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– De modo que todos creían que la primera muerte de Simon era obra de uno de ellos -musitó-. «Viven con el miedo y la desconfianza en el cuerpo.» Uno de los hombres de quienes habla es Simon. ¿Quién es el otro?

– Todavía no lo sabemos -respondió Chase-. Pero tenemos una ligera idea de quiénes son tres de los cuatro restantes.

– Garth Davis y Randy Mansfield -adivinó ella-. Y supongo que Rhett Porter es el tercero.

– Eso quiere decir que todavía nos falta identificar a dos -dijo Daniel-. Uno vivo y uno muerto.

– ¿Qué haréis?

– Intentaremos que los dos que conocemos nos revelen la identidad del que no conocemos -explicó Chase-. Pero mientras, seguimos sin saber quién está detrás de todo esto.

– Es una venganza -apuntó Daniel-. Hasta ahí podemos imaginarlo. Alguien está utilizando la muerte de Alicia para guiarnos hasta esos hombres. Tenemos que tener cuidado, Alex. No podemos permitir que sospechen que lo sabemos hasta que no conozcamos todo lo que ello implica, o por lo menos hasta que no sepamos un poco más. Si Garth Davis o Randy Mansfield tienen algo que ver con la desaparición de Bailey, lo descubriremos y tendrán que responder por ello; te lo prometo. Pero, Alex, la cuestión es que tenemos a seis mujeres y cuatro hombres en el depósito de cadáveres. Y por el momento nada es más importante que conseguir interrumpir esto.

Alex agachó la cabeza, avergonzada. Estaba preocupada por Bailey. Y Daniel estaba preocupado por las víctimas. Seis mujeres. Cuatro hombres. Rhett Porter, Lester Jackson, el agente Cowell y Sean Romney. Esos eran los cuatro. Pero ¿seis mujeres? Janet, Claudia, Gemma, Lisa y Sheila. Solo sumaban cinco. Poco a poco, levantó la cabeza.

– ¿Seis mujeres, Daniel?

Él cerró los ojos, exhausto.

– Lo siento, Alex. Quería decírtelo… de otra forma. La hermana Anne ha muerto esta tarde, y aunque creemos que el responsable es Crighton, la hemos incluido entre las víctimas. Es la décima.

Alex exhaló un suspiro y frunció los labios. Notaba que todos los presentes en la sala la acompañaban en su pesar.

– No, quien lo siente soy yo. Tenías razón, no he sido de gran ayuda. ¿Qué quieres que haga?

Él le lanzó una mirada que denotaba aprobación y agradecimiento. Y también admiración.

– De momento, trata de tener paciencia. Vamos a pedir una orden de rastreo de las llamadas y los movimientos bancarios tanto de Davis como de Mansfield para ver si hay alguna relación entre ambos, o entre alguno de ellos y los otros dos hombres que Wade menciona o el asesino de las cuatro mujeres. Entretanto, esperamos que ese tío cometa algún error.

Ella asintió y volvió a mirar la carta de Wade.

– Wade dice que él no mató a Alicia. ¿Qué sentido tendría que mintiera a esas alturas? Si no fue él, y Fulmore tampoco, ¿quién lo hizo?

– Es una buena pregunta -admitió Talia-. He hablado con siete de las doce víctimas de violación que siguen vivas y todas cuentan la misma historia. Si Simon y sus amigos violaron a Alicia y la dejaron con vida igual que a las otras, y sin embargo estaba muerta cuando Fulmore la encontró en la zanja, ¿qué pasó en ese intervalo de tiempo?

Alex notó que Daniel, a su lado, se ponía tenso cuando Talia mencionó a las doce víctimas, pero su expresión no cambió. Apartó la idea de sí; ya le preguntaría más tarde.

– Pasara lo que pasase, Alex, tú viste algo -dijo la doctora McCrady-, y tiene que ver con la manta en la que encontraron envuelta a Alicia. Si estás dispuesta, tenemos que averiguar qué viste.

– Averigüémoslo -dijo Alex-. Antes de que pierda el valor.

Mary recogió sus cosas.

– Iré a prepararlo todo. ¿Vendréis cuando termine la reunión?

Daniel asintió.

– Sí. Chase, ¿hemos informado a todas las mujeres que están en riesgo?

– No he podido localizarlas a todas. Un par habían salido del país y otras cuantas no responden al teléfono. Si las que he localizado son lo bastante listas se quedarán en casa con la puerta cerrada a cal y canto.

– Y con la pistola a punto -masculló Alex.

Daniel le dio una palmadita en la rodilla.

– Chis.

– Tengo que marcharme -dijo Talia-. Salgo a primera hora de la mañana en coche hacia Florida para hablar con dos de las víctimas que se han trasladado allí.

– Gracias -dijo Chase-. Llámame si averiguas algo nuevo. -Cuando se hubo marchado, se volvió hacia Daniel-. Tenemos el informe con las llamadas del móvil de Lisa Woolf. No hay ninguna hecha desde un número que no fuera habitual durante los últimos meses.

– ¿Y sus compañeros de piso? -preguntó Daniel.

– Dicen que anoche fue a un bar. Había salido un rato para relajarse y no volvió a casa. Encontraron su coche a cinco manzanas del bar.

A todo el mundo que había sentado a la mesa pareció interesarle mucho lo que Chase acababa de decir.

– ¿Qué pasa? -preguntó Alex, extrañada.

– De los otros coches no encontraron ninguno -explicó Daniel-. ¿Qué coche tenía Lisa? -quiso saber.

– Era una universitaria sin dinero -dijo Chase, encogiéndose de hombros-. Tenía un viejo Nissan Sentra. Van a traerlo en un camión para que podamos registrarlo. Puede que tengamos suerte y se haya olvidado algo.

Daniel se quedó pensativo.

– Janet tenía un Z4; Claudia, un Mercedes de último modelo, y Gemma, un Corvette. De esos no hemos encontrado ninguno pero el Nissan lo ha dejado tirado.

– Al tío le gustan los coches de lujo -observó Luke.

– Hemos registrado minuciosamente la casa de Alex -explicó Ed-. Hay demasiadas huellas para separarlas. No podemos olvidar que la casa es de alquiler. No hemos encontrado nada en la ventana del baño ni tampoco en el alféizar. La comida del perro tenía una gran cantidad de tranquilizantes, Daniel. Si el tuyo tuviera un tracto intestinal normal, a estas horas estaría cantando con un coro de ángeles.

– De camino a casa de Bailey he pasado por el veterinario -dijo Daniel-. Riley se pondrá bien. Además ahora sabemos que seguramente lo que buscaban era la llave que Bailey envió a Alex. -La miró-. No te olvides de llamar a tu ex.

– No.

– Entonces, hasta mañana -concluyó Daniel, y se dispuso a levantarse.

– Espera -lo interrumpió Alex-. ¿Qué hay de Mansfield? Comprendo que tenéis que tener cuidado de que no adivine vuestras intenciones, pero no podéis permitir que el hombre ande por ahí tan tranquilo.

– Lo tenemos bajo estrecha vigilancia, Alex -la tranquilizó Chase-. Lo hemos solucionado pocos minutos después de que Hope eligiera su foto. Trata de no preocuparte.

Ella soltó un resoplido.

– De acuerdo. Lo intentaré.

– Entonces, hasta mañana -repitió Daniel, y de nuevo se dispuso a levantarse.

– Espera -soltó Luke. Había estado tecleando en el portátil durante la mayor parte de la conversación-. He eliminado a todos los hombres que no son de raza blanca y a los que han muerto de la lista de estudiantes.

– Muy bien -dijo Daniel, y entonces contuvo la respiración-. Pero hay otro a quien mataron para mantener el secreto.

Luke asintió.

– Dejando aparte a los que no son de raza blanca, hay cinco muertos entre los estudiantes de Dutton que se graduaron entre el año anterior y el posterior al que lo hizo Simon, sin contar a Wade, a Rhett y a él mismo.

– Investígalos -le ordenó Chase-. Y a sus familias también.

Daniel miró alrededor de la mesa.

– ¿Algo más? -Cuando nadie respondió, él insistió-: ¿Seguro? Entonces, de acuerdo. Nos encontraremos de nuevo aquí mismo mañana a las ocho en punto.

Todos se levantaron, y entonces Leigh asomó la cabeza por la puerta.

– Daniel, tienes visita. Es Kate Davis, la hermana de Garth Davis. Dice que es urgente.

Todo el mundo volvió a sentarse.

– Dile que pase -le ordenó Daniel. Miró a Alex-. ¿Podrías esperar fuera con Leigh?