—Querida princesa, aquí le traigo a mi cantarina— dijo el conde, saludando y mirando inquieto en derredor; como si temiera la entrada del viejo príncipe. —¡Estoy tan contento de que ya se conozcan...! ¡Es una pena, una verdadera pena que el príncipe esté delicado!
Y tras algunas otras frases sin importancia, se puso en pie de nuevo.
—Si me lo permite, princesa, dejaré aquí a Natasha un cuarto de hora. Voy a dos pasos de aquí, a la plaza Sobáchkaia, a casa de Anna Semiónovna; después pasaré a recogerla.
Iliá Andréievich había ideado aquella astucia diplomática a fin de proporcionar a la futura cuñada de su hija una ocasión para hablar con ella (como explicó después a Natasha) y evitar la ocasión de encontrarse con el príncipe, a quien temía. No dijo eso a su hija, pero Natasha comprendió el temor y la inquietud de su padre y se ruborizó por él, y, más enfadada todavía por haberse ruborizado, fijó una mirada atrevida y provocadora —que parecía decir que ella no tenía miedo a nadie— en la princesa, quien decía al conde que estaba muy contenta y le rogaba que permaneciera durante mucho tiempo con Anna Semiónovna. Iliá Andréievich salió.
Mademoiselle Bourienne no se retiraba a pesar de las inquietas miradas de la princesa María, que deseaba hablar a solas con Natasha y mantenía la conversación sobre los atractivos de Moscú y sus teatros. Natasha estaba ofendida por la confusión producida en el vestíbulo, la inquietud de su padre y el tono forzado de la princesa, que —según ella— parecía concederle una gracia recibiéndola. Por esa causa todo le era desagradable. No le gustó la princesa María: la encontraba muy fea, afectada y seca. De pronto Natasha se encogió moralmente y, sin darse cuenta, adoptó un tono negligente que la alejaba aún más de la princesa María. A los cinco minutos de conversación penosa y forzada se oyeron unos pasos rápidos, amortiguados por las pantuflas. El rostro de la princesa María palideció de miedo, la puerta de la sala se abrió de golpe y apareció el príncipe con el gorro blanco de dormir y el batín.
—¡Ah, señorita!...— dijo. —Señorita... la condesa Rostova si no me engaño... Le pido excusas... perdóneme..., no sabía... Dios es testigo de que ignoraba que nos había honrado con su visita. ¡Entré así vestido para ver a mi hija!... Perdóneme... sabe Dios que lo ignoraba— repetía falsamente, acentuando la palabra Dios y con un tono de voz tan desagradable que la princesa María, con los ojos bajos, no se atrevía a mirar ni a su padre ni a Natasha.
Natasha, que se había levantado y hacía la reverencia, tampoco sabía qué hacer. Sólo mademoiselle Bourienne sonreía agradablemente.
—Le ruego que me excuse, se lo ruego. Dios es testigo de que no lo sabía— gruñó el viejo, que se retiró después de examinar a Natasha de pies a cabeza.
Mademoiselle Bourienne fue la primera en reaccionar después de la aparición del viejo y se refirió a la mala salud del príncipe. Natasha y la princesa se miraban en silencio, y cuanto más se contemplaban así, sin expresar lo que deberían decirse, mayor era la antipatía que sentían la una por la otra.
Cuando volvió el conde, Natasha mostró sin disimulo su alegría, hasta parecer descortés, y se dio prisa por marchar.
En aquel momento casi odiaba a esa vieja y seca princesa, capaz de ponerla en tan penosa situación y tenerla media hora sin decirle nada del príncipe Andréi. "No podía ser yo la primera en hablar de él delante de esa francesa, pensaba Natasha. Y, mientras tanto, esos mismos pensamientos atormentaban a la princesa María. Sabía lo que debía decirle, pero no podía hacerlo, y no podía por la presencia de mademoiselle Bourienne y porque, sin saber la razón, le resultaba penoso hablar de aquel matrimonio. Cuando el conde hubo salido, la princesa María se acercó con paso rápido a Natasha, tomó sus manos y le dijo suspirando profundamente:
—Espere, necesito...
Natasha miraba a la princesa con aire burlón, cuyo motivo ni ella comprendía.
—Querida Natalie, quiero decirle que me alegro mucho de que mi hermano haya encontrado la felicidad...— la princesa se detuvo, dándose cuenta de que mentía.
Natasha notó su vacilación y adivinó la causa.
