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– Lo siento, estaba distraído.

– ¿En qué pensabas? -preguntó ella en voz baja.

– En el día en que murió tu madre. -Le pasó el brazo por la cintura y la acompañó hasta una mesa situada junto a la máquina de café-. Tengo que hablar con alguien que estuviera con tu madre después de que encontrara a Alicia. -Sacó una silla para ella y otra para Meredith.

– Pues fuimos el sheriff Loomis, Craig, el juez de instrucción y yo -dijo Alex, tomando asiento.

– Y yo -añadió Meredith.

A Daniel se le paralizaron las manos en la cafetera.

– ¿Hablaste con Kathy Tremaine ese día?

– Varias veces -dijo Meredith-. La tía Kathy llamó por la mañana para decirnos que Alicia había desaparecido y mi madre se dispuso a hacer la maleta. Como su coche no iba muy bien, decidió coger un avión. -Meredith frunció el entrecejo-. Mi madre se arrepintió de haber tomado esa decisión hasta el día de su muerte.

– ¿Por qué? -preguntó Alex, y Meredith se encogió de hombros.

– Cada vez retrasaban más el vuelo por culpa de la tormenta. Si hubiera ido en coche, habría llegado unas horas antes y tu madre habría seguido con vida. Y si la tía Kathy hubiera seguido con vida, tú no te habrías tomado las pastillas.

– Ojalá la tía Kim estuviera aquí para contarnos la verdad -dijo Alex con tristeza.

Meredith le dio una palmada en la mano.

– Ya lo sé. En fin. Luego la tía Kathy volvió a llamar. Estaba histérica y entonces fue cuando yo hablé con ella. Mi madre ya había salido hacia el aeropuerto y entonces nadie llevaba móvil. Yo hacía de intermediaria. Mi madre llamaba desde una cabina del aeropuerto cada media hora y yo le contaba lo que la tía Kathy me había dicho. La primera vez que hablé con ella, la tía Kathy acababa de recibir una llamada de un vecino diciéndole que unos chicos habían encontrado un cadáver.

– Los Porter -adivinó Daniel.

Meredith asintió.

– La tía Kathy iba a salir a verlo.

– Y entonces descubrió que era Alicia -musitó Alex.

– ¿Cuándo volviste a hablar con ella, Meredith? -preguntó Daniel.

– Cuando regresó a casa después de haber encontrado a Alicia, antes de que fuera al depósito a identificar su cadáver. Estaba… más que histérica. Sollozaba; gritaba.

– ¿Recuerdas qué te dijo?

Meredith frunció el entrecejo.

– Que habían dejado a su niña tirada bajo la lluvia.

Daniel también frunció el entrecejo.

– Esa noche no llovió. Hubo relámpagos y truenos, pero no llovió. Comprobé la información meteorológica después de hablar con Gary Fulmore.

Meredith se encogió de hombros.

– Eso es lo que dijo. Que la habían dejado tirada bajo la lluvia, dormida. Lo repitió una y otra vez.

Alex se puso tensa al recordar la frase.

– No. No decía eso.

Daniel se sentó a su lado y la miró directamente a los ojos.

– ¿Qué decía, Alex?

– Cuando mi madre volvió a casa después de identificar a Alicia, Craig le dio un sedante y se fue a trabajar. Yo la ayudé a acostarse. Lloraba mucho, y yo también, así que me metí con ella en la cama y me quedé allí. -Alex recordó la imagen de su madre, tendida en la cama con las lágrimas rodando por sus mejillas-. No paraba de repetir: «Un cordero y un anillo». Es lo único por lo que pudo identificar a Alicia, porque tenía la cara destrozada. «Solo un cordero y un anillo.»

Daniel entrecerró los ojos, y ella observó el brillo triunfal en su mirada.

– Muy bien.

Alex se miró las manos.

– Alicia tenía un anillo y yo otro. Eran nuestros anillos de nacimiento. Mi madre nos los regaló por nuestro cumpleaños. -Sus labios se curvaron con amargura-. Felices dieciséis años.

– ¿Dónde está tu anillo, Alex? -preguntó él con suavidad, y a ella le dio un vuelco el estómago.

