“Ella es así y yo he sido un estúpido”, pensaba mirando los ojos brillantes y la sonrisa exaltada y feliz de la muchacha, nueva para él, que le formaba unos hoyuelos encantadores en las mejillas, encima de los bigotes pintados.
—No tengo miedo a nada— dijo Sonia, —¿puedo ir ahora mismo?
Se levantó. Le explicaron dónde estaba el granero y que debía permanecer silenciosa y escuchar. Le dieron su abrigo; se lo echó sobre la cabeza y miró a Nikolái.
“¡Qué deliciosa es! —se dijo él—. ¿En qué estuve pensando hasta ahora?”
Sonia salió al pasillo para ir al granero y Nikolái se dio prisa en salir al porche de la entrada principal con el pretexto de que hacía demasiado calor. Lo que no dejaba de ser verdad, por el gran número de personas reunidas en la sala.
Fuera seguía haciendo el frío de antes; el aire estaba inmóvil; la luna era la misma, pero había mayor claridad; su luz era tan intensa y arrancaba tantos destellos en la nieve que no se sentían deseos de mirar al firmamento para ver las verdaderas estrellas. El cielo estaba oscuro y desabrido, mientras que en la tierra todo era alegría.
“¡Tonto de mí! ¿Qué estuve esperando hasta ahora?”, seguía diciéndose Nikolái; salió al porche, dio la vuelta a la esquina de la casa por el sendero que conducía a la entrada del servicio. Sabía que Sonia iba a pasar por allí. A mitad del camino, un montón de leña, cubierto de nieve, hacía una sombra; en la otra parte, las ramas enredadas de los tilos viejos y desnudos se proyectaban sobre la nieve. El sendero conducía al granero, cuyas paredes de troncos y cuya techumbre, cubierta de nieve, brillaban bajo la luna como hechas de piedras preciosas. Un árbol crujió en el jardín y de nuevo volvió el silencio; Nikolái no creía respirar aquel aire frío, sino una fuerza eterna, joven y jubilosa.
Alguien descendía taconeando por la escalera de servicio; se oyó el sonoro crujido de la última grada, cubierta de nieve, y la voz de la solterona:
—Siempre derecho, derecho, señorita; por el sendero, pero no mire atrás.
—No tengo miedo— respondió la voz de Sonia; y por el sendero, los pies de Sonia, calzados con finos zapatos, la llevaron hacia Nikolái, haciendo crujir y chirriar la nieve.
Sonia iba envuelta en su abrigo de piel. Estaba ya a dos pasos del joven cuando lo vio. También a ella le parecía distinto del que conocía y al que siempre había tenido cierto temor. Nikolái vestía su disfraz; sus cabellos estaban enredados y sonreía feliz, con una sonrisa nueva para ella. Sonia corrió hacia él.
"Parece otra, pero es siempre la misma”, pensó Nikolái, mirando el rostro de la muchacha, iluminado de lleno por la luna. Pasó sus manos entre las pieles que cubrían la cabeza de Sonia, la abrazó, la estrechó contra su pecho, besó sus labios sombreados por el bigote que olía a corcho quemado. Sonia lo besó en los labios y, desprendiendo sus pequeñas manos, encuadró en ellas sus mejillas.
"¡Sonia...! ¡Nikolái!”, se dijeron.
Se acercaron corriendo al granero y regresaron a la casa, cada uno por un camino diferente.
XII
Cuando llegó el momento de abandonar la casa de Pelagueia Danílovna, Natasha, que siempre se daba cuenta de todo, hizo que Luisa Ivánovna pasase al trineo de Dimmler, y ella pasó también, dejando a Sonia y Nikolái con las muchachas.
Nikolái, sin preocuparse de adelantar a nadie, llevaba el trineo con mesura y de vez en cuando miraba fijamente a Sonia, buscando a través de las cejas y el bigote, a la extraña claridad de la luna, en esa luz que todo lo cambia, la Sonia de otros tiempos y la de ahora, de quien había decidido no separarse ya más. La contemplaba con insistencia; al recordar el olor de corcho quemado mezclado con la sensación de los besos, respiraba a pleno pulmón el aire helado, y, mirando la tierra que iba huyendo a los lados del trineo, y el cielo brillante, de nuevo se sentía transportado a un país de maravilla.
