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– En correos solo redireccionan el correo durante un año. ¿Sabía Bailey que te habías mudado?

– No. -Alzó los ojos-. Es probable que la carta esté en casa de Richard. Lo llamaré.

– ¿Dónde están Hope y Meredith?

– En la casa de incógnito. Hope estaba agotada cuando Mary ha terminado y Meredith se ha marchado con ella. Hope ha sido capaz de escoger dos de los retratos. Luego Mary le ha enseñado unos cuantos sombreros y le ha pedido que eligiera el que casaba con el dibujo que la otra noche hizo del agresor de Bailey. Ha elegido uno que es idéntico al que llevan en la oficina del sheriff de Dutton.

Él asintió con gravedad.

– Ya lo sé. Cuando venía hacia aquí, he pasado por la sala de reuniones. -Se levantó y alzó una mano-. Ven, tenemos que hablar contigo. -La ayudó a ponerse en pie, le pasó el brazo por la cintura y la acompañó hasta una sala en la que había una gran mesa. Alrededor se sentaban Luke, Chase, Mary y una mujer a quien no conocía-. Creo que conoces a todo el mundo excepto a Talia Scott.

Talia era una mujer menuda con una dulce sonrisa.

– Es un placer conocerla, Alex.

– Talia ha estado interrogando a las mujeres de las fotos.

Alex observó que estaba afectada. Por muy dulce que pareciera su sonrisa, en sus ojos se observaba cansancio.

– El placer es mío.

Miró la mesa y vio las dos fotografías que había elegido Hope. Garth Davis, el alcalde, y Randy Mansfield, el ayudante del sheriff.

– ¿Qué les habéis dicho al detenerlos?

Chase negó con la cabeza.

– No los hemos detenido.

Alex se quedó boquiabierta, sin dar crédito a lo que oía. Luego la ira empezó a crecer en su interior.

– ¿Por qué no?

Daniel le acarició la espalda.

– De eso es de lo que queríamos hablar contigo. No sabemos cuál de los dos secuestró a Bailey; puede que hayan sido los dos.

– Pues detenedlos a los dos y ya lo averiguaréis después -dijo ella entre dientes.

– De momento -empezó Chase en tono paciente- es la palabra de una niña de cuatro años contra la de dos hombres que se han ganado el respeto de la ciudadanía. Necesitamos pruebas para detenerlos.

Pronunció las palabras como si él también tuviera cuatro años.

– Esto es de locos. ¿Dos hombres secuestran a una mujer y le rompen la cabeza y no pensáis hacer nada? -Miró a Daniel-. Tú estabas en la pizzería. Garth Davis se acercó a nuestra mesa y al cabo de un minuto Hope se había embadurnado la cara con salsa como si fuera sangre. -El recuerdo le vino a la mente en cuanto vio la foto-. Garth Davis secuestró a Bailey. ¿Qué hace en libertad? ¿Por qué ni siquiera lo habéis traído para interrogarlo?

– Alex -empezó Daniel, pero ella sacudió la cabeza…

– Y Mansfield… es policía. Lleva una placa y una pistola. No podéis dejar que ande por ahí mientras descubrís qué ha pasado. Todos sus actos tienen que ser puestos en entredicho. Disparó al tipo que trató de atropellarme después de que este hubiera matado a Sheila Cunningham. ¿No te parece prueba suficiente? ¿Qué hace falta en este puto estado para detener a alguien?

– Alex. -Daniel habló en tono áspero; luego suspiró-. Enséñasela, Ed.

Ed desplazó una caja llena de libros y dejó a la vista una flauta metálica.

Alex se quedó boquiabierta.

– Habéis encontrado la flauta de Bailey.

Ed asintió.

– Hemos enviado a un equipo con detectores de metales y la han encontrado detrás de un tronco caído. Estaba enterrada debajo de más de un centímetro de tierra y cubierta de hojas.

– Donde Bailey escondió a Hope. -Los miró a todos, incapaz de soltar el aire-. Donde esos hombres le pegaron hasta dejarla inconsciente, hasta que la tierra quedó empapada de su sangre.

– Alex. -Daniel pronunció su nombre entre dientes-. Si no puedes contenerte, tendrás que salir de la sala.

