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—Il faut absolument que vous veniez me voir— dijo con tal entonación como si, por ciertos motivos ignorados por él, fuese absolutamente necesario. —Mardi, entre les huit et neuf heures. Vous me ferez grand plaisir. 262

Borís prometió cumplir su deseo, y quería continuar la conversación con ella, cuando Anna Pávlovna lo llamó con el pretexto de que “mi tía” deseaba oírlo.

—Conoce a su marido, ¿verdad?— dijo Anna Pávlovna cerrando los ojos y señalando con tristeza a Elena. —¡Es una mujer tan desventurada y tan hermosa!... No hable de ese hombre delante de ella. Se lo ruego. Le resulta demasiado penoso.

VII

Cuando Borís y Anna Pávlovna volvieron al grupo era Hipólito quien llevaba la conversación. Echándose hacia delante en su sillón, decía:

—Le roi de Prusse! — y se echó a reír. Todos se volvieron hacia él. Hipólito repitió, con otro tono: —Le roi de Prusse?— preguntó, y con tranquila seriedad se arrellanó en el fondo de su sillón.

Anna Pávlovna esperó un poco; pero como Hipólito no parecía decidido a seguir, comenzó a decir que el impío de Bonaparte se había llevado de Potsdam la espada de Federico el Grande.

—C'est l'épée de Frédéric le Grand que je... 263— comenzó, pero Hipólito la interrumpió:

—Le roi de Prusse...— y una vez más, cuando todos se volvieron hacia él, se excusó y guardó silencio.

Anna Pávlovna frunció el ceño. Mortemart, el amigo de Hipólito, le preguntó:

—Voyons, à qui en avez-vous avec votre roi de Prusse? 264

Hipólito rió como si se avergonzase de su risa.

—Non, ce n'est rien, je voulais dire seulement...— tenía intención de repetir una broma oída en Viena y esperaba toda la noche el instante oportuno para colocarla. —Je voulais dire que nous avons tort de faire la guerre pour le roi de Prusse. 265

Borís, esperando ver cómo sería recibida la broma de Hipólito, sonrió prudentemente, de manera que esa sonrisa pudiera parecer lo mismo ironía que aprobación. Todos rieron.

—Il est très mauvais votre jeu de mots, très spirituel, mais injuste... Nous ne faisons pas la guerre pour le roi de Prusse, mais pour les bons principes. Ah! le méchant, ce prince Hippolyte! 266— dijo Anna Pávlovna amenazándolo con un dedito arrugado.

Durante toda la velada la conversación se mantuvo animadísima y giró especialmente en torno a los temas políticos. Al final, los diálogos se hicieron más vivos, al salir a colación las recompensas otorgadas por el Emperador.

—Fulano recibió el año pasado la tabaquera con el retrato; ¿por qué zutano no iba a recibir la misma recompensa?— dijo l'homme a l'esprit profond.

—Je vous demande pardon, une tabatière avec le portrait de l'Empereur est une récompense, mais point une distinction— observó el diplomático, —un cadeau plutôt. 267

—Il y a eu plutôt des antécédents, je vous citerai Schwarzenberg. 268

—C'est impossible— observó otro. 269

—¿Apostamos? Le grand cordon, c'est différent... 270

Cuando todos se hubieron levantado para despedirse, Elena, que había hablado poco en toda la noche, se volvió de nuevo a Borís repitiéndole el ruego y la orden cariñosa y significativa de ir a su casa el martes.

—Es preciso que vaya, es muy necesario— añadió mirando sonriente a Anna Pávlovna, quien, con la triste sonrisa que acompañaba sus palabras siempre que hablaba de su alta protectora, apoyó el deseo de Elena.

Se diría que durante la velada, a propósito de alguna frase de Borís sobre el ejército prusiano, la bella Elena hubiera descubierto de súbito la necesidad de entrevistarse con él, prometiéndole la explicación de aquella necesidad el martes, cuando acudiera a su casa.

El martes por la tarde, en el magnífico salón de Elena, Borís no recibió claras explicaciones sobre la necesidad de su visita. Había otros invitados y la condesa habló poco con él; sólo cuando, al despedirse, Borís le besó la mano, la bella Elena, con una seriedad inesperada y extraña, le dijo a media voz: “Venez demain dîner... le soir.

