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Había dicho que no tenía deseos de cantar, pero hacía tiempo que no cantaba tanto ni tan bien como aquella noche. El conde Iliá Andréievich la escuchaba desde el despacho donde estaba conversando con Míteñka y, como un alumno que se apresura a concluir sus lecciones para correr a jugar, dio las últimas órdenes a su administrador y guardó silencio. También Míteñka escuchaba callado y sonriente, de pie ante el conde.

Nikolái no apartaba los ojos de Natasha; respiraba al mismo ritmo que ella. Sonia pensaba en la gran diferencia que había entre ella y su amiga y comprendía que le era imposible ser, por poco que fuera, tan encantadora como su prima. La condesa escuchaba con su sonrisa feliz y triste; las lágrimas le asomaban a los ojos y de vez en cuando movía la cabeza. Pensaba en su hija, en su propia juventud y en que había algo ilógico y temible en el matrimonio de Natasha con el príncipe Andréi.

Dimmler, sentado junto a la condesa, escuchaba con los ojos cerrados.

—¡Oh, condesa!— dijo, por fin. —¡Tiene talento para cantar en cualquier escena europea! Tanta suavidad, tanta dulzura y vigor...

—Temo por ella, tengo miedo— dijo la condesa, sin pensar en quién la escuchaba. Su instinto maternal le decía que en Natasha había algo excesivo que impediría su felicidad.

No había concluido Natasha su canción cuando en la sala irrumpió, con su entusiasmo de catorce años, el pequeño Petia, que anunciaba la llegada de los disfrazados.

Natasha se detuvo en seco.

—¡Estúpido!— gritó y corrió hacia una silla, se dejó caer y estalló en sollozos y durante largo rato no pudo detener sus lágrimas. —No es nada, mamá, nada; es que Petia me ha asustado— decía intentando sonreír; pero sus lágrimas seguían fluyendo y los sollozos oprimían su garganta.

Los criados, disfrazados de osos, turcos, posaderos y grandes señoras, terribles y cómicos, aparecieron en la sala, trayendo consigo el frío y la alegría. Al principio se escondían unos detrás de otros en la antecámara; después fueron entrando tímidamente hasta que, cobrada cierta confianza, comenzaron sus canciones, sus danzas y sus juegos de Navidad.

La condesa fue reconociendo los rostros; después de reírse un rato de sus disfraces, se retiró al salón. El conde, con una sonrisa resplandeciente, se quedó en la sala animando a los disfrazados. Los jóvenes habían desaparecido.

Media hora después entraron nuevos disfrazados; una vieja señora con miriñaque, que era Nikolái; una turca, el disfraz de Petia; Dimmler se había vestido de clown, Natasha de húsar y Sonia de circasiano, con bigote y cejas pintados con corcho quemado.

Fueron acogidos por los no disfrazados con indulgente asombro, fingiendo no reconocerlos y alabando sus disfraces; los jóvenes consideraban que sus disfraces eran tan buenos que debían enseñarlos a más gente.

Nikolái quería, aprovechando el excelente estado del camino, dar un paseo a todos en su troika, y propuso ir con diez criados disfrazados a la casa del tío.

—No, no... molestarías al viejo— dijo la condesa; —además allí no hay sitio. Si queréis ir a alguna parte id a casa de la Meliúkova.

La señora Meliúkova era una viuda con varios hijos de diversa edad, también con sus institutrices, que vivía a cuatro kilómetros de los Rostov.

—¡Eso sí que está bien pensado, ma chère!— aseguró animado el conde. —Ahora mismo me disfrazo y voy con vosotros. Divertiré a Pachette.

Pero la condesa se opuso: durante aquellos días le había dolido una pierna. Se decidió que Iliá Andréievich no podía salir; pero que si Luisa Ivánovna, es decir, Mme Schoss, quería acompañarlas, las jóvenes podían ir también a casa de Meliúkova. Sonia, tímida y vergonzosa como siempre, fue la más tenaz en suplicar a Luisa Ivánovna.

Era la mejor disfrazada; el bigote y las cejas pintadas le sentaban muy bien. Todos aseguraban que estaba muy guapa y aquel día se sentía, contra lo habitual, animada y enérgica. Una voz interior le decía que si su destino no se decidía aquel día, no se decidiría nunca, y con su traje de hombre parecía otra persona. Luisa Ivánovna consintió y media hora más tarde se acercaban al porche cuatro troicas con campanillas y cascabeles, haciendo chirriar sus patines sobre la nieve helada.

