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La fiera detuvo un instante su carrera. Volvió pesadamente, como si padeciese angina de pecho, su alargada cabeza hacia los perros y después, con el mismo balanceo, dio un salto, seguido de otro, y, moviendo la cola, desapareció en el bosque. Simultáneamente, con un aullido quejumbroso, surgieron uno, dos, tres perros, y toda la jauría corriendo a través del campo detrás de la bestia. A continuación de los perros se abrieron las matas de avellanos y apareció el caballo ennegrecido por el sudor. Danilo iba hecho una pelota, inclinado hacia adelante, sin gorro, con los blancos cabellos alborotados sobre un rostro encendido y sudoroso.

—¡Busca! ¡Busca!— gritaba. Cuando se dio cuenta de la presencia del conde, sus ojos relampaguearon.

—¡Mié...!— gritó, amenazándolo con la fusta en alto. —¡Han dejado escapar al lobo! ¡Menudos cazadores!

Y sin dignarse seguir hablando con el contuso y asustado conde con más palabras, descargó, con toda la rabia concentrada contra el amo, un fustazo sobre el flanco bañado en sudor de su cabalgadura y salió al galope detrás de los perros. El conde, como un niño castigado, miró en derredor, tratando de provocar con una sonrisa la compasión de su montero. Pero Semión no estaba allí. Daba la vuelta a los arbustos tratando de sacar fuera al lobo. Los ojeadores acosaban también a la bestia por otras partes, pero el fiero animal se escabulló entre los matorrales y ningún cazador consiguió cortarle el paso.

V

Entretanto, Nikolái Rostov seguía en su puesto esperando al lobo. Comprendía lo que estaba sucediendo en el bosque por el ladrido de los perros y las voces de los ojeadores, que indicaban la cercanía o lejanía del animal. Sabía que en el coto había lobos jóvenes y viejos, que los perros estaban divididos en dos jaurías y perseguían a la bestia por algún sitio y que había ocurrido algo desagradable. A cada momento esperaba la aparición del lobo. Hacía mil suposiciones sobre la dirección que traería y sobre el modo de atacarlo. La esperanza sucedía a la desesperación. Pidió a Dios varias veces que el lobo se pusiera a su alcance; lo imploró con una mezcla de fervor y vergüenza, como hacen las personas que rezan en un instante de gran emoción pero por un motivo ínfimo. "¿Qué te costaría concederme este favor? —decía a Dios—. Hazlo por mí. Sé que eres grande y que cometo un pecado al pedírtelo; pero, Dios mío, haz que un lobo viejo venga hacia aquí y que, ante los ojos de mi tío que nos está mirando desde allá, Karaile salte al cuello y lo mate.” Mil veces, en esa media hora, recorrieron los ojos de Rostov, obstinados, tenaces e inquietos, la linde del bosque, con sus dos solitarios robles que extendían las ramas sobre un macizo de pobos, el barranco, con sus orillas erosionadas por el agua, el gorro del tío, que sobresalía apenas entre los arbustos de la derecha.

“No, no tendré esa suerte —pensaba—. ¡Y sería tan fácil! No, no ocurrirá. Ni en el juego ni en la guerra he tenido nunca suerte.” Austerlitz y Dólojov, uno tras otro, cruzaron vivamente por su mente. “No pido más: poder matar, una vez en la vida, a un lobo viejo”; y aguzaba el oído y la vista, tratando de percibir hasta el más pequeño rumor. Miró una vez más a la derecha y vio, en el campo desierto, algo que corría hacia él. “No, no es posible”, pensó Rostov suspirando profundamente, como el hombre que ve cumplirse lo que tanto tiempo deseara. La ventura más grande se presentaba así, simplemente, sin ruido, sin trompetería, sin señal alguna especial. Rostov no creía lo que estaba viendo; su vacilación duró un segundo. El lobo seguía corriendo y saltó pesadamente una zanja que se interponía en su camino. Era un animal viejo, de lomo gris, vientre repleto y rojizo. Corría sin prisa, como convencido de que nadie lo veía. Rostov, conteniendo la respiración, miró a los perros. Unos estaban echados en el suelo; otros permanecían de pie; pero ninguno había visto al lobo ni sospechaba nada. El viejo Karai, con la cabeza vuelta hacia sus patas traseras, buscaba con rabia una pulga castañeando los dientes amarillentos.

—¡Hululu, hululu!— dijo en voz baja Rostov entreabriendo los labios. Los perros se pusieron en pie tirando de sus traíllas y las orejas tiesas. Karaidejó de rascarse la pata, se levantó también con las orejas tiesas y movió la peluda cola con mechones de pelo.

“¿Los suelto o no los suelto?”, se preguntó Nikolái, mientras el lobo, ya fuera del bosque, avanzaba hacia él. De pronto la expresión de la bestia cambió del todo; dio un salto, como si por primera vez en su vida viera unos ojos humanos fijos en él, y, volviendo ligeramente la cabeza hacia el cazador, se detuvo. “¿Atrás o adelante? ¡Bah! ¡Es lo mismo! ¡Adelante!”..., pareció decirse, y, sin mirar, siguió avanzando a saltos tranquilos, seguros y decididos.

—¡Hululu, hululu!— se desgañitó Nikolái; y su caballo por sí mismo se lanzó cuesta abajo y saltó unos charcos, tratando de cortar el camino al lobo.

Los perros eran más veloces y se le adelantaron. Nikolái no oyó su propio grito, ni sintió el galope, ni vio a los perros ni el lugar por donde iba. No veía más que al lobo que, acelerando su carrera, saltaba sobre la cañada, sin variar de dirección. La negra Milka, perra de fuertes flancos, apareció la primera al lado de la bestia; comenzó a acosarla. Más cerca, más cerca... Casi tocaba al lobo con su cabeza; pero la fiera apenas si la miró de reojo, y la perra, en vez de acelerar su carrera, como hacía siempre, levantó la cola y frenó apoyándose en las patas delanteras.

—¡Hululu, hululu!— gritaba Nikolái.

El rojo Liubimpasó delante de Milkade un salto, se arrojó rápido sobre el lobo y le clavó los dientes en los muslos; pero inmediatamente, asustado, se echó a un lado. El lobo se detuvo, rechinó los dientes, se levantó de nuevo, volvió a saltar y corrió adelante, seguido a un metro de distancia por todos los perros, que no se acercaban a él.

“¡Va a escaparse! ¡No, eso es imposible!”, pensó Nikolái; y siguió gritando con voz ronca:

—¡Karai!¡Hululu!— y buscó con los ojos a Karai, su última esperanza.

Con todas sus viejas fuerzas, extendido al máximo su cuerpo y sin perder de vista al lobo, corría Karaipesadamente con el fin de cortarle el paso. Pero teniendo en cuenta la velocidad del lobo y la de Karaiera evidente que su cálculo fallaba. Nikolái advirtió que el lobo estaba ya cerca del bosque, donde desaparecería seguramente. Por delante de él aparecieron otros perros y un cazador, que iban casi a su encuentro. Había aún esperanza. Un perro largo, negro y joven, de una jauría que Nikolái desconocía, se lanzó rapidísimo sobre el lobo y estuvo a punto de derribarlo. La bestia, más rápidamente de lo que podía esperarse, se repuso y se echó sobre el perro, castañeó los dientes y el perro, sangrando y con el flanco destrozado, lanzó un penetrante aullido y cayó al suelo de cabeza.

—¡Karai!¡Querido!— gimió Nikolái.

El viejo Karaise hallaba ya a cinco pasos del lobo, cortando, gracias a aquella detención, el paso a la fiera.

El lobo, sintiendo el peligro, miró a Karaide reojo, escondió aún más el rabo y aceleró su carrera. Nikolái, que sólo seguía los movimientos del perro, vio que éste se lanzaba sobre el lobo y que ambos caían revueltos en una charca que había delante de ellos.

El momento en que Nikolái vio en la charca a los perros junto al lobo y el pelo gris de una pata de la fiera, que se revolvía jadeante, y a Karaiapresando su cuello, fue el más feliz de su vida. Se agarraba ya al arzón para echar pie a tierra y rematar al lobo cuando de entre la masa de perros sobresalió la cabeza del furioso animal; después, sus patas delanteras se apoyaron en el borde de la charca. El lobo rechinó desesperado los dientes ( Karaiya no lo sujetaba del cuello); sacó las patas traseras y, con el rabo entre las piernas, se apartó nuevamente de los perros y siguió adelante. Karai, con la piel erizada, tal vez herido o maltratado, salió con trabajo de la charca.