—¡Hasta la vista, querida sobrina!— gritó en la oscuridad.
Su voz no era la que Natasha conocía de otras veces, sino la que había cantado la canción de la nieve.
En la aldea que cruzaban brillaban luces rojizas y el aire olía alegremente a humo.
—¡Qué encantador es el tío!— dijo Natasha cuando salieron al camino.
—Sí— contestó Nikolái. —¿Tienes frío?— preguntó.
—No. Me encuentro muy bien, estoy perfectamente— respondió Natasha algo perpleja.
Callaron durante largo tiempo. La noche era húmeda y oscura. No se veían los caballos; sólo podía oírse su chapoteo en el fango invisible.
¿Qué estaba ocurriendo en aquel espíritu infantil y sensible, que tan vivamente percibía y asimilaba las impresiones más diversas de la vida? ¿Cómo se acomodaban en su alma todas esas impresiones? Comoquiera que fuese, Natasha se sentía muy feliz. Se acercaban ya a la casa cuando entonó La nieve, por la noche, melodía que había buscado durante todo el camino y logró captar por fin.
—¿Lo conseguiste?— dijo Nikolái.
—¿En qué estabas pensando ahora, Nikolái?— preguntó Natasha.
Les gustaba hacerse esa pregunta el uno al otro.
—¿Yo?— dijo Nikolái procurando recordar. —Mira: primero pensaba que Rugai, el perro rojo, se parece al tío, y que si fuera un hombre tendría consigo al tío no por buen corredor, sino por su buen carácter. ¡Qué fácil es vivir con él! ¿Y tú?
—¿Yo? Espera, espera... Sí, primero pensaba que creemos ir a casa, pero que sólo Dios sabe adonde vamos en medio de esta oscuridad; y que, de pronto, llegamos y no vemos Otrádnoie, sino un país mágico... Luego pensaba que... Pero no, nada más.
—Lo sé, sin duda has pensado en él— dijo Nikolái sonriendo, de lo que Natasha se dio cuenta por el sonido de su voz.
—No— respondió la muchacha, aunque realmente pensaba en el príncipe Andréi y en lo mucho que le habría agradado el tío. —Además, durante todo el camino me vengo diciendo: ¡Qué bien estuvo Anísiushka!— dijo Natasha.
Y Nikolái volvió a oír su risa feliz, sonora, espontánea.
—¿Sabes?— dijo de pronto Natasha. —Creo que nunca seré tan feliz ni estaré tan tranquila como ahora.
—¡Qué tontería! Son estupideces, chiquilladas— exclamó Nikolái; y pensó: “¡Mi Natasha es un encanto! Nunca tendré una amiga como ella. ¿Por qué se casa? ¡Pasearíamos siempre juntos!”.
“¡Qué encanto es Nikolái!”, pensó Natasha.
—¡Ah! ¡Todavía hay luz en la sala!— dijo, señalando las ventanas que brillaban en la oscuridad de la noche, húmeda y aterciopelada.
VIII
El conde Iliá Andréievich había renunciado a su cargo de mariscal de la nobleza porque le imponía demasiados gastos; pero la situación no mejoraba. Con frecuencia, Natasha y Nikolái sorprendían conversaciones secretas e inquietantes de sus padres y oían hablar de la venta de la rica casa patrimonial de los Rostov y de otras propiedades en las cercanías de Moscú. El conde ya no era mariscal de la nobleza ni estaba obligado a grandes recepciones, y la vida en Otrádnoie era más modesta que en años precedentes. Pero la enorme casa de campo y los pabellones estaban siempre llenos de gente y más de veinte personas se sentaban cada día a la mesa. Todos vivían desde hacía tiempo con la familia, unos casi como miembros de ella y otros porque se consideraba que debían vivir en la casa del conde. Tal era el caso de Dimmler, el músico, y su mujer; Vogel, maestro de baile, con su familia; la vieja señorita Bielova y tantos otros; los profesores de Petia, la antigua institutriz de las señoritas y simplemente algunos que creían mejor y más conveniente vivir a expensas del conde que en su casa. No se daban ya las grandes recepciones de antes, pero en la casa se mantenía el tren de siempre, un tren sin el cual los condes no podían imaginarse la vida. Subsistían las partidas de caza, acrecentadas desde la vuelta de Nikolái; subsistían los quince cocheros y los cincuenta caballos, los valiosos regalos para las onomásticas y otras solemnidades, las comidas de gala para todo el distrito, las partidas de whisty de boston, en las que el conde, permitiendo que vieran sus cartas, se dejaba ganar todos los días cientos de rublos, por lo cual los vecinos juzgaban las partidas de juego con él como la renta más lucrativa y saneada.
Apresado en su actividad como en una enorme red, el conde se empeñaba en no creer que, a cada paso, se enredaba más y más. Le faltaban fuerzas para romper la red o para desenredarla poco a poco, con paciencia. El corazón amante de la condesa sentía que la ruina amenazaba a sus hijos; sabía que el conde no era culpable, que no podía dejar de ser corno era y que él mismo sufría por ello (aunque lo ocultara cuidadosamente) y buscaba el modo de remediar su propia ruina y la de sus hijos. Desde su punto de vista puramente femenino la única solución posible era el matrimonio de Nikolái con una rica heredera. La condesa comprendía que aquélla era la última esperanza, y que si Nikolái rechazaba el partido que ella le había buscado habría que despedirse para siempre de la posibilidad de remediar el desastre. El partido en cuestión era Julie Karáguina, hija de buenos y virtuosos padres, a quien los Rostov conocían desde la infancia y que, muerto su último hermano, era entonces una de las más ricas herederas.
Así pues, la condesa escribió directamente a la señora Karáguina, a Moscú, proponiéndole el matrimonio de sus hijos, y recibió una respuesta favorable. La señora Karáguina decía que, por su parte, consentía en dicho matrimonio, pero que todo dependía de su hija. La señora Karáguina proponía que Nikolái fuera a Moscú.
Varias veces, con lágrimas en los ojos, la condesa Rostova decía a Nikolái que, tras las bodas de sus dos hijas, todo su deseo era verlo a él casado; sólo entonces moriría tranquila. Después daba a entender que tenía en perspectiva a una muchacha excelente y trataba de conocer la opinión de su hijo sobre el matrimonio.
En otras ocasiones alababa a Julie y aconsejaba a Nikolái que fuera a Moscú a divertirse con ocasión de las fiestas. Nikolái adivinaba los propósitos de su madre y un día se los hizo confesar abiertamente. La condesa explicó a su hijo que la última esperanza de remediar la situación de la familia se fundaba ahora en su matrimonio con la señorita Karáguina.
—Mamá, y si yo amase a una muchacha sin fortuna alguna, ¿me exigiría que sacrificara mi cariño y mi honor al dinero?— preguntó sin calcular la crueldad de su pregunta, deseando tan sólo manifestar su nobleza de espíritu.
—No, no me has entendido— dijo la madre, sin saber cómo justificarse. —No me has entendido, Nikolái. Lo que yo deseo es tu felicidad— añadió, y confusa, comprendiendo que no decía la verdad, comenzó a llorar.
—Mamita, no llore. Dígame solamente que usted lo desea; sabe que yo daría toda mi vida, lo daría todo para que usted esté tranquila— dijo Nikolái. —Lo sacrificaré todo por usted, hasta mis sentimientos.
Mas la condesa no quería plantear así la cuestión. No deseaba sacrificar a su hijo: habría preferido sacrificarse ella misma por él.
—No, no me has comprendido, no hablemos más de ello— dijo enjugándose las lágrimas.
"Sí, tal vez ame a una muchacha pobre —pensaba Nikolái—; pero ¿por qué debo sacrificar mi corazón y mi honor al dinero? Me asombra que mamita haya podido decirme semejante cosa. Entonces, porque Sonia es pobre, no puedo amarla —se decía—, no puedo corresponder a su cariño devoto y fiel. Y con ella sería más feliz que con una Julie cualquiera, que no es más que una muñeca. Yo no puedo mandar en mis sentimientos. Si quiero a Sonia, ese amor es para mí lo más fuerte y para mí está por encima de todo.”