—Sonia, ¿teencuentras bien?— preguntaba de vez en cuando.
—Sí— respondía Sonia, —¿y tú?
A mitad de camino, Nikolái dejó al cochero los caballos y se acercó un momento al trineo de Natasha.
—¡Natasha, escucha! Me he decidido con Sonia— susurró en francés.
—¿Se lo has dicho?— preguntó Natasha, animada y feliz.
—¡Qué rara estás con ese bigote y esas cejas, Natasha! ¿Estás contenta?
—¡Sí, muy contenta, muy contenta! Empezaba a enfadarme contigo. No te lo decía, pero te portabas mal con ella. ¡Tiene un corazón tan hermoso! Estoy muy contenta, Nikolái. A veces soy mala, pero sentía vergüenza de ser feliz y de que Sonia no lo fuera— continuó. —Ahora estoy muy contenta, pero ve, ve con ella.
—¡No, espera! ¡Qué graciosa estás ahora!— dijo Nikolái mirándola fijamente porque también le parecía encontrar algo nuevo en su hermana, una gracia, una ternura que nunca le había visto. —Natasha, es algo mágico, ¿verdad?
—Sí— contestó ella, —has hecho perfectamente.
“Si la hubiera visto antes como es ahora —pensó Nikolái—, le habría preguntado hace mucho qué debía hacer y habría hecho todo lo que ella me ordenara. Todo estaría bien."
—Entonces estás contenta. Y yo hice bien, ¿verdad?
—¡Oh, sí, sí! Has hecho muy bien. No hace mucho que me enfadé con mamá porque decía que ella te quería pescar. ¿Cómo puede decirse semejante cosa? Casi reñí con ella. No permitiré que nadie diga ni piense nada malo de Sonia, porque sólo tiene buenas cualidades.
—Entonces, todo está bien, ¿no?— repitió Nikolái, contemplando de nuevo el rostro de su hermana para comprobar si hablaba de veras; y haciendo crujir la nieve bajo sus botas altas, bajó y corrió hacia su trineo.
El mismo circasiano, feliz y sonriente, con el bigote pintado y ojos brillantes, lo miraba bajo la capucha de la piel con que tocaba su cabeza. Y ese circasiano era Sonia, y esa Sonia sería seguramente su feliz y amante esposa.
Una vez llegados a casa, después de contar a la condesa cómo les había ido en su visita a las Meliúkova, las jóvenes se retiraron a su habitación. Se quitaron los disfraces y, sin limpiarse los bigotes pintados, permanecieron largo rato charlando sobre lo felices que eran. Hablaban de sus vidas una vez casadas, de sus maridos —que, por supuesto, serían buenos amigos— y de la dicha que les aguardaba. En la mesa de Natasha había algunos espejos dispuestos por Duniasha desde la víspera.
—¿Cuándo será todo esto? Temo que nunca... ¡Sería demasiada felicidad!— dijo Natasha, levantándose y acercándose a los espejos.
—Siéntate, Natasha, tal vez lo veas— dijo Sonia.
Natasha encendió una bujía y se sentó.
—Veo a alguien con bigotes— comentó Natasha, contemplando en el espejo su propia cara.
—No hay que reírse de eso, señorita— dijo Duniasha.
Natasha, ayudada por la doncella y Sonia, encontró la posición justa entre los espejos. En su rostro apareció una expresión grave y seria; guardó silencio y así permaneció sentada durante largo rato mirando la serie de velas que se alejaban desde el espejo suponiendo que veía (según los relatos que había oído) bien un ataúd o bien a él, al príncipe Andréi, en aquel último recuadro confuso y vago. Sin embargo, por dispuesta que estuviera a tomar cualquier mancha o sombra por una figura humana o un ataúd, no consiguió ver nada; comenzó a parpadear y se retiró de los espejos.
—¿Por qué los demás ven y yo no veo nada?— dijo. —Bueno, ahora ponte tú, Sonia; hoy tienes que ver por fuerza. Hazlo por mí... ¡Tengo tanto miedo!...
Sonia se sentó delante de los espejos, buscó la posición conveniente y se puso a mirar.
—Sí, Sofía Alexandrovna verá de seguro— susurró Duniasha. —Usted no hace más que reírse.
Sonia oyó esas palabras y las de Natasha, que decía en voz baja: