El 26 de febrero de 1807 el viejo príncipe marchó en viaje de inspección. El príncipe Andréi, como solía hacer en ausencia de su padre, se quedó en Lisie-Gori. El pequeño Nikolái estaba enfermo desde hacía cuatro días. Los cocheros, que habían llevado al viejo príncipe a la ciudad, regresaron con documentos y cartas para el príncipe Andréi.
El criado que se hizo cargo de las cartas, no hallando al príncipe Andréi en su despacho, se dirigió a los apartamentos de la princesa María; allí le dijeron que el príncipe se hallaba con su hijo.
—Excelencia, Petrushka ha llegado con el correo— dijo una de las niñeras volviéndose al príncipe Andréi, quien, sentado en una pequeña silla infantil, echaba con manos temblorosas y el ceño fruncido gotas de un frasco en una copa con poca agua.
—¿Qué es?— preguntó el príncipe irritado; le tembló la mano y vertió demasiadas gotas en la copa. Tiró sobre el suelo el resto y pidió agua de nuevo.
La niñera se la trajo.
En la estancia había una cuna, dos cofres, dos butacas, una mesa, la mesita del niño y la pequeña silla donde estaba sentado el príncipe Andréi. Las cortinas estaban corridas y sobre la mesa ardía una vela junto a la que se había colocado, a modo de pantalla, un libro de música de manera que la luz no cayese directamente sobre el pequeño enfermo.
—Querido— dijo la princesa María, de pie junto a la pequeña cama, —es mejor esperar... después...
—¡Ah! Haz el favor, siempre dices tonterías... Con tus eternas esperas, ya ves a lo que hemos llegado— susurró irritado el príncipe Andréi, con evidente deseo de herir a su hermana.
—Te aseguro, querido, que es mejor no despertarlo. Está dormido— dijo la princesa con voz suplicante.
El príncipe Andréi se levantó y con la copa en la mano se acercó de puntillas a la camita.
—Sí... Acaso sea mejor no despertarlo— dijo indeciso.
—Como quieras... En realidad... creo que... pero haz lo que quieras— dijo la princesa, a quien parecía intimidar y avergonzar el triunfo de su opinión. Indicó a su hermano que una de las niñeras lo llamaba en voz baja.
Era la segunda noche que pasaban los dos en vela, a la cabecera del niño abrasado por la fiebre. Durante todo el día, no fiándose del médico de la casa y en espera de que llegase el doctor, que enviaron a buscar en la ciudad, probaban un remedio tras otro. Rendidos por el insomnio e inquietos, descargaban mutuamente en el otro su dolor, se hacían reproches y reñían.
—Petrushka trae papeles de su padre— murmuró la doncella.
El príncipe Andréi salió.
—¿Qué hay?— preguntó con enfado.
Y después de oír las órdenes verbales de su padre y de recoger los sobres y las cartas, volvió a la habitación del niño.
—¿Cómo está?— preguntó a la princesa María.
—Igual. Espera, por Dios. Karl Ivánovich dice siempre que el sueño es el mejor remedio— dijo en voz baja la princesa María, suspirando.
El príncipe Andréi se acercó al niño y lo tocó en la frente; ardía.
—¡Ese Karl Ivánovich y tú os podéis ir de paseo!— tomó la copa con la medicina y se acercó de nuevo a la cuna.
—¡No lo hagas, Andréi!— dijo la princesa María.
Pero él, mirándola con el ceño fruncido por la ira y el sufrimiento, se inclinó sobre el niño.
—Pero yo quiero que lo tome— dijo. —Te lo ruego, dáselo.
La princesa María se encogió de hombros, tomó dócilmente la copa y, llamando a la niñera, empezó a darle la medicina. El niño se puso a gritar entre estertores. El príncipe Andréi, con el rostro contraído, se llevó las manos a la cabeza, salió de la habitación y se sentó en un diván de la habitación vecina.
Tenía en su mano todas las cartas. Maquinalmente, las abrió y se puso a leerlas. El viejo príncipe, en una hoja azul, escribía con letra grande, utilizando a veces abreviaturas:
El correo acaba de traerme una noticia excelente, si no es una patraña. Parece ser que Bennigsen ha obtenido una victoria completa sobre Bonaparte en Eylau. En San Petersburgo todo es júbilo y fue enviado al ejército un sinfín de condecoraciones. Aunque sea alemán, lo felicito. No comprendo qué demonios hace el comandante de Kórchevo: un tal Jándrikov. Hasta ahora no ha enviado ni los nuevos contingentes de hombres ni víveres. Preséntate allí inmediatamente y dile que si en una semana no lo tiene todo listo, le arrancaré la cabeza. Sobre la batalla de Preussich-Eylau he recibido también carta de Pétenka, que estuvo en el combate; todo es verdad. Si no se meten por medio los que no deben meterse, hasta un alemán puede vencer a Bonaparte. Cuentan que huye en gran desorden. Corre de inmediato a Kórchevo y cumple lo que te digo.
El príncipe Andréi suspiró y abrió otro pliego. La carta, de letra muy menuda, llenaba dos hojas; era de Bilibin. La dobló sin leerla y releyó la de su padre, que concluía con estas palabras: “Corre de inmediato a Kórchevo y cumple lo que te digo".
“No, perdona; no iré hasta que mi hijo esté bien", pensó acercándose a la puerta y mirando al interior de la habitación del niño. La princesa María mecía suavemente la cuna.
“¿Y qué otra cosa desagradable me dice?", pensó, tratando de recordar la carta de su padre. “Sí, que los nuestros han alcanzado una victoria sobre Bonaparte precisamente ahora, cuando yo no estoy en el ejército. Sí, sí, no hace más que bromear a mi costa... y que le aproveche."
Se puso a leer la carta de Bilibin, escrita en francés. Leía sin comprender apenas y lo hacía sólo para no pensar, siquiera por un instante, en lo que llevaba ya demasiado tiempo pensando exclusiva y dolorosamente.
IX
Bilibin estaba entonces en el Cuartel General del Ejército en su calidad de diplomático, y describía toda la campaña en francés con gracia francesa y giros lingüísticos propios de ese idioma, pero con el valor propiamente ruso que no rehúye la crítica ni la burla. Escribía que su discreción diplomática lo atormentaba y se sentía dichoso de tener en la persona del príncipe Andréi a un fiel corresponsal ante quien podía derramar toda la bilis acumulada por cuanto estaba sucediendo en el ejército. Se trataba de una carta ya vieja, anterior a la batalla de Preussich-Eylau.
Ya sabe, querido príncipe, que desde el gran éxito de Austerlitz no he abandonado el Cuartel General. Decididamente, le voy tomando gusto a la guerra. Lo que he visto en estos tres meses es algo increíble.
Comienzo ab ovo. El enemigo del género humano, como sabe, ataca a los prusianos. Los prusianos son nuestros aliados fieles, que sólo nos han engañado tres veces en tres años. Nosotros hacemos causa común con ellos pero resulta que el enemigo del género humano no presta atención a nuestros bellos discursos y con sus groserías y modales primitivos se lanza sobre los prusianos, sin darles tiempo de terminar sus preparativos, y en dos golpes de mano los aplasta y acaba instalándose en el palacio de Potsdam.
Tengo el más vivo deseo, escribe el rey de Prusia a Bonaparte, de que usted se acoja y trate a V. M. en mi palacio de manera que le resulte agradable la estancia; a este fin, he tomado con toda diligencia las medidas que las circunstancias me permitían. ¡Ojalá haya tenido éxito!
A todo esto, los generales prusianos se jactan de buena educación, y para mostrarse corteses con los franceses deponen las armas en cuanto se les requiere.
El comandante de la guarnición de Glogau, con diez mil hombres, pregunta al rey de Prusia qué es lo que debe hacer si se le conmina a la rendición. Todo eso es cierto.