—¡Dios mío! ¿Por qué?...— gritó desesperado Nikolái.
Desde la otra parte, un montero de los que acompañaban al tío galopaba para cortar la retirada al lobo; sus perros lo detuvieron de nuevo y volvieron a cercarlo.
Nikolái, su ojeador, el tío y el montero del tío daban vueltas en torno al lobo, azuzando a los perros, gritando y dispuestos a descabalgar cada vez que el lobo se paraba, y lanzándose adelante cuando conseguía dar unos pasos hacia el bosque que debía salvarlo.
Danilo, al comienzo de la cacería, al oír los gritos de los cazadores, había aparecido en la linde del bosque. Vio que Karaihacía presa en el lobo y creyó que todo había concluido. Detuvo su caballo; pero, al ver que los cazadores no desmontaban y que el lobo conseguía salir de nuevo, Danilo se lanzó de través, siguiendo la línea del bosque, para impedirle la huida. Así pudo alcanzar al lobo cuando los perros del tío lo detuvieron por segunda vez.
Danilo galopaba en silencio con el puñal en la mano izquierda, fustigando sin duelo a su caballo.
Nikolái no lo vio ni oyó hasta que el caballo del montero pasó resoplando delante de él; entonces reparó en el ruido de un cuerpo que caía y vio a Danilo en medio de los perros, echado sobre el lobo, al que trataba de agarrar por las orejas. Tanto para los perros como para los cazadores y el lobo, era evidente que ahora todo estaba terminado. La bestia, asustada, con las orejas gachas, trataba de levantarse, pero los perros la tenían bien sujeta. Danilo se levantó, dio un paso y, como si se tumbase a descansar, se echó con todo su peso sobre el lobo y lo agarró por las orejas. Nikolái quería rematarlo, pero Danilo susurró: “¡No! ¡Hay que cogerlo vivo!”; y, cambiando de posición, puso el pie sobre el cuello del lobo; hincaron un palo en sus fauces, le ataron las patas y Danilo lo volteó dos veces por el suelo.
Con rostros felices, aunque rendidos por la fatiga, los cazadores echaron al viejo lobo, todavía vivo, sobre un caballo que coceaba y relinchaba; seguido por perros aullantes lo llevaron al lugar donde todos debían reunirse. Los sabuesos habían capturado a dos lobeznos y los galgos a tres más. A ese lugar acudían los cazadores con las piezas cobradas y sus historias; todos se acercaban para ver la pieza mayor; el gran lobo viejo, con la cabeza caída de ancha testuz, el palo mordido en la boca, miraba aquella muchedumbre de hombres y perros que lo rodeaba con grandes ojos vidriosos. Cuando alguien lo tocaba, sus patas aladas se estremecían: su mirada salvaje, y al mismo tiempo ingenua, seguía los movimientos de todos.
También el conde Iliá Andréievich se acercó curioso y lo tocó.
—¡Qué grande!— dijo. —Es viejo, ¿verdad?— preguntó a Danilo, que estaba junto a él.
—Sí, muy viejo, Excelencia— respondió Danilo, quitándose con rapidez el gorro.
El conde recordó su error al dejar escapar al lobo y la conducta de Danilo.
—¿Sabes, querido, que tienes muy mal genio?— dijo.
Danilo no contestó: se limitó a sonreír cohibido, con una sonrisa tímida, infantil y agradecida.
VI
El viejo conde volvió a casa. Natasha y Petia prometieron no tardar; pero, como era temprano aún, la caza prosiguió. Hacia media tarde, los perros fueron llevados a un barranco cubierto de árboles jóvenes. Nikolái, desde un sembrado, veía a todos sus cazadores.
Enfrente de Nikolái se extendía el verde centeno de otoño y estaba allí un cazador suyo, solo en una hoya tras el ramaje de un avellano. Acababan de soltar los perros y Nikolái reconoció el ladrido peculiar de Voltom, uno de los suyos; otros tan pronto ladraban como callaban y volvían a ladrar. Poco después, en el barranco, se anunció la aparición de un zorro y toda la jauría se lanzó revuelta a los sembrados, apartándose de Rostov.
Nikolái veía a los picadores con gorros rojos por el borde del barranco; veía también a los perros, y a cada momento esperaba que apareciese el zorro en el lado opuesto.
