Pero nada resultaba tan penoso para la princesa como la irritabilidad de su padre, dirigida siempre contra ella, y que en los últimos tiempos había llegado a la crueldad. Si la hubiese obligado a hacer genuflexiones toda la noche ante los iconos, si le hubiese pegado u obligado a traer agua y leña, no habría encontrado tan dura su suerte. Pero aquel torturador que la quería, el más cruel, porque la amaba y sufría al hacerla sufrir, sabía herirla y humillarla, y también convencerla de que era ella siempre la culpable de todo. En los últimos tiempos, un nuevo hecho atormentaba más que todo a la princesa: la intimidad creciente entre su padre y mademoiselle Bourienne. La burla lanzada por el príncipe al conocer las intenciones de su hijo de que si éste se casaba él se casaría también con mademoiselle Bourienne parecía haberle agradado, y en los últimos tiempos, con obstinación especial (a la princesa le parecía que sólo para ofenderla), se mostraba muy cariñoso con mademoiselle Bourienne y su descontento con la hija se volvía muestras de amor hacia la francesa.
Un día, en Moscú, en presencia de la princesa María (a quien le pareció que lo hacía a propósito), el viejo príncipe besó la mano de mademoiselle Bourienne y, atrayéndola hacia sí, la abrazó y acarició. La princesa María, ruborizada, salió corriendo de la sala. Unos minutos después, la francesa entraba en la habitación de la princesa María y empezó a contar algo con su voz agradable, su sonrisa y alegría de siempre. La princesa María, enjugándose rápidamente las lágrimas, avanzó con paso resuelto hacia mademoiselle Bourienne y, sin darse cuenta de lo que hacía, con el ímpetu de la cólera y la voz muy alterada, gritó a la francesa:
—Es bajo, innoble e inhumano aprovecharse de la debilidad...— pero no terminó. —¡Salga de mi habitación!— gritó, y rompió en sollozos.
Al día siguiente el príncipe no dijo nada a su hija, pero ésta notó que, en el almuerzo, había ordenado que sirvieran a mademoiselle Bourienne la primera. Al terminar la comida, cuando el mayordomo, según la costumbre de antes, se dispuso a servir el café empezando por la princesa, el príncipe se encolerizó, tiró con rabia su bastón contra Filip y ordenó que lo alistaran como soldado.
—¡No me hace caso nadie!... Lo he repetido dos veces... ¡Es la primera persona de esta casa! ¡Mi mejor amiga!— gritó el anciano. —Y si vuelves a permitirte lo de ayer una sola vez...— gritó encolerizado a su hija, —si pierdes la compostura delante de ella, yo te demostraré quién es el amo en esta casa. ¡Vete! ¡No quiero verte! ¡Pídele perdón!
La princesa María pidió perdón a mademoiselle Bourienne y al padre, para sí y Filip, el mayordomo que suplicaba su intercesión.
En semejantes ocasiones, un sentimiento parecido al orgullo del sacrificio surgía en el alma de la princesa María. Pero si en aquellos momentos su padre, al que ella criticaba, empezaba a buscar sus lentes a tientas, sin verla, o bien olvidaba lo que acababa de suceder; o bien las débiles piernas del anciano daban un paso en falso y se volvía, para ver si alguien había advertido su debilidad; o durante la comida, si no había comensales que lo entretuvieran con sus discusiones, se quedaba amodorrado, dejaba caer la servilleta e inclinaba la cabeza temblorosa sobre el plato. Y entonces la princesa María pensaba: “Es viejo y débil, ¡y yo me atrevo a criticar su conducta!", y sentía desprecio por sí misma.
III
En 1811 vivía en Moscú un médico francés que en muy poco tiempo se había hecho famoso. Era muy alto, muy guapo, agradable como buen francés y, según decían todos, médico de extraordinario valor. Se llamaba Métivier. En la alta sociedad se lo recibía no como a médico, sino como a un igual.
El príncipe Nikolái Andréievich, que se burlaba de la medicina, había recurrido últimamente a sus servicios por consejo de mademoiselle Bourienne y se había acostumbrado a él. Métivier iba a la casa del príncipe dos veces por semana.
