—Ese día yo lo dedico siempre a venerar las reliquias del príncipe Nikolái Andréievich— dijo Rastopchin.
—¡Ah, sí, sí!— había respondido el general gobernador. —¿Qué tal está?
El pequeño grupo reunido antes de comer en el gran salón a la antigua, con su techo alto y sus viejos muebles, semejaba un tribunal convocado para un acto solemne. Todos guardaban silencio, y cuando hablaban lo hacían en voz baja. El príncipe Nikolái Andréievich se presentó serio y silencioso; la princesa María parecía aún más callada y tímida que de costumbre. Los invitados se dirigían a ella pocas veces, porque la veían ajena a la conversación. El conde Rastopchin era el único que mantenía la conversación, hablando de las últimas novedades políticas y de la ciudad.
Lopujin y el viejo general terciaban de tarde en tarde. El príncipe Nikolái Andréievich escuchaba como escucha un juez supremo un informe que se le hace, dando a entender con su silencio o una frase breve que toma nota de cuanto se le dice. El tono de la conversación demostraba que ninguno de los comensales estaba de acuerdo con la política del momento. Se hablaba de los acontecimientos públicos que confirmaban evidentemente que todo iba de mal en peor. Pero era sorprendente que en cada relato u opinión, el que hablaba se detenía o era detenido cuando estaba a punto de referirse a la persona del Emperador.
Durante la comida la conversación giró en torno a la última noticia política: la toma por Napoleón de las posesiones del duque de Oldenburgo, y a la nota rusa, hostil a Napoleón, enviada a todas las Cortes europeas.
—Bonaparte se porta con Europa como un pirata con una nave conquistada— dijo el conde Rastopchin, repitiendo una frase que ya había dicho varias veces. —Lo único que asombra es la mansedumbre o la ceguera de los soberanos. Ahora se trata nada menos que del Papa; Bonaparte, sin miramiento alguno, pretende derrocar al jefe de la religión católica ¡y todos se callan! Sólo nuestro Emperador ha protestado contra la ocupación de los dominios del duque de Oldenburgo, y aun eso...— el conde Rastopchin se calló, porque llegaba al límite de lo permitido.
—Le han ofrecido otras posesiones en lugar del ducado de Oldenburgo— dijo el príncipe Nikolái Andréievich. —Trata a los duques lo mismo que yo cuando traslado campesinos de Lisie-Gori a Boguchárovo o a mis fincas de Riazán.
—Le duc d'Oldenbourg supporte son malheur avec une force de caractère et una résignation admirables 311— dijo Borís interviniendo respetuosamente en la conversación.
Y lo dijo porque, al salir de San Petersburgo, había tenido el honor de ser presentado al duque. El príncipe Nikolái Andréievich miró al joven, como si fuera a decirle algo, pero debió de pensar que todavía no tenía edad para eso.
—He leído nuestra protesta sobre el asunto de Oldenburgo y me asombra la pésima redacción de la nota— dijo el conde Rastopchin con el tono negligente de quien juzga una cosa que conoce perfectamente.
Pierre lo miró con ingenuo asombro, sin comprender por qué le podía inquietar la mala redacción de esa nota.
—¿Qué importa, conde, la redacción de la nota si su contenido es enérgico?
—Mon cher, avec nos cinq cent mille hommes de troupes il serait facile d'avoir un beau style 312— replicó Rastopchin.
Y Pierre comprendió por qué inquietaba al conde la redacción de la nota.
—Creo que tenemos demasiados escribientes— dijo el viejo príncipe. —Allá, en San Petersburgo, no hacen más que escribir; no sólo notas de protesta, sino también leyes. Mi Andriushaha escrito un volumen entero de leyes para Rusia. ¡Ahora lo único que se hace es escribir!— rió con risa forzada.
La conversación cesó por un momento; el viejo general atrajo la atención con una leve tosecilla.
—¿Ha oído hablar del último incidente en la revista de San Petersburgo? ¿Conocen el comportamiento del nuevo embajador francés?
