– Si insistes, sé de un restaurante donde lo sirven, pero está malísimo.
Él sonrió y elevó el ánimo de Alex.
– De acuerdo. Me lo pensaré.
Ella volvió a contener la respiración.
– ¿Lo del scrapple o lo de Ohio?
La sonrisa de él se desvaneció y su expresión se tornó muy seria.
– Sí. Las dos cosas.
Pasaron un minuto entero en silencio.
– Eso me gusta, y me parece bien. Pero no quiero prometerte nada hasta que no vuelva a sentirme segura.
– De acuerdo. -Él le estrechó la mano-. Ya me siento mejor.
– Me alegro.
Pasaron por Main Street y Alex empezó a sentir un cosquilleo en el estómago.
– Casi hemos llegado.
– Ya lo sé. Sea lo que sea lo que recuerdes, le haremos frente juntos.
Dutton, jueves, 1 de febrero, 19.30 horas.
– Esta casa es una ganga por cuatro cincuenta. -Delia Anderson se atusó su pelo crespo-. Tal como va el mercado, a ese precio no estará mucho tiempo disponible.
Él abrió un armario y fingió interés.
– Mi novia vacía la tienda entera cada vez que sale de compras. Ningún armario es lo bastante grande para ella.
– Tengo dos casas más de similares características -dijo Delia-. Las dos tienen unos vestidores enormes.
Él dio una última vuelta.
– Pero esta casa tiene… algo -dijo-. Es muy tranquila y acogedora.
– Exacto -convino Delia, con un ligero exceso de entusiasmo-. No hay muchas casas disponibles con tanto terreno alrededor.
Él sonrió.
– Nos gusta celebrar fiestas y a veces se nos van un poco de las manos.
– Oh, señor Myers. -Soltó una risita que resultaba poco agradable en una persona de su edad-. La intimidad no suele valorarse lo suficiente al pensar en comprar una casa. -Se detuvo ante un espejo colgado en el recibidor y volvió a atusarse el pelo, más tieso que un casco-. Esta casa queda tan aislada que podría celebrar un concierto de rock en el patio y ningún vecino se quejaría del ruido.
Él se colocó detrás de ella y sonrió al espejo.
– Exactamente lo que estaba buscando.
Ella, alarmada, lo miró con ojos desorbitados y abrió la boca para gritar, pero era demasiado tarde. En un santiamén él le había puesto el cuchillo contra la garganta.
– Por si aún no lo ha adivinado, no me llamo Myers. -Él se inclinó y le susurró su nombre al oído, y vio que sus ojos se tornaban vidriosos de puro horror cuando la facultad de razonar se abrió paso a través de tanta laca-. Permítame que le presente un concepto nuevo, señorita Anderson. Se llama «interés acumulado por deuda pendiente».
La arrojó al suelo y le ató rápidamente las manos a la espalda.
– Espero que le guste gritar.
Dutton, jueves, 1 de febrero, 19.30 horas.
– Así, ¿Simon tenía una llave?-preguntó Ed desde la parte trasera de la furgoneta que contenía el equipo de videovigilancia.
Daniel se guardó el móvil en el bolsillo.
– Sí. Vito Ciccotelli me ha explicado que con sus cosas encontraron cinco llaves. Las enviará mañana a primera hora. Ahora solo nos falta imaginar qué deben de abrir. -Un movimiento en la pantalla controlada por Ed hizo que se irguiera-. Parece que Mary está a punto.
– Mary me ha hecho instalar la cámara en el antiguo dormitorio de Alex -explicó Ed-. Hemos pensado que era lógico, puesto que allí fue donde encontramos su anillo.
Daniel entrelazó las manos con fuerza, y observó cómo la puerta se abría y Mary guiaba a Alex dentro de la habitación.
– ¿Qué hora es? -le preguntó Mary.
– Tarde. Está oscuro y hay relámpagos. Relámpagos y truenos.
– ¿Dónde estás?
– En la cama.
– ¿Duermes?
– No. Me encuentro mal. Tengo que levantarme para ir al lavabo. Me encuentro mal.
– ¿Qué ocurre?
Alex estaba de pie junto a la ventana.
– Ahí hay alguien.
– ¿Quién es?
– No lo sé. Puede que sea Alicia, a veces se escapa para ir a fiestas.
– ¿Es Alicia?
Alex se inclinó para acercarse a la ventana.
– No. Es un hombre. -Se echó a temblar-. Es Craig.
– ¿Por qué tiemblas, Alex?