—Creo, princesa, que no es oportuno hablar ahora de eso— dijo con aparente dignidad y frialdad mientras las lágrimas afluían a su garganta.
“¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho?”, pensó en cuanto estuvo fuera de la casa.
Aquel día esperaron a Natasha durante mucho tiempo para comer. Se quedó en su habitación y sollozaba como una niña. Sonia estaba a su lado y la besaba en la cabeza.
—¿Por qué lloras, Natasha?— decía. —¿Qué te importan ellos? Todo pasará, querida.
—Si supieses lo doloroso que es... como si yo...
—No digas eso, Natasha, tú no tienes la culpa. Entonces, ¿por qué te preocupas así? Bésame.
Natasha levantó la cabeza, besó a su amiga en los labios y apoyó en su hombro el rostro lleno de lágrimas.
—No sé cómo decirlo..., nadie tiene la culpa. La culpable soy yo— dijo. —¡Me duele tanto! ¡Oh! ¿Por qué no viene él?...
Cuando salió a comer tenía los ojos enrojecidos. María Dmítrievna, que sabía cómo había recibido el príncipe a los Rostov, fingió no darse cuenta del disgusto de Natasha y todo el tiempo bromeó en voz alta con el conde y los demás comensales.
VIII
Aquella noche los Rostov fueron a la Ópera, donde María Dmítrievna les había conseguido un palco.
Natasha no deseaba ir, pero no podía rechazar la gentileza de María Dmítrievna, hecha pensando exclusivamente en ella. Cuando, vestida, entró en la sala para esperar a su padre, se miró en el espejo, se vio muy bella y se sintió más triste todavía, pero con una tristeza lánguida y amorosa.
“Dios mío, si él estuviese aquí, ya no sería como era antes, tonta, tímida, sino que lo abrazaría de un modo nuevo, me apretaría contra él, lo obligaría a mirarme con sus ojos inquisitivos y curiosos, con los que tantas veces me ha mirado, y después lo obligaría a reírse como reía entonces. ¡Cómo veo sus ojos! —pensaba Natasha—. ¿Qué tengo yo que ver con su padre y su hermana? Lo amo a él solo, a él... su rostro, su mirada, su sonrisa de hombre y niño... al mismo tiempo. No, es mejor no pensar: no pensar en nada. Olvidar, olvidarlo todo por el momento. No soportaré más esta espera. Ahora mismo voy a llorar —y se apartó del espejo, haciendo un esfuerzo para contener las lágrimas—. ¿Cómo puede Sonia amar a Nikolái de una manera tan igual y apacible, esperando tanto tiempo con semejante paciencia? —pensó, al ver que Sonia entraba, también engalanada y con un abanico en la mano—. No, ella es totalmente distinta. ¡Yo no puedo!”
Natasha se sentía tan enternecida y lánguida que amar y saberse amada era poco para ella; necesitaba abrazar ahora mismo al hombre amado, decir y oír de sus labios las palabras amorosas que llenaban su corazón. Mientras iba en el coche al lado de su padre y contemplaba pensativa los reflejos de los faroles que desfilaban tras los vidrios cubiertos de hielo, se sintió aún más enamorada y triste, llegó a olvidar con quién estaba y adonde se dirigían. El coche de los Rostov entró en la hilera de vehículos y se acercó lentamente al teatro, entre el crujido de las ruedas sobre la nieve helada. Natasha y Sonia descendieron ágilmente, recogiendo sus faldas; el conde salió ayudado de los criados y, entre las señoras y señores que entraban y los vendedores de programas, los tres se dirigieron al pasillo de los palcos del patio de butacas. Detrás de la puerta entornada se oía ya la música.
—Nathalie, vos cheveux 321— murmuró Sonia.
Un acomodador se deslizó rápido entre las damas y abrió la puerta del palco. Se oyó la música más próxima: las filas de palcos iluminados aparecieron resplandeciendo de señoras con los brazos y los hombros desnudos; el patio de butacas brillaba de uniformes. La señora del palco vecino miró a Natasha con envidia muy femenina. El telón no se había levantado aún; sonaba la obertura. Natasha, componiéndose el vestido, entró con Sonia y se sentó mirando hacia las filas iluminadas de los palcos de enfrente. De un modo agradable y desagradable a un tiempo la dominó la sensación —hacía tiempo no sentida— de que muchos ojos estaban mirando sus brazos y su escote desnudos, lo que suscitó en ella un tumulto de recuerdos, deseos y emociones.