—Estaba cansada; ha corrido tres veces ella sola— dijo Nikolái, sin oír a nadie y sin fijarse en si los demás lo escuchaban o no.
—Pero, ¡eso es cazar de través!— comentó el palafrenero de Ilaguin.
—¡Sí, de esa manera, en cuanto ella falló, cualquier perro vulgar lo consigue!— decía Ilaguin, jadeante por la emoción y la carrera.
Natasha, entretanto, entusiasmada y alegre, chillaba de tal manera que aturdía a los cazadores; a su modo expresaba lo mismo que los demás manifestaban con palabras. Y sus chillidos eran tan estridentes que en otras circunstancias ella misma se habría avergonzado y los demás habrían quedado estupefactos. El tío colgó la liebre del arzón y, como reprochando a todos no se sabe qué y con el aire de no querer hablar con nadie, montó de nuevo y marchó solo. Los demás se separaron malhumorados y ofendidos, y sólo pasado bastante tiempo lograron recobrar el aire de fingida indiferencia. Largo tiempo estuvieron mirando a Rugaique, manchada de barro la joroba y con el aire tranquilo de un vencedor, seguía tras el caballo de su amo haciendo tintinear la plaquita de su collar.
A Nikolái le pareció leer en la expresión del perro: “Soy como los demás cuando no se trata de cazar, pero, entonces, no me perdáis de vista”.
Cuando, al cabo de un buen rato, el tío se acercó a Nikolái y le dirigió la palabra, el joven se sintió halagado de que, después de lo sucedido, se dignara todavía hablar con él.
VII
Al atardecer, cuando Ilaguin se despidió de Nikolái, el joven conde se hallaba tan distante de su casa que aceptó la invitación que le hacía el tío de dejar la jauría y todo el equipo de la caza en su aldea de Mijáilovna.
—Y si vinierais a mi casa, las cosas claras, siempre adelante, tanto mejor— dijo el tío. —El tiempo está húmedo; podríais descansar y llevarían a la condesita en coche.
Aceptaron la propuesta del tío; enviaron un cazador a Otrádnoie en busca del coche y Nikolái, Natasha y Petia se dirigieron a la casa de Mijaíl Nikanórovich.
En el porche de la entrada principal esperaban al amo cinco criados, unos grandes y otros chicos. Decenas de mujeres, jóvenes y viejas, se asomaron por la entrada de servicio a ver a los cazadores que llegaban. La presencia de Natasha, una señorita a caballo, despertó la curiosidad de los criados hasta tal punto que muchos, sin turbación alguna, se aproximaron para verla de cerca y, en su presencia, expresaban sus opiniones como si se refirieran a un fenómeno extraño o a un objeto expuesto que no pudiera comprender los comentarios que suscitaba.
—Fíjate, Arinka, va sentada de lado. Y le cuelga la falda... ¡Hasta lleva un cuerno!
—¡Por todos los santos! ¡Y un puñal...!
—¡Debe ser tártara!
—¿Cómo no te caes?— preguntó la más atrevida, volviéndose a Natasha.
El tío echó pie a tierra en el porche de su casita de madera, rodeada de jardín; miró a la gente y dio órdenes imperiosas de que se fueran quienes estaban de más y se preparara lo necesario para recibir dignamente a sus huéspedes y al acompañamiento.
Todos se dispersaron. El tío ayudó a Natasha a descabalgar y subir los movedizos escalones de madera. La casa, sin revestimiento alguno, con los troncos al aire, no tenía aspecto de estar muy limpia. No podía decirse que los habitantes de aquella casita pusieran gran celo en quitar las manchas, pero tampoco daba sensación de abandono. Un olor a manzanas frescas llenaba todo el zaguán, donde había colgadas pieles de lobo y de zorro.
Pasado el vestíbulo, el tío condujo a los jóvenes a un saloncito con mesa plegable y sillas de caoba, después a la sala con mesa redonda de abedul y un diván, luego a su despacho, con un diván raído, una alfombra muy vieja y retratos de Suvórov, de los padres del amo de la casa y de él mismo con uniforme. El despacho olía intensamente a tabaco y a perros.
El tío rogó a los jóvenes que se acomodaran como si estuviesen en su propia casa y se retiró unos instantes. Rugai, con el lomo sucio de barro, entró en la estancia, se acomodó en el diván y comenzó a limpiarse con la lengua y los dientes. Del despacho de Mijaíl Nikanórovich salía un pasillo donde se veía un biombo con los visillos rotos. Detrás del biombo se oían apagadas risas y susurros femeninos. Natasha, Petia y Nikolái se desvistieron y se instalaron en el canapé. Petia, apoyando la cabeza en el brazo, se durmió al momento. Natasha y Nikolái guardaban silencio. Sus rostros ardían, sentían mucha hambre y estaban muy alegres. Se miraron el uno al otro (pasada la cacería y en casa, Nikolái no creía necesario manifestar la superioridad masculina con respecto a su hermana); Natasha le guiñó el ojo y, no pudiendo contenerse más, los dos estallaron en una carcajada sonora, aun sin haber hallado pretexto para semejante risa.
Poco después, el tío volvía con un amplio chaquetón, calzón azul y botas de media caña. Natasha recordó que aquella vestimenta del tío, de la que se había sorprendido y mofado en Otrádnoie, nada tenía que envidiar a la levita o al frac. También Mijaíl Nikanórovich estaba contento, y lejos de sentirse ofendido por la injustificada risa de los hermanos —no podía ocurrírsele pensar que se burlaran de su vida—, él mismo se unió a esa hilaridad inmotivada.
—¡Bravo, condesita! ¡No he visto nunca una muchacha igual!— dijo, dando a Nikolái una pipa de larga boquilla y tomando otra corta para sí, que sujetó con tres dedos, como tenía por costumbre. —¡Todo el día a caballo como un hombre, y como si nada!
Al poco rato volvió a abrirse la puerta; a juzgar por el ruido debía de ser una criada descalza. En efecto, apareció una mujer de unos cuarenta años, gruesa, guapa, de mejillas sonrosadas, doble papada y labios bien marcados de color rojo; llevaba en las manos una bandeja grande bien surtida. Con dignidad afable y acogedora, irradiando simpatía en cada mirada y movimiento, miró a los huéspedes y los saludó con respeto y una sonrisa cariñosa. A pesar de su obesidad poco común, que la obligaba a caminar erguida, adelantando el vientre y el pecho, y con la cabeza hacia atrás, esa mujer (el ama de llaves del tío) se movía con extraordinaria soltura. Se acercó a la mesa, colocó la bandeja y, hábilmente, con sus manos regordetas y blancas, fue ordenando las botellas, aperitivos y dulces. Hecho esto, se apartó y con la sonrisa en los labios se detuvo en la puerta. “Aquí me tienen. ¿Comprendes ahora a tu tío?", parecía decir a Nikolái. ¿Cómo no comprenderlo? No sólo el joven, sino también Natasha comprendía al tío, y el significado de su ceño y de la sonrisa feliz y satisfecha que se dibujó apenas en sus labios al entrar Anisia Fiódorovna. En la bandeja había setas marinadas, galletas de centeno a base de leche cuajada, miel al natural y miel espumosa hervida, manzanas, nueces frescas tostadas, vodka y licores de fabricación casera. Más tarde, Anisia Fiódorovna trajo mermeladas hechas con azúcar y miel, jamón y un pollo recién asado.
Todo había sido escogido y preparado por ella misma; todo tenía el perfume y el sabor de Anisia Fiódorovna. Todo recordaba su frescura, su limpieza y su grata sonrisa.
—Coma, señorita condesa— decía a Natasha, ofreciéndole ya un plato, ya otro.
Natasha comía de todo; le parecía no haber visto ni comido nunca un dulce tan oloroso, unas galletas, una miel con nueces y un pollo tan exquisitos.
Anisia Fiódorovna se retiró; Rostov y su tío, durante la cena, comenzaron a discutir, entre sorbo y sorbo de licor de guindas, sobre la jornada de caza, y las que le seguirían, sobre Rugaiy los perros de Ilaguin. Natasha, con los ojos brillantes, los escuchaba sentada en el canapé. Había tratado varias veces de despertar a Petia, con el fin de que comiera algo, pero el muchacho no hizo más que pronunciar palabras incomprensibles, sin abrir siquiera los ojos. Natasha sentía tanta alegría, se encontraba tan bien en aquel ambiente nuevo para ella que temía tan sólo que el coche de Otrádnoie llegase demasiado pronto. Después de cierto silencio, muy frecuente en quienes reciben a alguien por primera vez, y, como respondiendo a los pensamientos de sus huéspedes, el tío dijo: