—Creo que duerme.
—Ve a despertarlo, Sonia. Dile que lo llamo para cantar— y se quedó pensando en el significado que podía tener lo sucedido; y sin resolver el problema y sin mínimamente lamentarlo, se trasladó de nuevo con la imaginación al tiempo en que estaban juntos y él la miraba con ojos de enamorado.
“¡Oh, que venga! ¡Que venga cuanto antes! Tengo tanto miedo de que no llegue... y lo principal es que me hago vieja. Ya no encontrará en mí lo que hay ahora. Puede suceder que llegue hoy, que llegue ahora. A lo mejor ha llegado ya y está en la sala, esperándome. Quizá llegara ayer y lo he olvidado.” Se levantó, dejó la guitarra en su sitio y pasó a la sala. Toda la familia estaba sentada en torno a la mesa de té, con los preceptores, las institutrices y los huéspedes.
Los criados permanecían en pie, atentos al servicio, pero no estaba el príncipe Andréi.
—¡Ahí tenemos a Natasha!— dijo Iliá Andréievich al verla entrar en la sala. —Ven, siéntate a mi lado.
Pero Natasha se detuvo junto a su madre y miró a su alrededor, como si buscara algo.
—Mamá, démelo, démeloen seguida— y una vez más se esforzó por contener las lágrimas.
Se sentó en su sitio, prestando oído a la conversación de las personas mayores y de Nikolái, que también había acudido a la mesa. “Dios mío, Dios mío, las mismas caras, las mismas conversaciones, papá sostiene su taza como siempre y sopla de la misma manera", pensaba, sintiendo con horror la repulsión que nacía en ella contra la familia por ser todos como eran siempre.
Después del té, Nikolái, Sonia y Natasha pasaron al saloncito de los divanes, a su rincón favorito, donde, como siempre, se iniciaban las conversaciones más íntimas.
X
—¿No te sucede a veces— preguntó Natasha a su hermano cuando se hubieron acomodado —que piensas que todo lo hermoso ha pasado y ya no queda nada, nada más? ¿Y que sientes, no diría tedio, sino tristeza?
—¡Ya lo creo!— dijo él. —A veces todos están contentos, todo va bien, y se me ocurre pensar que todo es aburrido y que todos tendrían que morir. Un día, en el regimiento no salí de paseo, fuera tocaba la música... y me sentí tan triste...
—¡Oh! Lo sé, lo sé— confirmó Natasha. —También me sucedió a mí, cuando era muy niña. ¿Te acuerdas? Una vez me castigaron por unas ciruelas; todos vosotros estabais bailando, yo me quedé en el gabinete de estudio, sola, y lloré mucho. No lo olvidaré nunca. Estaba triste y sentía lástima de todos, de todos, y de mí misma. Y lo principal es que yo no tenía la culpa. ¿Te acuerdas?
—Sí, lo recuerdo— dijo Nikolái. —Me acuerdo de que fui a verte; quería consolarte, ¿sabes? Sentía remordimiento. Éramos tan ingenuos. Yo tenía un juguete, un payaso, y quise dártelo. ¿Recuerdas?
—¿Y recuerdas hace aún más tiempo— dijo Natasha con pensativa sonrisa, —cuando éramos muy, muy pequeños; el día en que nos llamó el tío a su despacho, en la vieja casa todavía? Todo estaba oscuro, llegamos y había allí...
—Un negro— terminó Nikolái con alegre sonrisa, —¿Cómo no voy a recordarlo? Y aun ahora no sé si era negro, o si lo soñamos, o si es que nos lo contaron.
—Era gris y tenía los dientes blancos. Estaba de pie y nos miraba.
—¿Se acuerda, Sonia?— preguntó Nikolái.
—Sí, sí, algo recuerdo— respondió Sonia tímidamente.
—A veces he preguntado a mamá y a papá por aquel negro— dijo Natasha. —Dicen que no había ningún negro... ¡Pero tú lo recuerdas!
—¡Ya lo creo! Como si ahora estuviera viendo sus dientes blancos.
—¡Qué raro! Es como un sueño. Me gusta recordar.
—¿Y te acuerdas de cuando empezamos a jugar con unos huevos de Pascua en la sala y de pronto entraron dos viejas y se pusieron a rodar por el suelo también? ¿Ha sucedido esto, sí o no? ¿Te acuerdas de lo bien que lo pasábamos?
—Sí. ¿Y cuando papá, con su abrigo azul, disparó la escopeta en el porche de la casa?