Natasha fue la primera en dar el tono alegre que corresponde a la festividad navideña; alegría que, al pasar de unos a otros, fue en aumento y llegó al máximo cuando salieron todos de la casa al frío glacial para ocupar los trineos, entre conversaciones, risas y gritos.

Había dos trineos de servicio; el tercero era la troika del conde, con su caballo de Orel en el centro, y el cuarto, la de Nikolái, que llevaba de guía un caballo pequeño de pelo largo y negro. Nikolái, con su traje de señora, cubierto con su capa de húsar, permanecía de pie sobre el trineo y sostenía las riendas.

La noche era tan clara que a la luz de la luna se veían brillar los herrajes y los ojos de los caballos que miraban temerosos el ruidoso grupo reunido bajo el tejadillo oscuro del porche.

Natasha, Sonia, Mme Schoss y dos muchachas tomaron asiento en el trineo de Nikolái; en el trineo del viejo conde iba Dimmler con su esposa y Petia; en los otros, los criados disfrazados.

—¡Ve delante, Zajar!— gritó Nikolái al cochero de su padre, con la intención de pasarlo después en el camino.

El trineo del viejo conde, en el cual tomó asiento Dimmler y otros disfrazados, arrancó haciendo crujir los patines, que parecían haberse pegado a la nieve, entre el sonoro tintineo de su campanilla. Los caballos de repuesto se apretaban a las varas y removían una nieve dura y brillante como azúcar.

Lo siguió Nikolái y a continuación se pusieron en marcha los otros dos. Primero avanzaron a un trote corto por el camino estrecho. Mientras pasaban a lo largo del jardín, los altos árboles desnudos proyectaban su sombra sobre el camino y ocultaban la clara luz de la luna, pero en cuanto salieron de la finca, la llanura nevada, totalmente inundada por el resplandor nocturno, se extendió inmóvil ante ellos brillando como un diamante de reflejos azulados. El primer trineo experimentó una sacudida; otro tanto ocurrió al que guiaba Nikolái y a los siguientes. Y rompiendo el silencio petrificado de la noche, siguieron corriendo en fila.

—¡Huellas de liebre! ¡Hay muchas!— resonó la voz de Natasha en el aire frío e inmóvil.

—¡Qué bien se ve, Nikolái!— dijo Sonia.

Nikolái se inclinó hacia Sonia para ver mejor su rostro: era una cara nueva, graciosa, con bigotes y cejas pintadas, iluminada por la luna, la que emergía próxima y lejana de las pieles de marta.

"Antes era Sonia”, pensó. Y la miró más de cerca, sonriendo.

—¿Decía algo, Nikolái?

—No, nada— y se volvió de nuevo hacia los caballos.

El amplio camino trillado, que los patines de los trineos habían dejado como aceitoso, estaba socavado por huellas de lañas, visibles a la luz de la luna; los mismos caballos tiraban de las riendas y aceleraban el paso. El caballo de la izquierda, con la cabeza doblada, sacudía los tirantes; el caballo de tiro se balanceaba y levantaba las orejas como preguntando: “¿Hay que empezar ya o es pronto todavía?”. Delante, ya lejos, se distinguía, precisa, en medio de la nieve, la negra troika de Zajar, que se alejaba entre el repiqueteo de su pesada campanilla. Se oían los gritos, las risas y las voces de los disfrazados.

—¡Ea, amigos!— gritó Nikolái, tirando de las riendas con una mano y apartando el látigo con la otra.

Sólo por el aire que les azotaba con más fuerza el rostro y por el acelerado galope de los caballos podía advertirse la velocidad a que volaba la troika. Nikolái volvió el rostro. Entre gritos, risas y chasquidos de los látigos, se acercaban los otros trineos. El caballo de tiro, bajo su arco, no acortaba el paso y prometía apretar más cuando fuese necesario.

Nikolái alcanzó al primer trineo; bajaron una cuesta y entraron en un camino trillado, que pasaba por un prado junto al río.

"¿Por dónde vamos? —pensó Nikolái—. Seguramente por el prado Kosoi. Pero no, esto es algo nuevo que nunca he visto. No es ni el prado Kosoi ni la cuesta de Diómkino. ¡Dios sabe qué es! Algo nuevo y mágico. Pero es lo mismo, que sea lo que sea.” Y, gritando a sus caballos, se puso a la altura de la primera troika.