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Así estaban las cosas el 14 de septiembre.

Todos permanecieron en casa todo el día. El frío había aumentado, pero al anochecer el aire se hizo más tibio y hasta comenzó a deshelar. El 15 de septiembre, cuando el joven Rostov, en batín, se acercó a la ventana, vio una mañana inmejorable para la caza: el cielo parecía fundirse y descender a la tierra; no soplaba viento. El único movimiento en el aire era el de la lenta caída de las microscópicas gotas de vapor o de niebla. De las ramas desnudas del jardín pendían unas gotas de agua transparentes que iban a caer sobre las hojas recién desprendidas. En la huerta, la tierra mojada y negra brillaba como la semilla de las amapolas y a cierta distancia se confundía con el velo deslucido y húmedo de la niebla. Nikolái salió al porche húmedo y con pisadas de barro. El aire olía a bosque marchito y a perros. Milka, una perra negra con manchas rojas, anchos cuartos traseros y negros ojos, grandes y saltones, se levantó al ver a su dueño, se estiró, se encogió como una liebre y saltó sobre Nikolái, lamiéndole la nariz y el bigote. Otro perro, un galgo, corrió rápidamente con el espinazo curvado desde un sendero del jardín y, alzando la cola, comenzó a restregarse contra las piernas de su Nikolái.

"¡Oh! ¡Hoy!”, se oyó la llamada inimitable de los cazadores, mezcla del bajo más profundo con el más agudo tenor; y Danilo, el montero mayor, apareció en un ángulo de la casa.

Con el pelo canoso cortado a rape, según la usanza ucraniana, el rostro de Danilo, surcado de arrugas, expresaba independencia y desprecio por todo cuanto hubiese en el mundo, expresión innata a los cazadores. Llevaba la fusta enrollada en la mano y se quitó el gorro circasiano delante del amo y lo miró con desdén, un desdén que no ofendía a Rostov. Nikolái sabía que ese Danilo, que despreciaba a todos y se sentía por encima de todos, era uno de sus hombres y cazador.

—¡Danilo!— dijo tímidamente Nikolái, sintiendo que al ver aquel tiempo tan favorable, los perros y el montero, lo invadía ya esa pasión invencible por la caza cuando el hombre parece olvidar todo lo demás, como el enamorado en presencia de su amada.

—¿Qué ordena, Excelencia?— preguntó Danilo con voz de sochantre, ronca a fuerza de excitar a los perros. Los ojos negros del montero miraron de soslayo al amo, que seguía callado. "¿Qué, ya no puedes resistir?”, parecía decirle aquella mirada.

—¡Un día magnífico, eh!— dijo Nikolái, rascando a Milkadetrás de las orejas. —Para perseguir y para correr.

Danilo no contestó, se limitó a parpadear.

—He mandado a Uvarka en cuanto amaneció, para escuchar— dijo con su ronca voz de bajo después de un minuto de silencio. —Dice que se han pasadoal bosque de Otrádnoie y que aúllan por ahí abajo. (Decir “se han pasado” significaba que la loba y sus crías, de la cual ambos tenían referencia, se encontraba en el bosque de Otrádnoie, a dos kilómetros de distancia de la casa en una pequeña reserva de terreno.)

—¿Habrá que ir, eh?— dijo Nikolái. —Llama a Uvarka y subid los dos.

—Como usted mande.

—Mientras tanto no des de comer a los perros.

—Está bien.

Cinco minutos después Danilo y Uvarka estaban en el amplio despacho de Nikolái. A pesar de que Danilo no era muy alto, en la habitación y entre los muebles —un ambiente normal de vida humana— hacía el efecto de un caballo o un oso. Él mismo debía comprenderlo, y de ordinario procuraba quedarse al lado de la puerta, trataba de hablar en voz baja y no se movía, como si temiera romper alguna cosa en las habitaciones señoriales. Procuraba despachar lo más pronto posible para salir al aire libre, bajo el cielo, y perder de vista el techo.

Cuando hubieron terminado las preguntas y conseguida la opinión de Danilo de que los perros estaban dispuestos (el hombre tenía verdaderos deseos de participar en la cacería), Nikolái mandó que ensillaran los caballos. Pero cuando Danilo se disponía a cumplir sus órdenes entró rápidamente Natasha en la estancia, sin arreglar ni peinar, envuelta en una gran toquilla de la niñera. Petia corría tras ella.

—¿Te vas?— preguntó Natasha. —Me lo imaginaba. Sonia decía que no iríais. Pero yo sabía que en un día como hoy era imposible no ir.

—Sí, vamos— replicó Nikolái de mala gana; tenía la intención de emprender una cacería en serio y no quería llevar consigo ni a Natasha ni a Petia. —Pero vamos al lobo y te aburrirías.

—Ya sabes que es lo que más me gusta— dijo Natasha. —Tú te vas, mandas que ensillen y a nosotros no nos dices nada. No está bien lo que hiciste.

—No hay trabas para los rusos. ¡Vamos!— gritó Petia.

—Pero tú no puedes ir. Mamá ha dicho que tú no debes ir— dijo Nikolái, volviéndose a su hermana.

—Iré— replicó Natasha con firmeza. —Iré sin falta. Danilo, da órdenes de que ensillen nuestros caballos y que Mijailo traiga mi jauría.

Estar, sin más, en una habitación le parecía a Danilo incómodo y penoso; pero tener que tratar con la señorita le resultaba imposible. Bajó los ojos y se apresuró a salir como si todo aquello no tuviera ninguna relación con él, procurando no causar involuntariamente ningún daño a Natasha.

IV

El viejo conde siempre había mantenido un gran equipo de caza; últimamente había pasado la dirección a su hijo. Aquel 15 de septiembre se había levantado de muy buen humor y se preparó a salir también él.

Una hora después toda la comitiva se encontraba frente al porche de la casa. Nikolái, serio y severo, como demostrando que en aquellos momentos no estaba para bromas, pasó de largo ante Natasha y Petia, que deseaban contarle algo. Inspeccionó todos los preparativos, envió por delante una jauría y un grupo de ojeadores, montó su alazán del Don y silbando a sus perros, salió a través de las eras al campo, en dirección al coto de Otrádnoie. El caballo del viejo conde, un pequeño bayo oscuro de cola y crin blanquecina, Viflianka, iba conducido por su palafrenero, porque el conde se dirigiría en tílburi hasta el puesto asignado.

Iban cincuenta y cuatro perros de rastreo, conducidos por seis monteros; detrás, con los amos, otros ocho monteros y cuarenta galgos, de manera que, contando las jaurías de los amos, salían para cazar unos ciento treinta perros y veinte jinetes.

Cada perro conocía a su dueño y respondía a su nombre. Cada cazador sabía bien su oficio, conocía su puesto y la misión asignada. En cuanto salieron de la finca, sin ruido y sin hablar, todos, con paso uniforme y tranquilo, se extendieron por el camino y los campos que conducían al bosque de Otrádnoie.

Los caballos iban por los campos como sobre una blanda alfombra, chapoteando a veces en los charcos al atravesar un camino. El cielo, encapotado, seguía descendiendo insensiblemente hacia la tierra. El aire tibio era apacible y silencioso. De vez en cuando se oía el silbido de un cazador, el relincho de algún caballo, un trallazo o el gañido de un perro que no iba en su sitio.

Habrían recorrido un kilómetro cuando en dirección a ellos vieron venir a otros cinco jinetes con sus perros. Por delante cabalgaba un hombre entrado en años, guapo, bien conservado, de grandes bigotes blancos.

—¡Buenos días, tío!— saludó Nikolái cuando el viejo se acercó a él.

—¡Claridad y siempre adelante!— respondió el tío recién llegado con su muletilla predilecta. —Bien sabía yo, bien sabía que no resistirías la tentación; y haces bien. Entra en seguida en el coto, porque mi Guirchik me ha dicho que los Ilaguin están en Korniki. Te van a quitar las piezas en tus propias narices.