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Leía todo cuanto caía en sus manos; y leía tanto que en cuanto entraba en su casa, mientras los lacayos lo desvestían, ya tenía un libro en la mano. De la lectura pasaba al sueño y del sueño a la charla en los salones y en el Club, de la charla a la disipación y a las mujeres, y de la disipación de nuevo a las charlas, a la lectura y al vino. La bebida se convertía para él en una necesidad física y moral. Aunque los médicos le decían que, por su corpulencia, el alcohol era peligroso para su salud, no dejaba de beber en exceso. Solamente cuando, sin darse cuenta, vaciaba varios vasos de vino en su amplia boca, conseguía encontrarse bien del todo; sentía, entonces, un grato calor en el cuerpo, ternura hacia todos sus prójimos y la disposición mental de reaccionar superficialmente ante cada idea sin profundizar en ella. Sólo después de haber bebido un par de botellas percibía vagamente que aquel nudo de la vida, tan terrible y complicado, que tanto lo asustara antes, no era en realidad tan temible. Con la cabeza llena de zumbidos, charlando, oyendo las conversaciones de los demás o leyendo después de comer y cenar, no cesaba de ver uno u otro aspecto de ese nudo de la vida. Pero bajo la influencia del vino se decía: “No importa. Lo desataré. La explicación está en mis manos, si bien ahora no tengo tiempo: después pensaré en todo esto”. Y ese despuésno llegaba nunca.

A la mañana siguiente, con el estómago vacío, los mismos problemas volvían insolubles y terribles, y Pierre se daba prisa por coger un libro y se alegraba cuando alguien venía a visitarlo.

A veces recordaba haber oído contar que en la guerra los soldados metidos en una trinchera batida por el enemigo y, por tanto, inactivos, se afanaban por hallar alguna ocupación para soportar mejor el peligro. Ahora, todos los hombres le producían la impresión de ser esos soldados que procuran escaparse de la vida: bien por la ambición, bien por el juego; bien escribiendo leyes; bien con mujeres; bien con juguetes; bien con los caballos, la política, la caza, el vino y los asuntos de Estado. “Nada hay que sea insignificante o importante, todo es igual; lo que importa es escaparse de ella, con tal de no ver esa vida terrible.”

II

A principios del invierno el príncipe Nikolái Andréievich Bolkonski y su hija llegaron a Moscú. Por su pasado, por su inteligencia y originalidad, y debido, sobre todo, a que el entusiasmo por el reinado del emperador Alejandro se había debilitado en aquel entonces, incrementándose el sentimiento antifrancés y patriótico imperante en la sociedad, el príncipe Nikolái Andréievich se convirtió al momento en objeto de un particular respeto por parte de los moscovitas y en el centro de la oposición al gobierno.

El príncipe había envejecido mucho durante ese año. Eran muy evidentes en él las señales de la senilidad: la intempestiva somnolencia, el olvido de acontecimientos recientes y memoria tenaz de los lejanos y la infantil vanidad con que aceptaba la jefatura de la oposición moscovita. Sin embargo, cuando el anciano, especialmente por las tardes, aparecía a la hora del té con su corto abrigo de piel y su peluca empolvada y, provocado por alguien, comenzaba sus relatos sobre el pasado o exponía sus opiniones violentas y duras sobre el presente, excitaba en todos sus visitantes un mismo sentimiento de admiración y respeto. Para quienes visitaban su mansión, aquella casa magnífica con sus grandes espejos y sus muebles de estilo, los criados vestidos de librea y empolvados y, sobre todo, el anciano señor, inteligente y rudo, su dulce hija y la bonita señorita francesa que lo adoraban, constituía un espectáculo grato y majestuoso. Mas los visitantes no pensaban que, además de aquellas dos o tres horas en que veían a los dueños de la casa, había otras veintidós durante las cuales transcurría su vida íntima y secreta.

En los últimos tiempos, en Moscú, esa vida íntima se había hecho muy penosa para la princesa María. Se veía privada en la ciudad de sus dos grandes alegrías: la conversación con los hombres de Dios y la soledad, que tanto la confortaba en Lisie-Gori, sin obtener ninguna ventaja ni alegría de la vida en la capital. No frecuentaban la sociedad; era sabido que su padre no la dejaba salir sin él, y como, a causa de su salud delicada, no podía hacerlo, no se la invitaba ya a veladas ni cenas. La princesa María había abandonado toda esperanza de casarse; no le pasaba por alto la frialdad y hasta la cólera con que el príncipe Nikolái Andréievich recibía y alejaba a los jóvenes que pudieran ser pretendientes y que a veces venían a su casa. No tenía amigas; en aquel viaje a Moscú se había desilusionado de las dos personas que eran las más próximas a ella: mademoiselle Bourienne, con la que ya antes no podía ser franca del todo, le era ahora desagradable y, por ciertas razones, se alejaba cada vez más de ella; Julie, que estaba en Moscú y con la cual había mantenido correspondencia durante cinco años, le resultó completamente ajena cuando tuvo ocasión de tratarla personalmente. Julie, que, tras la muerte de sus hermanos, se había convertido en uno de los partidos más ricos de Moscú, estaba lanzada a la vorágine de los placeres mundanos. Aparecía siempre rodeada de jóvenes que, según pensaba, habían apreciado de pronto todas sus cualidades. Julie había llegado a ese punto de la vida cuando las señoritas de la alta sociedad saben que comienzan a envejecer, que se enfrentan con la última posibilidad de casarse, y que si la suerte no se decide inmediatamente no se decidirá jamás. Cada jueves, la princesa María recordaba con tristeza que ahora no tenía a nadie a quien escribir, porque a Julie, cuya presencia le era ahora tan poco grata, la podía ver cada semana. Como un viejo emigrado que renunció a casarse con la dama a cuyo lado pasara todas las tardes durante varios años, la princesa María sentía que Julie estuviese allí y que no hubiera a nadie a quien escribir. No tenía con quién hablar ni a quién confiar sus penas en Moscú; y las penas habían aumentado mucho últimamente. Se acercaba la fecha del regreso del príncipe Andréi y de su matrimonio, y no sólo no había resuelto la manera de interceder ante su padre sino que cada día le parecía más difícil hacerlo: recordar al príncipe la existencia de la condesa Rostova era lo mismo que encolerizarlo, cuando ya de por sí estaba malhumorado la mayor parte del tiempo. Un nuevo dolor se vino a sumar a las penalidades de la princesa María: las lecciones que daba a su sobrino, entonces de seis años. En sus relaciones con Nikóleñka advertía con horror los mismos impulsos coléricos que su padre. Se repetía una y otra vez que no debía dejarse llevar de la impaciencia al dar clase al sobrino, pero, cada vez que se sentaba con el puntero en la mano para enseñarle el alfabeto francés, sentía tal deseo de comunicar lo más fácil y rápidamente posible sus conocimientos al niño que él comenzaba a sentir miedo de que la tía se enfadase; a la menor distracción suya la princesa María se estremecía, se apresuraba, se encolerizaba, levantaba la voz, lo sacudía a veces del brazo y llegaba a ponerlo en el rincón; después de lo cual, la princesa comenzaba a llorar reconociendo su maldad, la perversidad de su espíritu, y Nikóleñka unía sus lágrimas a las suyas, abandonaba sin permiso el lugar del castigo, se acercaba a la princesa, separaba sus manos del rostro húmedo de lágrimas y la consolaba.