Выбрать главу

—Así voy terminando mi vida... Cuando muera, las cosas claras y siempre adelante, no quedará nada. ¿Para qué pecar?

Al decir esto, su rostro era muy expresivo y hasta hermoso. Nikolái recordó las cosas admirables que había oído decir de aquel hombre a sus padres y vecinos. En toda la comarca, su reputación era la de un hombre estrafalario pero noble y muy desprendido; solían recurrir a él como juez en asuntos familiares, y como albacea testamentario le confiaban secretos. Lo habían elegido juez y para otros cargos, pero él se negaba obstinadamente a aceptar un empleo público. Pasaba el otoño y la primavera en sus campos, montando en su caballo; en invierno solía quedarse en casa y en verano permanecía largas horas tumbado en su abandonado jardín.

—¿Por qué no acepta algún cargo público, tío?

—Ya lo tuve, pero lo dejé. No va con mi genio ni entiendo nada de eso. Se queda para vosotros, a mí me falta cabeza. La caza es otra cosa— y gritó seguidamente: —¡Abrid esa puerta! ¿Por qué la habéis cerrado?

La puerta del fondo del pasillo conducía a la sala de caza, nombre que se daba a la habitación de los cazadores. Alguien se dirigió allí con rápidos pasos de pies desnudos y una mano invisible abrió la puerta. De la habitación llegaron claramente las notas de una balalaika, manejada por manos hábiles. Hacía un rato que Natasha estaba con el oído atento; ahora salió al pasillo para oír mejor.

—Es Mitka, mi cochero... le compré una buena balalaika. Me gusta oírla— dijo el tío.

Era costumbre que cuando él volvía de cazar, Mitka tocase en la habitación de los cazadores.

—¡Toca bien, realmente muy bien!— dijo Nikolái con cierta involuntaria negligencia, como si le diera vergüenza confesar que le agradaban mucho aquellos sonidos.

—¿Cómo que muy bien?— le reprochó Natasha, a la que no escapó el tono con que había hablado su hermano. —¡Es un verdadero encanto! ¡Una delicia!

Así como las setas, la miel y los licores del tío le habían parecido los mejores del mundo, en aquel momento la música que llegaba desde la habitación de los cazadores le pareció el colmo de la delicia.

—¡Otra vez, por favor, otra vez!— exclamó Natasha desde la puerta cuando hubo terminado la canción.

Mitka afinó el instrumento y de nuevo sonó la Bárinacon variaciones diversas y bien matizadas. El tío escuchaba con la cabeza inclinada y una imperceptible sonrisa. El motivo de Bárinase repitió muchas veces, la balalaika estaba afinada y una vez más volvía a los mismos acordes, sin que los oyentes se cansaran de escuchar. Anisia Fiódorovna entró de nuevo y apoyó su corpulento cuerpo en el quicio de la puerta.

—¿Lo está escuchando?— preguntó a Natasha con una sonrisa muy semejante a la del tío. —Toca muy bien.

—En ese pasaje no lo hace bien— observó el tío con energía. —Aquí conviene un trémolo, eso es, un trémolo.

—¿Es que sabe usted tocar?— preguntó Natasha.

El tío sonrió sin contestar.

—Mira si las cuerdas de la guitarra están bien, Anísiushka... Hace tiempo que no la cojo. La tengo abandonada.

Anisia Fiódorovna salió de buen grado y con paso ligero a cumplir el encargo de su señor y trajo la guitarra.

El tío, sin mirar a nadie, sopló el polvo del instrumento; tamborileó en la caja de la guitarra con sus dedos huesudos, afinó las cuerdas y se acomodó en la butaca. Con gesto algo teatral, separando mucho el codo izquierdo y guiñando el ojo a Anisia Fiódorovna, lanzó un acorde sonoro, limpio, y después, pausada y tranquilamente, comenzó con ritmo muy lento la conocida canción Por la calle empedrada. El motivo de la canción, su ritmo y sentido resonaron en el alma de Nikolái y Natasha en concordancia con la mesurada alegría que se desprendía de toda la personalidad de Anisia Fiódorovna, quien, encendido el rostro que ocultaba con su pañuelo, salió riendo de la estancia. El tío seguía tocando con el mismo tono enérgico, mirando con ojos inspirados el lugar donde antes estuvo Anisia Fiódorovna. En su rostro, bajo los bigotes grises, había una leve sonrisa, que se acentuaba al aumentar el ritmo de la canción y en los trémolos mejor logrados.

—¡Es maravilloso! ¡Maravilloso, tío! ¡Otra vez, otra vez! —gritó Natasha cuando Mijaíl Nikanórovich hubo terminado. Saltó de su asiento, abrazó a su tío y lo besó. —¡Nikóleñka! ¡Nikóleñka!— dijo a su hermano, como preguntándole: ¿pero qué es esto?

También Nikolái estaba entusiasmado con el modo de tocar del tío. Éste volvió a repetir la canción. De nuevo apareció en la puerta el riente rostro de Anisia Fiódorovna, y detrás de ella otros... “Cuando va por agua fresca, grita la muchacha: ¡espera!”, tocaba el tío; después hizo una variación habilísima, interrumpió un acorde y movió los hombros.

—Sigue, querido, sigue, tío— dijo Natasha con voz suplicante, como si estuviera en juego toda su vida.

El tío se levantó. Parecía haber en él dos hombres: uno serio y otro alegre; el hombre serio sonrió gravemente mirando al alegre y el alegre hizo un gesto ingenuo, ceremonioso, como si fuera a iniciar una danza.

—A ver, sobrina— dijo, invitando a Natasha con la mano que había arrancado el último acorde.

Natasha se quitó el chal que llevaba encima, dio unos pasos adelantando al tío y, con las manos en la cintura, movió rítmicamente los hombros y se detuvo frente a él.

¿Dónde, cómo y cuándo esa condesita educada por una institutriz francesa emigrada había absorbido del aire ruso que respiraba ese espíritu, esos gestos que el pas de châletenía que haber desplazado hacía mucho tiempo? Pero el espíritu y los gestos eran auténticamente rusos, inimitables, que no se estudian, eran lo que el tío esperaba de ella. Cuando Natasha se detuvo, sonriendo triunfante, con orgullosa y pícara alegría, desapareció el primer sentimiento que se había apoderado de Nikolái y de todos los presentes, el miedo a que no saliera airosa. Ahora la admiraban entusiasmados.

Hizo lo debido y con tanta exactitud, tan al completo que Anisia Fiódorovna, quien en seguida le había tendido el pañuelo necesario para aquella danza, reía hasta llorar al ver cómo la joven condesa, delicada, graciosa, tan ajena a ella, educada entre sedas y terciopelos, supo entender cuanto había en Anisia, en el padre de Anisia, en su tío, en su madre y en todo ruso.

—¡Bravo, condesita! ¡Bravo!— gritó Mijaíl Nikanórovich cuando hubo terminado la danza. —¡Vaya con la sobrina! ¡Vaya, vaya! Ahora sólo falta elegir un buen mozo para marido.

—Ya está elegido— dijo sonriendo Nikolái.

—¿De veras?— exclamó el tío, mirándola interrogativo. Natasha, con sonrisa feliz, hizo un signo afirmativo con la cabeza.

—¡Y qué marido!— dijo.

Pero en seguida surgió en ella otra corriente de ideas y sentimientos. ¿Qué significaba la sonrisa de Nikolái al decir “ya está elegido”? ¿Estaba contento o no? “Parece pensar que mi Bolkonski no aprobaría, no comprendería nuestra alegría. Pero no, lo comprendería todo. ¿Dónde estará ahora? —pensó Natasha, y su rostro, por un momento, quedó serio—. No pienses en eso, no debes pensar en eso”, se dijo; y volviendo a sonreír se sentó de nuevo junto a su tío y le rogó que tocara alguna otra cosa.

El tío tocó otra canción; después, un vals y, por último, inició su canción favorita, que hablaba de cazadores:

La nieve, por la noche,

caía sin cesar...

Mijaíl Nikanórovich cantaba como canta el pueblo, con la convicción absoluta e ingenua de que todo el sentido de las canciones está en la letra y que la melodía venía por sí misma: que no existe sin la letra, y servía tan sólo para marcar la cadencia. Por ello, el motivo musical inconsciente —como suele ser el motivo musical del pájaro— resultaba tan bello cantado por el tío. Natasha estaba entusiasmada con las canciones de su tío. Decidió que dejaría el arpa y estudiaría la guitarra únicamente. Pidió al tío la guitarra y encontró sin tardanza los acordes de una canción. Cerca de las diez llegaron tres hombres a caballo, enviados con dos carruajes desde Otrádnoie en busca de los jóvenes. El enviado explicó que los condes, desconocedores de dónde se hallaban sus hijos, estaban muy preocupados. Llevaron a Petia dormido y lo colocaron en uno de los coches. Natasha y Nikolái se acomodaron en otro. El tío abrigó a Natasha y se despidió de ella con un nuevo sentimiento de ternura. Los acompañó a pie hasta el puente, que debían rodear para cruzar el río por el vado, y ordenó que los cazadores fueran con linternas por delante.