Il faut que vous veniez... Venez". 271

Durante su estancia en San Petersburgo Borís se convirtió en íntimo de la condesa Bezújov.

VIII

La guerra se iba extendiendo y el teatro de operaciones se acercaba a la frontera rusa. Por doquier se oían maldiciones contra el enemigo del género humano, Bonaparte. En las aldeas se hacían nuevas levas de milicianos y reclutas, y del frente llegaban noticias contradictorias, casi siempre falsas e interpretadas de las maneras más dispares.

La vida del viejo príncipe Bolkonski, del príncipe Andréi y de la princesa María había cambiado mucho desde 1805.

En 1806, el viejo príncipe fue designado general en jefe —eran ocho en total— de las milicias formadas entonces en toda Rusia. El anciano Bolkonski, a pesar de la debilidad propia de sus años, acentuada durante el tiempo que creyera muerto a su hijo, juzgó contrario a su deber rechazar un cargo al que lo llamaba el mismo Emperador. Y esa nueva actividad que se le ofrecía ahora lo estimuló y dio fuerzas. Andaba siempre de un lado a otro de las tres provincias confiadas a su mando. Llevaba el cumplimiento del deber hasta la exageración, se mostraba severo y hasta cruel con sus subordinados y quería estar siempre al tanto de los más pequeños detalles.

La princesa María ya no recibía lecciones de matemáticas de su padre, cuando el viejo príncipe paraba en casa, pero, por las mañanas, cuando él estaba, acudía a su despacho acompañada de la nodriza y del pequeño príncipe Nikolái (como lo llamaba el abuelo).

El pequeño Nikolái vivía con la nodriza y con la vieja niñera Sávishna en los apartamentos de la princesa difunta y María se pasaba la mayor parte del tiempo con el niño, tratando, como podía, de suplir a la madre. También mademoiselle Bourienne parecía querer apasionadamente al niño y la princesa María cedía con frecuencia a su amiga el placer —del que ella se privaba— de cuidar al ángel(así llamaba a su sobrino) y de jugar con él.

Junto al altar de la iglesia de Lisie-Gori se levantaba una capilla y en ella, sobre la tumba de la princesa Lisa, se veía un monumento de mármol traído de Italia. Era un ángel que desplegaba las alas, dispuesto a volar al cielo. Aquel ángel tenía el labio superior un poco levantado, como si fuera a sonreír, y un día el príncipe Andréi y la princesa María, al salir de la capilla, se confesaron que el rostro de aquel ángel, por extraño que pudiera parecer, les recordaba el de la difunta. Pero resultaba más extraño todavía (el príncipe Andréi no se lo dijo a su hermana) que en la expresión dada casualmente por el artista al rostro del ángel el príncipe Andréi podía leer la misma frase de tímido reproche adivinada en el rostro de su mujer muerta: "¡Oh!, ¿qué habéis hecho conmigo?”.

Poco después del regreso del príncipe Andréi, el viejo príncipe Bolkonski le cedió la propiedad de Boguchárovo, una gran posesión que tenía a cuarenta kilómetros de Lisie-Gori. Fuera a causa de los penosos recuerdos ligados a Lisie-Gori, fuera porque no se sentía siempre capaz de soportar el carácter de su padre, y aun porque tuviera necesidad de encontrarse solo, el príncipe Andréi hizo construir en Boguchárovo una casa en la cual pasaba la mayor parte del tiempo.

Después de la campaña de Austerlitz, el príncipe Andréi estaba decidido a no volver al ejército; y cuando empezó la guerra y todos tuvieron que incorporarse de nuevo, con el fin de evitarlo, se conformó con un cargo (al mando de su padre) para el reclutamiento de milicias. Después de la campaña de 1805, el viejo príncipe y su hijo parecían haber cambiado los papeles. Excitado por su actividad, el primero esperaba espléndidos resultados de la nueva campaña. El príncipe Andréi, por el contrario, al no participar en la guerra, lo que lamentaba en el fondo de su corazón, no veía más que desastres.