– Seguro que Chloe te adorará -dijo Luke, y sacudió la cabeza-. Qué tío.
– Eso será si… -Daniel se interrumpió. «Eso será si Alex lo permite», estuvo a punto de decir. Pero era posible que la observación fuera demasiado prematura. Todavía notaba el calor… en los brazos; con uno la había rodeado a ella y con el otro, a la pequeña. Eso era sin duda mucho más de lo que había vivido hasta entonces, pero también era posible que Alex no llegara a ser más que una buena compañera en la cama.
Una muy, muy buena compañera en la cama.
Claro que Daniel no acababa de creérselo, y él era un hombre que hacía caso de sus intuiciones.
– Eso será si, ¿qué? -preguntó Luke, y una de las comisuras de sus labios se curvó hacia arriba.
– Si Chloe hace lo que corresponde con respecto a Fulmore -dijo Daniel en tono quedo-. Y eso no es lo que más me preocupa. Si Fulmore dice la verdad sobre el anillo, quiere decir que la policía de Dutton manipuló las pruebas.
– Chase ya ha puesto a Chloe sobre aviso con respecto a Frank Loomis -lo informó Luke.
– Ya lo sé. Van a abrir una investigación formal.
– ¿A ti te parece bien? Quiero decir que ese tío es amigo tuyo.
– No, no me parece bien -le espetó Daniel-. Pero si es verdad que manipuló las pruebas, envió a un hombre inocente a la cárcel y permitió que el asesino quedara en libertad, eso aún me parece peor.
Luke levantó las manos.
– Lo siento.
Daniel se dio cuenta de que estaba rechinando los dientes y se esforzó por relajarse.
– No, lo siento yo. No tendría que haberte hablado en ese tono. Gracias por todo. Ahora tengo que marcharme.
– Espera. -Luke acercó dos anuarios que había en una pila aparte sobre la mesa, y los abrió por las fotos del último curso-. Sois tu hermana y tú. He pensado que os gustaría tenerlos.
Daniel miró la fotografía de la última hilera y se le partió el corazón. En la foto del anuario, Susannah Vartanian tenía un aire frío y sofisticado, pero él sabía que por dentro se sentía muy desdichada. Tenía que llamarla antes de que las violaciones que Talia Scott estaba investigando llegaran a oídos de la prensa. Se lo debía. De hecho, le debía mucho más que eso.
Atlanta, jueves, 1 de febrero, 11.15 horas.
«Más probabilidades de llegar a ser presidente de Estados Unidos.» Daniel pasó el dedo por su foto de último curso del anuario. Sus compañeros habían votado por él porque era serio y formal, estudioso y sincero. Era el delegado de la clase y el responsable del aula de debate. Todos los años había destacado en los equipos de fútbol americano y de béisbol. Sacaba excelente en todo. Sus profesores lo consideraban un chico íntegro, con ética. Era el hijo de un juez.
Un juez muy cabrón.
Un juez que había sido el causante de que Daniel se exigiera tanto a sí mismo. Sabía que su padre no era la persona que todo el mundo creía. Había escuchado a escondidas las conversaciones entre el juez Arthur Vartanian y quienes acudían a visitarlo a últimas horas en su despacho de la primera planta de la vivienda en la que Daniel se había criado. Conocía todos los lugares de la casa en los que su padre ocultaba cosas. Sabía que su padre guardaba todo un alijo de armas sin registrar y montones de dinero. Siempre había sospechado que su padre se dejaba sobornar, pero nunca había sido capaz de demostrarlo.
Había vivido toda su vida tratando de ser quien se suponía que debía ser el hijo de Arthur Vartanian.
Posó sus ojos en el otro anuario y miró con tristeza la foto de su hermana Susannah. Ella había vivido toda su vida tratando de olvidar que era la hija de Arthur Vartanian. La habían votado la alumna con más probabilidades de triunfar profesionalmente, y lo había hecho, pero ¿a qué precio? Susannah guardaba dentro de sí un dolor secreto que no había compartido con nadie. «Ni conmigo. Ni siquiera conmigo.»
Él se había marchado a estudiar a la universidad y luego volvió a marcharse al ingresar en la escuela de policía. Más tarde, cuando su padre quemó las fotografías de Simon, simplemente se marchó de casa. Y dejó allí a Susannah. Con Simon.