– No lo sé. No me acuerdo. -De pronto tenía el corazón desbocado-. Debo de haberlo perdido. -Levantó la cabeza, observó los ojos de Daniel y lo comprendió-. Tú sabes dónde está.

– Sí. Está en tu antiguo dormitorio. En el suelo, debajo de la ventana.

Un temor se apoderó de su ser y lo ensombreció todo. En su cabeza oía los truenos y una voz que gritaba. «Silencio. Cierra la puerta.»

– Es eso, ¿verdad? Eso es de lo que no quiero acordarme.

Él la rodeó más fuerte con el brazo.

– Lo averiguaremos -le prometió.

Pero Alex estaba preocupada.

Atlanta, jueves, 1 de febrero, 10.55 horas.

Daniel pasó por la sala de reuniones, donde Luke estaba enfrascado en un montón de listados.

– El cordero y el anillo -dijo Daniel con un gesto afirmativo.

Luke levantó la cabeza y lo miró con los ojos entornados.

– ¿Qué quieres decir? ¿Alguien te ha hecho pasar por el aro, corderito?

– No. -Se sentó junto a la mesa y apartó un montón de anuarios-. Es lo que la madre de Alicia dijo el día en que la mataron. Como la chica tenía la cara destrozada, solo pudo identificarla por el cordero que llevaba tatuado y por el anillo del dedo. Y vio a Alicia antes de que llegara la policía.

Luke frunció el entrecejo.

– ¿Alicia llevaba un cordero tatuado?

– En el tobillo. Lo llevaban las tres: Bailey, Alicia y Alex.

– Y un anillo en el dedo. Ahora ya tienes la confirmación de que Fulmore decía la verdad -observó Luke-. Y de que el personal de la oficina del sheriff miente.

Daniel asintió con mala cara.

– Eso parece. ¿Qué has averiguado tú?

Luke deslizó una hoja de papel sobre la mesa.

– He anotado los nombres de todos los chicos que se graduaron el mismo año que Simon, y también los que lo hicieron el año anterior y el posterior, tanto en las escuelas públicas como en las privadas.

Daniel dio un vistazo a la lista.

– ¿Cuántos son?

– ¿Descartando los que no son de raza blanca y los que han muerto? -preguntó Luke-. Unos doscientos.

Daniel pestañeó.

– Mierda. ¿Y los doscientos viven en Dutton?

– No. Si quitamos todos los que se han trasladado a vivir a otro lugar, quedan unos cincuenta.

– Eso está mejor -dijo Daniel-. Pero siguen siendo demasiados para que Hope los vea.

– ¿Por qué tiene que verlos Hope?

– Porque vio al hombre que se llevó a su madre. Creo que lo hicieron porque Bailey recibió la carta de su hermano, Wade; si no Beardsley no habría desaparecido.

– Eso tiene sentido. Y a partir de ahí, ¿qué? Detesto ser aguafiestas pero estamos intentando resolver los asesinatos de cuatro mujeres. ¿Cómo piensas demostrar que existe alguna relación entre quien se llevó a Bailey y quien las ha matado?

– Tú crees que son personas distintas.

Luke pestañeó.

– Supongo que sí.

– Es probable que tengas razón. Quien se llevó a Bailey no quiere que se sepa lo de las violaciones y las fotos, y quien ha matado a las mujeres quiere que nos fijemos en Alicia Tremaine. No sé qué relación guarda lo uno con lo otro, lo único que sé es que ese cabrón no ha dejado nada en ningún cadáver ni en el escenario que permita identificarlo. Si descubro quién se llevó a Bailey, es posible que alguna otra cosa salga a la luz.

– Me parece lógico -opinó Luke-. De modo que quieres que reduzca las cincuenta fotos a cinco o seis para enseñárselas a Hope. Si no me equivoco, queréis llevarla a ver a un retratista forense, ¿verdad? Si le hace una descripción básica, podemos escoger entre las fotos a partir de ahí.

Daniel se puso en pie.

– Le pediré a Mary que te informe del resultado. Yo tengo que marcharme a Dutton a hablar con Rob Davis y con Garth, pero antes tengo que llamar a la fiscal del estado. Fulmore ha dicho la verdad sobre el anillo y cuando le pegó a la chica ella ya no estaba viva, o sea que no es culpable de asesinato. Profanó un cadáver, pero no asesinó a nadie.