El día de San Nikolái, fiesta onomástica del príncipe, todo Moscú acudió a su casa, pero él había dado órdenes de no recibir a nadie a excepción de un contado número de personas cuya lista había entregado a la princesa María.
Métivier, que había acudido por la mañana en su calidad de médico, creyó oportuno forcer la consigne 309, como dijo a la princesa María, y entró en las habitaciones del príncipe. Sucedió que aquella mañana el viejo príncipe pasaba por uno de los días de peor humor. Había estado recorriendo sin cesar la casa, regañando a todos y fingiendo no entender lo que le decían o que no lo entendían a él. La princesa María conocía bien aquel estado de acometividad tranquila y gruñona, que solía terminar en un estallido de cólera, y durante toda la mañana se sentía ante la amenaza de un fusil cargado en espera de un disparo inevitable. La mañana, antes de la llegada del médico, había transcurrido normalmente; después de haber introducido al doctor, la princesa se sentó en la sala con un libro, cerca de la puerta, donde podía oír cuanto sucediera en el despacho de su padre.
Al principio no oyó más que la voz de Métivier; después, la de su padre: y por último, las de ambos, hablando a la vez. Se abrió la puerta y en ella apareció el apuesto y asustado Métivier con su negro mechón de pelo y detrás el príncipe, con gorro de dormir y batín, el rostro desfigurado por la ira y los ojos fuera de las órbitas.
—¿No lo comprendes?— gritó el príncipe. —¡Pues yo sí! ¡Un espía francés!, un esclavo de Bonaparte. ¡Un espía! ¡Fuera de mi casa! ¡Fuera!
Y dio un portazo.
Métivier, encogiéndose de hombros, se acercó a mademoiselle Bourienne, que al oír los gritos había acudido desde la habitación vecina.
—El príncipe no está bien. La bile et le transport 310au cerveau. Tranquillisez-vous, je repasserai demain— dijo, y, llevándose un dedo a los labios, salió presuroso de la estancia.
En el gabinete del príncipe se oían los pasos y los gritos del anciano: "¡Espías! ¡Traidores! ¡En todas partes traidores! ¡Ni en mi casa tengo un momento de tranquilidad!”.
Cuando Métivier se hubo ido, el príncipe llamó a su hija y toda la cólera del viejo cayó sobre la princesa. Ella era la culpable de haber dejado entrar a un espía. Él le había dicho que hiciese una lista y que no dejase entrar a los que no estaban en ella. ¿Por qué había permitido entrar a ese miserable? Ella era la causa de todo, con ella era imposible tener un instante de tranquilidad, no podía morir en paz, decía.
—Sí, querida; hay que separarse, separarse, ¡ya lo sabe!, ¡ya lo sabe! No puedo más— y salió de la habitación; y como si temiera que pudiese consolarse de alguna manera, se volvió hacia ella y, tratando de adoptar un continente tranquilo, añadió: —Y no piense que lo he dicho en un instante de cólera; estoy tranquilo, lo he reflexionado bien y así tiene que ser: ¡hay que separarse! ¡Búsquese otro sitio!
Pero no podía dominarse y, con la cólera que sólo existe en el hombre que ama y sufre, gritó levantando los puños:
—¡Y si hubiese, al menos, algún imbécil que se casara con ella!— dio un portazo, llamó a mademoiselle Bourienne y acabó por tranquilizarse.
A las dos acudieron para la comida los seis elegidos. Eran el conocido conde Rastopchin, el príncipe Lopujin con su sobrino, el general Chatrov, viejo amigo de armas del príncipe; y entre los jóvenes, Pierre y Borís Drubetskói. Todos esperaban al príncipe Bolkonski en el salón.
Borís, que llevaba varios días con permiso en Moscú, deseó ser presentado al príncipe Nikolái Andréievich, y supo ganarse tan bien su benevolencia que el príncipe hizo una excepción a su favor, puesto que no recibía en su casa a ningún joven soltero.
No era la casa del príncipe eso que suele llamarse “la alta sociedad”, pero ser admitido en ese pequeño círculo, aunque de él no se hablase en la ciudad, resultaba sumamente lisonjero. Así lo había comprendido Borís una semana antes, cuando en su presencia el conde Rastopchin dijo al general gobernador que el príncipe lo invitaba a comer el día de San Nikolái y él contestó que no podía acudir.