Aquel invierno Natasha había comenzado a cantar seriamente, sobre todo porque a Denísov le entusiasmaba su voz. Ya no cantaba como una niña; ya no había en su canto la aplicación infantil y cómica de antes; pero aún no cantaba bien, según opinaban los entendidos que la escuchaban: “Una voz muy bella, pero no educada todavía, debe educarla”, decían. Mas lo decían, habitualmente, mucho después de que hubiera callado. Mientras sonaba la voz no educada, con aspiraciones a destiempo, compases forzados, los entendidos nada decían, limitándose a disfrutar de la voz no educada y deseando escucharla de nuevo. Había en ella una pureza primitiva, la ignorancia de las propias posibilidades y un timbre aterciopelado, no cultivado, que se aliaba con los defectos en el arte de cantar aparentemente imposibles de corregir sin echarlo todo a perder.
“¿Qué pasa? —pensó Nikolái al oír la voz de su hermana, abriendo ampliamente los ojos—. ¿Qué le sucede? ¡Cómo canta hoy!”. Y en un momento, el mundo pareció concentrarse para él en la espera de la nota siguiente, de la frase siguiente, todo en el mundo estaba dividido en tres tiempos: “Oh mio crudele affetto”, ...uno dos, tres...
“Oh mio crudele affetto", uno, dos, tres... "Qué estúpida vida nuestra —pensó Nikolái—. La desgracia, el dinero, Dólojov, la ira, el honor... todo eso no es nada... La verdad es esto... ¡Bien, Natasha! ¡Bien, querida!... ¿Cómo dará este sí? Ya lo dio, ¡gracias a Dios! —y sin darse cuenta de que estaba cantando para reforzar el sí, entonó la segunda y la tercia de la nota alta—. ¡Dios mío, qué bien! ¿Será posible que yo lo haya conseguido? ¡Magnífico!”
¡Cómo vibró aquella tecla, despertando en el alma de Rostov lo mejor que había en ella! Era algo independiente y superior a todo cuanto existía en el mundo. ¿Qué importaban ahora las pérdidas en el juego, Dólojov y la palabra de honor?... Todo son pequeñeces. Se puede matar, se puede robar y seguir siendo igualmente feliz...
XVI
Hacía tiempo que la música no proporcionaba a Rostov un placer semejante. Pero apenas terminó Natasha su barcarola, recordó de nuevo la realidad. Sin decir nada salió de la sala y se retiró a su habitación. Un cuarto de hora después el viejo conde, alegre y satisfecho, volvía del club. Nikolái, que lo oyó entrar, fue a verlo.
—Qué, ¿te has divertido?— preguntó Iliá Andréievich, sonriendo alegre y orgulloso al ver a su hijo.
Nikolái quiso decir sí, que se había divertido mucho; pero no pudo. A punto estuvo de romper en sollozos. El conde encendía la pipa y no se dio cuenta del estado de su hijo. "¡Oh, es inevitable!”, pensó Nikolái, por primera y última vez. Y con el tono más indiferente, que a él mismo le resultó repulsivo, como si pidiera el coche para ir a alguna parte, dijo a su padre:
—Papá, he venido para hablar con usted y casi me olvido. Necesito dinero.
—¿De veras?— dijo el padre, que se hallaba particularmente alegre. —Ya te dije que no tendrías bastante. ¿Necesitas mucho?
—Mucho— dijo Nikolái ruborizándose con una sonrisa estúpida y desenvuelta que, después, durante mucho tiempo, no pudo perdonarse. —He perdido a las cartas algún dinero, es decir, mucho, muchísimo, cuarenta y tres mil rublos.
—¿Cómo? ¿A quién?... ¡Bromeas!— exclamó el conde. Su cuello y la nuca enrojecieron súbitamente, como suele ocurrir con los viejos.
—He prometido pagar mañana— añadió Nikolái.
—¡Ya!...— dijo el conde, abriendo los brazos y dejándose caer sin fuerzas en el diván.
—¡Qué le vamos a hacer! ¡Le puede ocurrir a cualquiera!— dijo Nikolái en tono desenvuelto, mientras en su interior se llamaba vil e infame, diciéndose que por nada del mundo podría perdonarse aquel crimen. Habría querido besar las manos de su padre, pedirle perdón de rodillas, y en vez de eso decía con desparpajo y hasta grosería que a cualquiera le puede ocurrir.