Ella se interrumpió. Seguía estando enfadada pero ahora además se sentía violenta. Chase le hablaba como a una niña de cuatro años y Daniel la trataba como si tuviera uno. Tal vez tuviera motivos para hacerlo; se sentía más próxima a la histeria de lo que nunca había estado. Recobró el control y asintió.

– Lo siento -dijo con serenidad-. Me contendré.

Daniel volvió a suspirar.

– Alex, por favor. No es la flauta lo que queríamos que vieras.

Ed le tendió un par de guantes y Alex, obediente, se los puso. Entonces abrió los ojos como platos cuando le entregaron una hoja de papel, señalada por múltiples pliegues verticales como si fuera un abanico infantil.

– Ed ha encontrado la nota dentro de la flauta -dijo Daniel-. Es una carta de Wade para Bailey.

Le ofreció una silla y Alex se dejó caer en ella con los ojos fijos en la hoja mientras leía en voz alta:

– «Querida Bailey, después de intentarlo durante varios años por fin lo he conseguido. Me han herido y me estoy muriendo. No te preocupes. Aquí hay un sacerdote y me he confesado con él, aunque no creo que Dios me perdone. Ni siquiera yo me he perdonado. Hace años me preguntaste si yo había matado a Alicia. Entonces te respondí que no, y sigo diciendo lo mismo. Pero hice otras cosas, y papá también. Creo que algunas ya las has adivinado. Otras no las sabrás nunca, y es mejor para ti.

»Algunas de las cosas que hice, las hice junto con otras personas. Ellos no quieren que se sepa. Al principio éramos siete. Luego fuimos seis; luego cinco. Cuando yo muera, seguirá habiendo cuatro hombres que comparten un secreto. Viven con el miedo y la desconfianza en el cuerpo; siempre están pendientes los unos de los otros, preguntándose quién será el primero en caer. El primero en contarlo.

»Junto con la carta encontrarás una llave. No la lleves encima, guárdala en algún lugar seguro. Si alguna vez te amenazan, diles que la harás llegar a las autoridades. Pero no la entregues a la policía; sobre todo, no a la de Dutton. La llave revela un secreto que alguno de esos cuatro hombres pagaría por mantener, y alguno incluso mataría por mantenerlo. De hecho, dos hombres ya han muerto para que el secreto se mantenga.

»No te diré los nombres de esos cuatro hombres porque tendrías la obligación moral de denunciarlos, y si tomas esa dirección acabarás tan muerta como yo. El hecho de que sepan que tienes la llave es lo único que te salvará la vida.

»Sé que sigues viviendo en esa casa, esperando a que papá regrese. Ya te lo he dicho antes; no volverá. Es incapaz de convertirse en la buena persona que tú quieres que sea. Si lo ves, entrégale la otra carta; si no, quémala. Y deja que se marche. Deja que la bebida y las drogas acaben con él, pero no permitas que te arrastre consigo. Márchate de esa casa; márchate de Dutton. Y, por el amor de Dios, no te fíes de nadie.

»Ni siquiera de mí. No me lo merezco, aunque bien sabe Dios que muero intentando merecerlo.

»Llévate a Hope de Dutton y no vuelvas la vista atrás. Prométemelo. Y prométeme que llevarás una vida agradable. Busca a Alex; ella es la única familia que te queda. Nunca hasta ahora te lo había dicho pero te quiero». -Alex exhaló un suspiro-. Firmado: «Tte. Wade Crighton, Ejército de Estados Unidos».

Levantó la cabeza.

– Le mandó una llave. ¿Creéis que es la que Bailey me mandó a mí?

Daniel ocupó la silla contigua a la suya.

– Creemos que sí. Tres de las cuatro víctimas de esta semana llevaban una llave atada al dedo gordo del pie. Ahora sabemos por qué.

– ¿Creéis que esas llaves son iguales a la de Wade?

– No. Las que hemos encontrado esta semana son nuevas. Más bien es una señal, un mensaje. Igual que lo del pelo.

– El pelo de Alicia. -Miró la nota y trató de concentrarse-. Dice que eran siete. Dos murieron antes que él, y a ambos los mataron para que el secreto se mantuviera. Pero Simon murió en Filadelfia.

– Wade no lo sabía cuando escribió la carta -explicó Daniel-. Murió unas semanas antes que Simon, y creía que Simon había muerto la primera vez que lo enterramos.