Ilaguin, para reparar la falta de su cazador, insistió en que Rostov pasara a su vedado, distante un kilómetro de allí, donde, según él, pululaban las liebres. Nikolái aceptó y el grueso de los cazadores, aumentado al doble, siguió adelante.
Para llegar a los terrenos de Ilaguin había que atravesar los campos sembrados. Los amos iban juntos. El tío, Nikolái e Ilaguin miraban furtivamente a sus respectivos perros, buscando inquietos en las otras jaurías a los posibles rivales de los suyos.
Rostov quedó especialmente admirado por la estampa de una perra no demasiado grande, delgada, pero de músculos de acero, morro fino, ojos saltones y negros. Nikolái había oído hablar de los perros de raza de Ilaguin y en este magnífico ejemplar de hembra veía una rival de su Milka.
En medio de una seria conversación acerca de las cosechas, entablada por Ilaguin, Rostov señaló a la perra:
—¡Magnífico ejemplar! ¿Es veloz?— preguntó displicente.
—¿Ésa? Sí, es una buena perra. Caza bien— respondió Ilaguin con tono indiferente mirando hacia su hermosa Erza, por la cual un año antes había dado a un vecino tres familias de siervos. —Así pues, conde, ¿este año no recogen mucho grano?— preguntó, reanudando la conversación. Y estimando que sería cortés corresponder a la atención del joven, miró los perros de Rostov y escogió a Milka, que le llamó la atención por la anchura de lomo.
—Esa de manchas negras es buena, ¿verdad?— dijo.
—Sí; no está mal. Corre bastante— replicó Nikolái. "¡Ah, si saltara una liebre! Ya te enseñaría yo lo que vale esta perra”, pensó; y volviéndose a su palafrenero prometió un rublo a quien levantara una liebre en su guarida.
—No comprendo— siguió Ilaguin —por qué otros cazadores son tan celosos de las piezas que cobran y de los perros ajenos; por lo que a mí toca, le diré, conde, que lo que me divierte es pasear en una compañía tan agradable como ustedes... ¿Qué más se puede desear?— y se descubrió de nuevo ante Natasha. —Pero eso de contar las piezas muertas me tiene sin cuidado.
—Sí, claro.
—O disgustarme porque otro perro, y no el mío, sea quien cobra la pieza. Lo que me divierte es ver la caza. ¿No es verdad, conde? Además, yo creo...
—¡Ho-ho-ho!- se oyó en esto el prolongado grito de un ojeador, que se había detenido. Estaba en una ladera y, levantando la fusta, repitió su largo grito: —¡Ho-ho-ho!
El grito y la fusta en alto querían decir que veía una liebre encamada.
—Parece que ha visto una— dijo Ilaguin con indiferencia. —¿Probamos, conde?
—Sí, claro... probaremos juntos— respondió Nikolái, viendo en Erzay en el rojo Rugaidel tío dos rivales con los cuales no había tenido ocasión de enfrentar sus perros.
Mientras se acercaba a la liebre, con su tío e Ilaguin, Nikolái pensó: “¿Y si mi Milkaqueda en ridículo?”
—¿Es grande?— preguntó Ilaguin acercándose al cazador que había visto la liebre; y con cierta inquietud miró y silbó a su Erza.
—¿Y usted, Mijaíl Nikanórovich?— preguntó al tío.
El interpelado, que caminaba con gesto de mal humor, le respondió:
—¿Cómo voy a meterme yo en eso? Ustedes, las cosas claras y adelante, pagan un pueblo por cada perro: son animales de mil rublos. Midan ustedes las fuerzas, que yo me conformo con mirar. ¡Rugai!— gritó a su perro, — ¡Rugáiushka!— repitió, expresando sin querer con ese diminutivo su cariño al perro y la esperanza que en él depositaba.
Natasha sentía la emoción oculta de los dos viejos y de su hermano, y ella misma estaba nerviosa.