Daniel tragó saliva. Simon le había hecho daño, sabía que eso era cierto y temía incluso saber cómo. Tenía que comprobarlo. Con los dedos trémulos, marcó el número de teléfono del despacho de Susannah. Se sabía todos sus teléfonos de memoria. Después de cinco tonos, oyó su voz.
«Este es el contestador de Susannah Vartanian. Si la llamada es urgente, por favor…»
Daniel colgó y llamó a su secretaria. También se sabía su teléfono de memoria.
– Hola, soy el agente Vartanian. Necesito hablar con Susannah. Es urgente.
La secretaria vaciló.
– No está disponible, señor.
– Espere -dijo Daniel antes de que la mujer colgara-. Dígale que tengo que hablar con ella, que es cuestión de vida o muerte.
– Se lo diré.
Al cabo de un minuto Daniel volvió a oír la voz de Susannah, esta vez en directo.
– Hola, Daniel. -En su saludo no había cordialidad alguna, solo distancia y hastío.
Se le partió el corazón.
– Suze. ¿Cómo estás?
– Ocupada. Estuve tantos días sin venir a trabajar que al volver me encontré con pilas enteras de papeles sobre la mesa. Ya sabes cómo son estas cosas.
Habían asistido juntos al entierro de sus padres, pero inmediatamente después del funeral Susannah había tomado un vuelo a Nueva York y desde entonces no habían vuelto a hablar.
– Ya lo sé. ¿Te has enterado de lo que está pasando aquí?
– Sí. Tres mujeres, tiradas en una zanja. Lo siento, Daniel.
– De hecho son cuatro. Acabamos de encontrar a la cuarta. Era la hermana pequeña de Jim Woolf.
– Oh, no. -En su voz Daniel percibió sorpresa y dolor-. Lo siento, Daniel.
– Hay otra cosa que no ha salido en las noticias todavía, pero pronto se sabrá. Es lo de las fotos, Suze.
La oyó exhalar un suspiro.
– Las fotos.
– Sí. Hemos identificado a todas las chicas.
– ¿De verdad? -Parecía de veras impresionada-. ¿Cómo?
Daniel respiró hondo.
– Una de ellas era Alicia Tremaine. Es la chica a quien asesinaron hace trece años, a la que imitan todos los últimos crímenes.; Sheila Cunningham era otra. La mataron durante lo que se suponía que teníamos que considerar un robo en Presto's Pizza hace dos noches. La hermana de Alicia ha identificado a unas cuantas más. -Le contaría lo de Alex en otro momento. Seguro que ni Susannah ni él tendrían muchas ganas de volver a recordar esa llamada-. Hemos empezado a interrogarlas. Todas tienen alrededor de treinta años. -«Igual que tú», le entraron ganas de decir, pero no lo hizo-. Todas cuentan lo mismo, que se quedaron dormidas en el coche y que cuando se despertaron estaban vestidas y…
– Y tenían una botella de whisky en las manos -terminó ella en tono inexpresivo.
A él se le formó un nudo en la garganta.
– Oh, Suze, ¿por qué no me lo contaste?
– Porque te habías ido -dijo, y de pronto su voz se tornó airada y severa-. Tú te fuiste, Daniel, y Simon no.
– ¿Sabías que era Simon?
Cuando volvió a hablar, ya había recuperado el control de sí misma.
– Ya lo creo. Se aseguró bien de que lo supiera. -Luego suspiró-. No tienes todas las fotos, Daniel.
– No te entiendo. -Pero temía estar entendiéndola a la perfección-. ¿Quieres decir que en una salías tú? -Ella no respondió y él obtuvo la respuesta que esperaba-. ¿Qué pasó con la foto? -preguntó.
– Simon me la enseñó. Me dijo que lo dejara en paz con sus asuntos, que en algún momento tenía que irme a la cama.
Daniel cerró los ojos. Trató de superar la opresión que sentía en el pecho y hablar.
– Suze.
– Tenía miedo -dijo ella, ahora en un tono frío y lleno de lógica, y Daniel se acordó de Alex-. Decidí no interferir en sus asuntos.
– ¿Qué otros asuntos había que tuvieran que ver contigo?