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—Sí, sí— confirmó Pierre.

—Contempla con los ojos del alma tu propio ser y pregúntate si estás satisfecho de ti mismo. ¿Qué has conseguido dejándote llevar sólo por la inteligencia? ¿Qué eres? Usted, señor mío, es joven, rico, inteligente, culto; pero ¿qué ha hecho con todos esos bienes que se le han dado? ¿Está contento de sí y de su vida?

—No. Odio mi vida— dijo Pierre arrugando el ceño.

—La odias. Entonces, cámbiala. Purifícate, y a medida que te purifiques conocerás la sabiduría. Examine su vida, señor mío. ¿Cómo la ha pasado? En desordenadas orgías y juergas, recibiéndolo todo de la sociedad sin darle nada. Recibió una fortuna, ¿cómo la ha empleado? ¿Qué ha hecho por el prójimo? ¿Ha pensado en los miles de seres que son esclavos suyos? ¿Les ha ayudado moral y materialmente? No. Se ha aprovechado de su trabajo para llevar una vida disoluta: eso es lo que ha hecho. ¿Escogió una profesión en la que pudiera ser útil a los demás? No. Prefirió pasar la vida en el ocio. Después se casó. Tomó la responsabilidad de guiar a una mujer joven, ¿y qué ha hecho? No la ayudó a encontrar el camino de la verdad, sino que la ha precipitado en el abismo de la mentira y la desventura. Lo ofende un hombre y usted lo mata. Y dice que no conoce a Dios y que odia su vida. ¡No hay nada en esa vida digno de mención, señor mío!

Tras este discurso, el masón, como si quedara cansado, se apoyó de nuevo en el respaldo del diván y cerró los ojos. Pierre se quedó mirando aquel rostro senil, severo e inmóvil, aparentemente sin vida; después, sin articular palabra, movió los labios. Quería decir: "Sí, es verdad: he vivido una existencia vil, ociosa y depravada”. Pero no se atrevió a romper el silencio.

El masón tosió roncamente, con tos de viejo, y llamó a su criado.

—¿Qué hay de los caballos?— preguntó, sin mirar a Pierre.

—Ya han llegado— repuso el criado. —¿No va a descansar?

—No, di que enganchen.

"¿Será posible que se vaya, dejándome solo, sin decírmelo todo, sin prometerme ayuda?”, pensó Pierre levantándose. Con la cabeza baja comenzó a pasear por la estancia, mirando de vez en cuando al masón. "Sí, no había reflexionado en estas cosas, he llevado una vida despreciable, disoluta; pero no me gustaba, no la quería. Este hombre conoce la verdad y, si quisiera, podría revelármela.” Pierre deseaba decírselo al masón, pero no se atrevía. El viajero recogió sus cosas con aquellas manos viejas y expertas y se abotonó el abrigo de piel. Cuando todo estuvo dispuesto, se volvió a Bezújov y, en tono indiferente y cortés, le dijo:

—¿Adonde se dirige ahora, señor mío?

—¿Yo? A San Petersburgo— contestó Pierre con voz infantil y vacilante. —Le doy las gracias. Estoy de acuerdo en todo con usted. Pero no piense que soy tan malo. Con toda mi alma querría ser lo que usted quiere que sea, pero nunca he encontrado ayuda en nadie... Por lo demás, me considero el primer culpable. Ayúdeme, instrúyame, y tal vez...

Pierre no pudo seguir. Suspiró profundamente y se volvió de espaldas.

El masón guardó silencio largo rato. Parecía reflexionar; por fin dijo:

—La ayuda viene sólo de Dios; pero lo que nuestra orden pueda darle se lo dará, señor mío. Va usted a San Petersburgo, entregue esto al conde Villarski— sacó la cartera y escribió unas palabras en un pliego que dobló en cuatro. —Permítame un consejo: cuando llegue a la capital, dedique los primeros días al recogimiento, a un examen de conciencia, y no vuelva a la vida de antes. Le deseo buen viaje y muchos éxitos...— añadió, advirtiendo que su criado entraba en la habitación.

El viajero era Osip Alexéievich Bazdéiev, según Pierre pudo ver en el libro de registro. Bazdéiev había sido uno de los masones y martinistas más significados en la época de Nóvikov. Mucho tiempo después de su marcha, Pierre, sin acostarse y sin pedir los caballos, estuvo paseando por la habitación, reflexionando sobre su disoluto pasado e imaginando con entusiasmo un futuro feliz, irreprochable y virtuoso; porvenir que le parecía facilísimo. Creía haber sido hasta entonces un vicioso por haber olvidado tan sólo y casualmente lo buena que era la virtud. En su alma no quedaban ya trazas de las pasadas dudas. Creía con firmeza en la posibilidad de la fraternidad humana, de una sociedad de hombres unidos para sostenerse unos a otros en el camino de la virtud: era así como se imaginaba la masonería.

III

Pierre no comunicó a nadie su llegada a San Petersburgo. No salía de casa y dedicaba todo el tiempo a la lectura de Tomás de Kempis, libro que había llegado a sus manos sin que supiera quién se lo había enviado. La lectura de este libro le proporcionaba siempre la misma sensación: el placer nunca saboreado de creer en la posibilidad de alcanzar la perfección, la posibilidad del amor fraterno y activo entre los hombres que Osip Alexéievich le revelara. Una semana después de su llegada, el joven conde polaco Villarski, a quien Pierre conocía de vista por habérselo encontrado en algunas fiestas de sociedad, entró una tarde en su habitación con el mismo aire oficial y solemne que tenían los testigos de Dólojov el día del duelo. Una vez cerrada la puerta y después de haberse cerciorado de que salvo Pierre no había nadie en la estancia, dijo:

—Vengo con una comisión y una propuesta, conde...— y prosiguió, sin sentarse. —Una persona muy importante de nuestra fraternidad ha pedido que sea usted admitido en ella antes del término acostumbrado, y quiere que yo sea su garante. Considero un sagrado deber cumplir la voluntad de esa persona. ¿Desea entrar, con mi garantía, en la asociación de los francmasones?

El tono frío, severo, de aquel hombre al que Pierre había visto casi siempre en los bailes, sonriente y cortés, entre las más distinguidas damas, extrañó a Pierre.

—Sí, lo deseo— dijo.

Villarski inclinó la cabeza.

—Otra pregunta más, conde— dijo, —a la que ruego que conteste con toda sinceridad, no como futuro masón sino como caballero: ¿ha renunciado a sus antiguas convicciones? ¿Cree en Dios?

Pierre meditó un instante.

—Sí... sí, creo en Dios— dijo.

—En tal caso...— comenzó Villarski.

Pero Pierre lo interrumpió:

—¡Sí, creo en Dios!— afirmó.

—En tal caso podemos ir, mi coche está a su disposición— dijo Villarski.

Durante todo el trayecto Villarski guardó silencio. A las preguntas de Pierre sobre lo que debía hacer o contestar explicó solamente que otros hermanos más autorizados que él lo someterían a prueba y él sólo tendría que decir la verdad.

Atravesaron el portalón de la gran casa donde se encontraba la logia, subieron una escalera oscura y entraron en una pequeña antecámara iluminada, donde, sin la ayuda de criados, se quitaron los abrigos. Después pasaron a otra habitación. Junto a la puerta apareció un hombre vestido de extraña manera. Villarski salió a su encuentro, cuchicheó algo en francés y se acercó a un pequeño armario, donde Pierre vio vestiduras que jamás había visto. Villarski sacó del armario un pañuelo y vendó los ojos de Pierre; al atárselo en la nuca, se enredó en el nudo un mechón de cabellos. Después atrajo a Pierre hacia sí, lo besó y, tomándolo de la mano, lo condujo a otro lugar. Los tirones del mechón de pelo enredado en el nudo le dolían, haciéndole arrugar la frente y sonreír avergonzado. Aquel enorme cuerpo, con los brazos colgando, el rostro contraído y sonriente, seguía con paso incierto y tímido a Villarski.

A los diez pasos Villarski se detuvo.

—Si está firmemente decidido a entrar en nuestra hermandad, debe soportar con valor cualquier cosa que le ocurra.

Pierre contestó con una señal afirmativa de la cabeza.

—Cuando oiga que llaman a la puerta, quítese la venda— añadió Villarski; —le deseo valor y éxito.