El cazador seguía en la ladera con la fusta en alto; los amos se acercaron al paso; apartaron a las jaurías de la liebre; también los cazadores habituales se apartaron respetuosos. Todos se movían lentamente y en silencio.
—¿Hacia dónde mira?— preguntó Nikolái, acercándose a cien pasos del cazador que la había visto primero.
Pero antes de que el otro tuviera tiempo de contestar, la liebre, presintiendo la helada del día siguiente, saltó fuera de su madriguera.
Los galgos se lanzaron en su persecución desde las alturas; otros acudían desde todas partes. Los cazadores encargados de las jaurías detuvieron a sus animales, mientras que los encargados de los galgos azuzaban a los suyos. El impasible Ilaguin, Nikolái, Natasha y su tío se lanzaron al galope sin saber adonde, procurando no perder de vista a los perros y a la liebre, vieja y rápida, que corría a pequeños saltos, atenta a los gritos y ruidos que de todas partes le llegaban. Saltó unas cuantas veces, un poco perezosa al principio, dejando que los perros se acercaran y, por último, tras haber elegido bien la dirección y comprendiendo el peligro que se le venía encima, bajó las orejas y salió disparada a increíble velocidad. Iba por un sembrado, pero más allá había un terreno de malezas encharcadas. Los dos perros del cazador que había sido el primero en ver la liebre eran los más próximos y se lanzaron en su persecución. Pero aún se encontraban lejos cuando apareció la roja Erzade Ilaguin, que llegó a la altura de la liebre y, creyendo poder hacer presa en la cola, dio un salto en falso y salió rodando. La liebre enarcó el espinazo y siguió más veloz todavía. Tras Erzasaltó la negra y ancha Milka, aproximándose veloz a la liebre.
—Milushka, preciosa— se oyó la voz triunfante de Nikolái.
Milkaestaba a punto de caer sobre la liebre y apoderarse de ella; pero la pasó de largo: la liebre había frenado en seco. De nuevo la hermosa Erzaacortó el espacio, tratando, para no errar otra vez el golpe, de hacer presa en una pata trasera.
—¡Erzinka, hermanita!— gritaba lloroso Ilaguin con la voz descompuesta.
Pero Erzano atendió las súplicas de su amo; en el mismo instante en que parecía que ya la tenía en su poder, la liebre se escabulló hábilmente y apareció en el límite de las malezas y el sembrado. De nuevo Erzay Milka, como dos caballos emparejados, reanudaron la persecución. La liebre parecía más segura en la linde y a los perros no les era tan fácil acercarse a ella.
—¡Eh, Rugai! ¡Rugáiushka!¡Las cosas claras y adelante!— gritó entonces una nueva voz.
Y el rojo Rugai, el perro macho, rojo y jorobado del tío, estirándose y arqueando el espinazo, corrió hasta alcanzar a los otros dos animales y los dejó atrás, acercándose con velocidad increíble a la liebre y lanzándola a los matorrales de las charcas; aún atacó otra vez con más rabia entre los sucios hierbajos, hundido hasta las corvas; únicamente se vio cómo caía rodando, sin soltar la liebre, todo cubierto de fango. Un segundo después lo rodeaban los otros perros y a los pocos instantes todos los jinetes se hallaban junto a aquel remolino. El tío, el único feliz, descabalgó y cobró la liebre. La sacudió para que cayera la sangre y miró inquieto, con los ojos errantes, sin saber qué hacer de sus pies y sus manos, mientras hablaba sin darse cuenta de sus palabras y sin dirigirse a nadie: "Vaya, vaya... esto sí que es un perro... Los ha vencido a todos, a los de mil rublos y a los de uno... Esto sí que es un perro —y miraba en derredor, jadeante e irritado, como insultando a alguien, como si los demás fueran sus enemigos, como si todos lo hubiesen ofendido y sólo ahora hubiese podido justificarse—. Ahí tienen los perros de mil rublos”.
—¡Toma, Rugai!— añadió. —¡Te lo has ganado!— y echó al perro una pata que había cortado a la liebre.