– Estaba oscuro -susurró con su vocecilla.
– ¿Estabas en la cama?
Hope dijo que no con la cabeza y el sufrimiento invadió su mirada.
– Me levanté.
– ¿Por qué?
– Porque oí al hombre.
– ¿Al hombre que le hizo daño?
– Se fue y ella lloraba.
– ¿Le pegó?
– Se fue y ella lloraba -volvió a decir-. Y tocaba.
– ¿Qué tocaba? -preguntó Alex.
– La flauta. -Las palabras fueron apenas un susurro.
Alex frunció el entrecejo.
– Tu madre tocaba la trompa. Es grande y brillante, muy diferente de una flauta.
Hope apretó la boca con tozudez.
– La flauta.
Meredith colocó una hoja de papel en blanco delante de la niña.
– Dibújame una flauta, cariño.
Hope tomó el lápiz negro y dibujó una cara con trazos infantiles. Le añadió los ojos, la nariz y un rectángulo estrecho que sobresalía al bies de donde debería haber estado la boca. Luego tomó el lápiz plateado de la caja y pintó el rectángulo.
Miró a Alex.
– Flauta -dijo.
– No puede negarse que es una flauta -opinó Meredith-. Es un dibujo muy bien hecho, Hope.
Alex abrazó a Hope.
– Es un dibujo precioso. ¿Qué pasó con la flauta?
Hope volvió a bajar la vista.
– Tocó la canción.
– La canción del yayo. ¿Qué pasó luego?
– Nos fuimos corriendo. -Sus palabras apenas se oían.
A Alex el corazón empezó a latirle con fuerza.
– ¿Adónde fuisteis?
– Al bosque -susurró Hope, y se encogió todo cuanto pudo.
Alex la sentó sobre su regazo y la meció.
– En el bosque, ¿estabas con tu mamá?
Hope empezó a llorar; era un débil lloriqueo que partió el corazón a Alex.
– Yo estoy contigo, Hope. No dejaré que te hagan nada malo. ¿Por qué fuisteis corriendo al bosque?
– Por el hombre.
– ¿Dónde os escondisteis?
– En el árbol.
– ¿Os subisteis a un árbol?
– Debajo de las hojas.
Alex respiró hondo.
– ¿Tu mamá te tapó con hojas?
– Mamá. -Era una pequeña súplica llena de miedo.
– ¿Le hizo daño a tu mamá? -susurró Alex-. ¿El hombre le hizo daño a tu mamá?
– Se fue corriendo. -Las manos de Hope aferraron la blusa de Alex con desesperación-. Él venía y ella se fue corriendo. La co… cogió y le pegó y le pegó y… -Hope se mecía al ritmo de las palabras. Ahora que había empezado a hablar parecía no poder parar.