El conde Iliá Andréievich bajó los ojos al oír estas palabras de su hijo y, con prisa, como si buscara algo, dijo:
—Sí, sí, será difícil... me temo que será muy difícil reunir... ese dinero... a cualquiera le puede ocurrir— y, lanzando una furtiva mirada al rostro de su hijo, se dirigió a la puerta...
Nikolái estaba dispuesto a defenderse, esperaba reproches, pero no eso.
—¡Papaíto! ¡Papaíto!— gritó sollozando. —¡Perdóneme!
Y asiendo la mano de su padre, cuando él se disponía a salir, la apretó contra sus labios y rompió a llorar.
Mientras el padre hablaba con el hijo, una explicación no menos importante tenía lugar entre madre e hija. Natasha, emocionada, corrió en busca de su madre:
—¡Mamá!... ¡Mamá!... Se me ha...
—¿Qué?
—Declarado... ¡Se me ha declarado!
La condesa no podía creer lo que oía. Denísov se había declarado; pero ¿a quién? ¿A una niña, a Natasha, que hacía poco jugaba con las muñecas y seguía estudiando?
—Basta, Natasha, no digas tonterías— dijo la condesa, esperando que se tratara de una broma.
—Pues no son tonterías. Hablo en serio, mamá— replicó enfadada Natasha. —Vengo a preguntarle qué debo hacer, y usted me dice que son tonterías.
La condesa se encogió de hombros.
—Si es verdad que monsieur Denísov te ha pedido que seas su esposa, dile que es un idiota: eso es todo.
—¡No, no es un idiota!— replicó Natasha, ofendida y grave.
—Entonces, ¿qué quieres? Hoy día todas estáis enamoradas... Bueno, si te has enamorado, cásate con él. ¡Ve con Dios!— dijo riendo y enfadada la condesa.
—No, no, mamá; no estoy enamorada de él; no creo estarlo.
—Bueno, ve y díselo.
—Mamá, ¿está usted enfadada? No se enfade, cariño mío, ¿qué culpa tengo yo?
—¿Qué quieres entonces? ¿Que vaya yo y le conteste por ti?— sonrió la condesa.
—No, lo haré yo misma. Sólo quiero que me diga cómo. Para usted todo es fácil— respondió Natasha, sonriendo a su vez. —¡Si viera cómo me lo ha dicho! Ya sé que no quería hacerlo, que lo hizo en contra de su voluntad.
—Pero de todos modos hay que decírselo.
—No, no... ¡Me da tanta lástima! ¡Es tan simpático!
—Entonces, acepta; en efecto, ya es hora de que te cases— dijo enfadada y burlona la condesa.
—Eso no, mamá, pero me da mucha pena. No sé cómo decírselo.
—Tú no tienes nada que decir, le hablaré yo— concluyó la condesa, molesta de que alguien se hubiera atrevido tratar a la pequeña Natasha como a una persona mayor.
—No, de ninguna manera. Se lo diré yo misma, usted escuche detrás de la puerta— y corrió hacia la sala donde, sentado en la misma silla, junto al clavicordio, esperaba Denísov cubierto el rostro con las manos.
Al oír los leves pasos de la muchacha se puso en pie.
—Natasha, mi suerte está en sus manos. Decida— dijo acercándose rápidamente a ella.
—Vasili Dmítrievich, ¡me da usted tanta pena!... Es usted tan bueno... pero eso no, no... lo querré siempre, como lo quiero ahora.
Denísov se inclinó sobre su mano y Natasha oyó un ruido extraño, incomprensible para ella. Besó su cabeza de cabellos negros, enmarañados y rizosos. En aquel instante se oyó el apresurado andar de la condesa y el susurro de su vestido.
—Vasili Dmítrievich, le agradezco el honor— dijo, acercándose a ellos, la condesa con voz confusa, que a Denísov pareció severa, —pero mi hija es muy joven y pensé que usted, siendo amigo de mi hijo, se dirigiría primero a mí; en ese caso, no me habría puesto en el trance de contestarle con una negativa.
—Condesa...— dijo Denísov con los ojos bajos y voz culpable. Quiso añadir algo, pero no lo consiguió.