—¿Cómo? ¡Ah, sí, sí! He oído algo, creo que dijo una inconveniencia en presencia de Su Majestad.
—El Emperador fijó la atención del embajador sobre la división de granaderos, que desfilaba en columna de honor— prosiguió el general, —y parece que él no hizo el menor caso y se permitió decir que en Francia no se daba importancia a semejantes bagatelas. El Emperador no contestó nada, pero se dice que, en la siguiente revista, no se ha dignado dirigirle la palabra.
Todos volvieron a guardar silencio. Sobre un hecho que se refería expresamente al Emperador no se podía emitir juicio alguno.
—¡Son insolentes!— exclamó el príncipe. —¿Conocen a Métivier? Hoy lo he expulsado de mi casa. Lo habían dejado entrar, cuando yo tenía prohibido que recibieran a nadie y el príncipe miró colérico a su hija.
Relató toda la conversación con el médico francés y las razones que lo habían llevado a la convicción de que Métivier era un espía; y aun cuando tales razones resultaban muy poco convincentes y oscuras, nadie objetó nada.
Después del asado se sirvió champaña; los comensales se pusieron en pie y felicitaron al viejo príncipe. También la princesa María se acercó para felicitarlo. Él la miró con frialdad hostil y le ofreció su rugosa y afeitada mejilla para que se la besara. La expresión de su rostro le decía que no olvidaba la conversación de la mañana, que su decisión seguía en pie y que sólo la presencia de los invitados le impedía repetirla.
Cuando llegó la hora del café los señores de edad pasaron a la sala y se sentaron juntos.
El príncipe Nikolái Andréievich se animó y expuso sus opiniones sobre la futura guerra.
Dijo que las guerras de los rusos con Bonaparte serían siempre desgraciadas mientras buscasen alianzas con los alemanes y se mezclaran en los asuntos europeos, a los que los arrastraba la paz de Tilsitt. Los rusos no tendrían que haber intervenido ni a favor ni en contra de Austria. “Nuestra política está toda en Oriente, y con Bonaparte no hay más que una cosa: armar bien la frontera y mantener una política firme; si hacemos eso, jamás se atreverá a cruzar la frontera rusa, como en el año siete.”
—Pero, príncipe, ¿acaso podemos hacer la guerra contra los franceses?— dijo el conde Rastopchin. —¿Podemos ir contra nuestros maestros y dioses? Mire a nuestros jóvenes, a nuestras señoras. Nuestros dioses son los franceses; el paraíso de los rusos es París.
Y levantó la voz, seguramente para que todos lo oyeran.
—Vestidos franceses, ideas francesas, sentimientos franceses. Usted acaba de echar de su casa a Métivier porque es un francés y porque es un miserable; pues nuestras damas se arrastran detrás de él. Ayer asistí a una velada; de cinco damas, tres eran católicas; bordan los domingos, con permiso del Papa, pero eso no impide que se exhiban casi desnudas, con perdón sea dicho, como un anuncio de los baños públicos. Cuando pienso en nuestra juventud, príncipe, me vienen ganas de sacar del museo el viejo garrote de Pedro el Grande y romperles las costillas, a la rusa. ¡Ésa sería la manera de curarles la enfermedad!
Todos callaron; el viejo príncipe miró a Rastopchin con una sonrisa y movió la cabeza en señal de aprobación.
—Bueno, Excelencia, adiós. Cuídese— dijo Rastopchin levantándose y tendiendo la mano al príncipe, con la rapidez de movimientos que lo caracterizaba.
—¡Adiós, querido!... Lo que dice me suena a música... no me canso de escucharlo— y el viejo príncipe, reteniendo su mano, le ofreció la mejilla para que la besara. Los demás invitados se levantaron también.
IV
La princesa María, sentada en la sala, escuchaba los relatos y la conversación de los viejos sin entenderlos. Se preguntaba si los invitados se habían dado cuenta de la hostilidad de su padre hacia ella. Ni siquiera reparó en la especial atención y cortesía que durante la comida le demostraba el joven Drubetskói, que acudía por tercera vez a la casa.