El montero que estaba escondido en la hoya soltó a los perros y Nikolái vio entonces un extraño zorro rojizo, de patas cortas, que con la cola flotante corría rápido sobre el campo verde. Los perros se lanzaron en su persecución. Se acercaron. El zorro, agitando su gruesa cola esponjosa, daba vueltas en círculos cada vez más estrechos; un perro blanco desconocido se lanzó sobre la presa; lo siguió otro, negro; hasta que todo se hizo una confusión. Después los perros, formando como una estrella con sus cuartos traseros, y casi sin moverse, quedaron inmóviles. Dos cazadores acudieron allí, uno de gorro colorado y otro, un desconocido, de caftán verde.
“¿Qué es eso? ¿De dónde ha salido ese cazador? —pensó Nikolái—. No es de los hombres del tío.”
Los cazadores se adueñaron del zorro y permanecieron un buen rato de pie. Junto a ellos estaban los caballos ensillados y los perros tumbados. Los cazadores agitaban los brazos y hacían algo con el zorro. Resonó desde allí la llamada del cuerno: la señal convenida para notificar una disputa.
—Es un cazador de Ilaguin, que se está peleando con nuestro Iván— explicó el palafrenero a Nikolái. Éste lo envió en busca de sus hermanos y con ellos se dirigió al lugar donde los monteros reunían a los perros. Algunos cazadores corrieron al lugar de la disputa. Nikolái bajó del caballo y esperó con Natasha y Petia nuevas sobre el incidente.
El que se había peleado, sin dejar de la mano el zorro, se aproximó a su amo. Lejos todavía, se quitó el gorro e intentó hablar con respeto. Pero estaba pálido y jadeante, y su rostro llameaba de cólera. Traía un ojo tumefacto, pero seguramente ni se había dado cuenta.
—¿Qué ha pasado?— preguntó Nikolái.
—¡Están cazando sobre los rastros de nuestros perros! Ha sido mi perra gris la que ha cogido al zorro... ¡No quieren entrar en razón! Querían llevarse la pieza, pero lo aticé y bien con ese mismo zorro. Aquí lo tengo bien sujeto. ¡A lo mejor esto le gusta más!— dijo el cazador, echando mano al puñal, como si todavía hablase con el contrario.
Sin entrar en conversación con el cazador, Nikolái rogó a su hermana y a Petia que lo esperaran allí y se dirigió a donde estaban los de Ilaguin.
El cazador victorioso se mezcló con los demás cazadores y, rodeado por sus amigos, volvió a contar lo sucedido.
Lo ocurrido era lo siguiente: Ilaguin, con quien los Rostov estaban reñidos y sostenían un pleito, estaba cazando en terrenos que, por derecho de costumbre, pertenecían a los Rostov; y ahora, como a propósito, había ordenado a los suyos que se acercaran al coto donde estaban cazando los Rostov y había permitido que un cazador suyo lanzara a los perros detrás de una pieza no levantada por ellos.
Nikolái no había visto nunca a Ilaguin, pero, ignorando como siempre el término medio, guiándose por los rumores que corrían acerca de la violencia y la arbitrariedad de aquel terrateniente, lo detestaba con toda su alma y lo consideraba su peor enemigo. Encolerizado y nervioso, se acercó, sujetando fuertemente la fusta, dispuesto a los actos más enérgicos y peligrosos.
Tan pronto como salió del bosque vio a un corpulento señor con gorro de castor, montado en un hermoso caballo negro, que venía hacia él acompañado de dos caballerizos.
En vez del enemigo que pensaba, Rostov encontró en Ilaguin a un respetable y cortés caballero que sentía grandes deseos de conocer al joven conde. Al acercarse Nikolái, Ilaguin se quitó el gorro de castor y manifestó que lamentaba mucho lo sucedido y que daría orden de castigar al cazador que se había permitido entrometerse en la cacería del vecino; por último, rogó a Nikolái que lo considerase amigo y le ofreció sus terrenos para la caza.
Natasha, temerosa de que su hermano hiciera algo terrible, lo seguía de cerca. Y al ver que ambos adversarios se saludaban amigablemente se acercó a ellos. Ilaguin alzó aún más su gorro de castor para saludar a Natasha y, con una sonrisa amable, dijo que la condesa se parecía a Diana, debido tanto a su pasión por la caza como a su belleza, de la que había oído hablar mucho.