Se interrumpían sonrientes, felices al evocar —no tristes recuerdos propios de la vejez— los recuerdos poéticos de la infancia; esas impresiones de un pasado bastante lejano cuando la fantasía se entrelaza con la realidad. Y reían los tres dulcemente con íntimo gozo.
Aun cuando sus recuerdos fueran comunes, Sonia, como siempre, no llegaba tan lejos. No recordaba muchas cosas, que ellos guardaban en su memoria, y las que recordaba no despertaban en ella aquel sentimiento poético que embargaba a los dos hermanos. Se complacía de su júbilo y trataba de participar en él.
Únicamente intervino cuando Natasha y Nikolái recordaron la llegada de Sonia. Contó entonces que había tenido miedo de Nikolái porque éste llevaba cordones en la chaqueta y la niñera le decía que la coserían dentro.
—Yo recuerdo que me dijeron que tú habías nacido debajo de una col— dijo Natasha. —No me atrevía a dudarlo, pero sabía que no era verdad y me sentía incómoda.
En la puerta del fondo apareció una sirvienta.
—Señorita, ya han traído el gallo— anunció en voz baja.
—Ya no hace falta, Paulina; di que se lo lleven.
Dimmler entró después, cuando estaban en plena conversación: se acercó al arpa, colocada en un ángulo del salón, la desenfundó y del instrumento salió un sonido discordante.
—Edvard Kárlich, toque, por favor, mi Nocturnofavorito del señor Field— dijo desde la otra sala la voz de la condesa.
Dimmler inició unos acordes y, volviéndose a Natasha, Nikolái y Sonia, dijo:
—¡Qué tranquilos están los jóvenes!
—Sí. Estamos filosofando— contestó Natasha, volviéndose por un segundo, y prosiguió la conversación.
Ahora hablaban de sueños.
Dimmler comenzó a tocar. Natasha, sin hacer ruido, se acercó a la mesa, tomó el candelero, lo sacó de la habitación y volvió a su sitio. La habitación, y especialmente el rincón donde estaban sentados, quedó en la oscuridad, pero por las amplias ventanas entraba la luz plateada de la luna llena.
—¿Sabéis qué pienso?— murmuró Natasha acercándose a Nikolái y a Sonia, mientras Dimmler, terminada la canción, permanecía sentado, pulsando débilmente las cuerdas y preguntándose si debería dejarlo o tocar algo nuevo. —Cuando uno comienza a recordar pasa el tiempo recordando todo y se llega a recordar lo que se era antes de nacer.
—Eso es la metempsicosis— aseguró Sonia, que siempre fue buena estudiante y lo recordaba todo. —Los egipcios creían que nuestras almas eran de los animales y volvían a ellos.
—No, no creo que estuviesen en algún animal— dijo Natasha, siempre en voz baja, aunque la música había cesado. —Estoy segura de que éramos ángeles, que debíamos de estar en alguna parte y también aquí, y que por eso lo recordamos todo...
—¿Puedo unirme a ustedes?— preguntó en voz baja Dimmler, sentándose al lado de ellos.
—Si hubiésemos sido ángeles, ¿por qué íbamos a caer en un estado inferior? No; no es posible— dijo Nikolái.
—No inferior, ¿quién ha dicho que habíamos caído en un estado inferior? ¿Por qué sé lo que era antes?— replicó Natasha persuadida. —El alma es inmortal... Entonces, si he de vivir siempre, también he vivido antes, he vivido toda la eternidad.
—Sí, pero es difícil representarse la eternidad— aseguró Dimmler, que se había acercado a los jóvenes con una sonrisa afable y despreciativa pero que ahora hablaba con el mismo tono serio y velado de los jóvenes.
—¿Por qué?— intervino Natasha. —Hoy es, mañana será, siempre será; y ayer y anteayer eran...
—¡Natasha! Ahora te toca a ti. Cántame algo— se oyó la voz de la condesa. —Estáis sentados ahí como unos conspiradores.
—¡Mamá, tengo tan pocas ganas de cantar!— replicó Natasha. Pero se levantó en seguida.
Nadie, ni siquiera Dimmler, que ya no era joven, deseaba interrumpir la conversación y salir de aquel rincón del saloncito. Pero Natasha se levantó y Nikolái se sentó al clavicordio. Como siempre, Natasha se colocó en el centro de la sala escogiendo el punto más conveniente para el sonido, y entonó la romanza preferida de su madre.