– Los relámpagos son muy fuertes. -Hizo una mueca-. Me duele el estómago.
– ¿Sigue Craig ahí fuera?
– Sí, pero hay alguien más. Son dos, llevan una bolsa.
– ¿Pesa mucho?
– Creo que sí. -Se echó a temblar de nuevo y respiró hondo. Luego se quedó mirando al vacío.
– ¿Qué pasa? ¿Hay más relámpagos?
Alex asintió, vacilante.
– La ha tirado.
– Ha tirado la bolsa.
– No es una bolsa, es una manta. Se ha desdoblado.
– ¿Y qué ves con los relámpagos, Alex?
– Su brazo. Su mano. Ha caído al suelo. -Se tocaba el dedo anular de la mano derecha, tiraba de él como si llevara un anillo-. Le veo la mano. -Se relajó un poco-. Ah, es una muñeca.
Daniel notó que un escalofrío le recorría la espalda y se acordó de Sheila, despatarrada cual muñeca de trapo en un rincón de Presto's Pizza.
– ¿Es una muñeca? -preguntó Mary.
Alex asintió con la mirada perdida y la voz inquietante de tan natural.
– Sí. Es una muñeca.
– ¿Qué hacen los dos hombres?
– Él le coge el brazo y se lo envuelve con la manta. Ya la tiene, ahora rodean la casa corriendo.
– Y ahora, ¿qué pasa?
Ella frunció un poco el entrecejo.
– Todavía me duele el estómago. Me vuelvo a la cama.
– Muy bien. Ven conmigo, Alex. -Mary la guió hasta una silla plegable y empezó a despertarla. Daniel notó el momento en que empezaba a tomar conciencia de lo que la rodeaba, porque palideció y encorvó la espalda.
– No era una muñeca -dijo en tono inexpresivo-. Era Alicia. La llevaban envuelta en la manta.
Mary se arrodilló frente a ella.
– ¿Quiénes, Alex?
– Craig y Wade. A Wade es a quien se le ha soltado el extremo. Era su brazo. No… No parecía real, parecía una muñeca. -Cerró los ojos-. Se lo dije a mi madre.
Mary miró a la cámara y luego se volvió de nuevo hacia Alex.
– ¿Cuándo?
– Cuando estaba en la cama llorando. No paraba de repetir «un cordero y un anillo». Yo pensaba que todo había sido un sueño; un sueño premonitorio, tal vez. Le dije lo de la muñeca y se enfadó mucho. Le dije: «Era una muñeca, mamá». Yo no sabía que ella también había visto la manta. -Las lágrimas empezaron a brotar de los ojos cerrados de Alex-. Se lo dije, y ella se lo dijo a Craig y él la mató.
– Dios mío -susurró Daniel.
– Se sintió culpable -observó Ed con voz queda-. Pobre Alex.
– No fue culpa tuya, Alex -la tranquilizó Mary.
Alex se mecía con movimientos casi imperceptibles.
– Se lo dije, y ella se lo dijo a él y él la mató. Murió por mi culpa.
Daniel había salido de la furgoneta antes de que terminara la frase. Corrió hasta el dormitorio y la atrajo hacia sí. Ella se dejó abrazar, desmadejada. «Como una muñeca.»
– Lo siento, cariño. Lo siento mucho.
Ella seguía meciéndose y de su garganta afloró un ruido débil pero aterrador, como un lamento. Daniel miró a Mary.
– Tengo que llevármela de aquí.
Mary asintió con tristeza.
– Ten cuidado con la escalera.
Daniel instó a Alex a ponerse en pie y de nuevo ella se dejó llevar. Él le posó las manos en los hombros y le dio una ligerísima sacudida.
– Alex, para.
Al oír su voz tajante, ella dejó de mecerse.
– Ahora vámonos.
Atlanta, jueves, 1 de febrero, 22.00 horas.
– Hoy has apuntado mejor -comentó Daniel al enfilar el camino de entrada a su casa.
– Gracias. -Ella todavía estaba apagada, como adormecida. Había conseguido que recobrara un poco el control llevándola al establecimiento de tiro al blanco de Leo Papadopoulos. El objetivo de papel había sufrido las consecuencias de representar a todas las personas a quienes Alex había pasado a odiar en los últimos días. Al que más era a Craig, pero también estaban Wade, el alcalde Davis, el agente Mansfield y quien había hecho que se desatara todo aquello al ensañarse con cuatro mujeres inocentes.