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Natasha y Sonia, ambas encantadoras, y el conde Iliá Andréievich, a quien desde hacía tiempo no se veía en Moscú, atrajeron la atención general. Todos sabían, además, algo del compromiso de Natasha con el príncipe Andréi, sabían que desde entonces los Rostov vivían en el campo; y ésta era la causa de que miraran con mayor curiosidad a la prometida de uno de los mejores partidos de Rusia.

Natasha había embellecido en el campo —como decían todos—, y aquella noche, a causa de la emoción, estaba especialmente atractiva. Llamaba la atención sobre todo por su plenitud de vida y hermosura, unida a la indiferencia hacia cuanto la rodeaba. Sus ojos negros miraban a la gente sin buscar a nadie; su delicado brazo, desnudo por encima del codo, se apoyaba en la barandilla de terciopelo, y su mano se abría y cerraba inconscientemente siguiendo el compás de la obertura y arrugando entre los dedos el programa.

—Mira, ahí está Alénina con su madre— dijo Sonia.

—¡Dios mío! Mijaíl Kirilich ha engordado más aún— observó el conde.

—¡Fíjate qué toca lleva nuestra Anna Mijáilovna!

—También están las Karáguina; Julie y Borís, se ve en seguida que son novios.

—Drubetskói ha pedido su mano, acabo de enterarme — dijo Shinshin, que entraba en el palco.

Natasha volvió los ojos en la dirección que miraba su padre y vio a Julie con un espléndido collar de perlas en torno a su rojo cuello (muy empolvado, como Natasha sabía), sentada con aire feliz junto a su madre.

Detrás de ellas, con el oído pegado a los labios de Julie, aparecía la bella y bien peinada cabeza de Borís. Miraba de reojo el palco de Rostov y, sonriendo, decía algo a su prometida.

"Hablan de nosotras; de mí sobre todo —pensó Natasha—. Y seguramente está aplacando los celos de su novia. Pues se preocupa sin motivo. ¡Si supiesen lo poco que me importan!”

Anna Mijáilovna, con toca verde, el rostro feliz y festivo, sumisa siempre a la voluntad de Dios, estaba sentada detrás de los jóvenes. En su palco reinaba esa atmósfera de noviazgo, que tan bien conocía Natasha y tanto le gustaba. Volvió la cabeza y, de pronto, surgió de nuevo ante ella toda la humillación sufrida durante la visita de la mañana.

"¿Qué derecho tiene a negarme la entrada en su familia? ¡Oh! Es mejor no pensar en eso hasta la vuelta de Andréi”, dijo, y se puso a mirar los rostros conocidos y desconocidos del patio de butacas. Delante de la orquesta, en el centro mismo estaba Dólojov, de espaldas al escenario, con sus rizados y abundantes cabellos peinados hacia atrás. Vestía un traje persa y atraía las miradas de toda la sala, pese a lo cual lo veía desenvuelto e indiferente, como si estuviera en su casa. Lo rodeaban los jóvenes más distinguidos de Moscú, que él evidentemente dirigía.

Riendo, el conde Iliá Andréievich apretó el codo de Sonia, que se había ruborizado, y le indicó a su antiguo cortejador.

—¿Lo reconoces?— dijo. —¿De dónde sale?— preguntó a Shinshin. —Había desaparecido.

—Sí, había desaparecido— respondió Shinshin. —Estuvo en el Cáucaso, huyó de allí y dicen que fue ministro de no sé qué príncipe persa y que mató al hermano del Sha. Y ahora todas las damas de Moscú están locas por éclass="underline" para ellas no hay más que Dolokhoff le Persan. 322Se habla de él, se lo homenajea como se invita a comer. Dólojov y Anatole Kuraguin tienen locas a todas nuestras señoras.

En el palco vecino entró una señora alta y bella, con una enorme trenza, la espalda casi al desnudo y el pecho muy escotado, blanco y turgente. Un doble collar de gruesas perlas adornaba su cuello. Empleó bastante tiempo en acomodarse, haciendo crujir la seda pesada de su vestido.

Natasha, involuntariamente, se quedó mirando el cuello, la espalda, el pecho, las perlas y el peinado, admirando la belleza de la dama. Cuando la miraba por segunda vez, ella se volvió y, viendo a Iliá Andréievich, inclinó la cabeza saludándolo y sonrió. Era la condesa Bezújov, esposa de Pierre. Iliá Andréievich, que conocía a todos, se reclinó en el borde del palco y cambió unas palabras con ella.

—¿Está en Moscú hace mucho, condesa? Iré, iré a besar su mano. Vine por unos asuntos y he traído a mis niñas. Dicen que la Semiónovna canta divinamente. El conde Pierre Kirílovich, ¿está aquí?

—Sí, tenía intención de pasar— dijo Elena Vasílievna, y miró atentamente a Natasha.

El conde Iliá Andréievich volvió a su sitio.

—¿Es bellísima, verdad?— murmuró al oído de su hija.

—¡Una maravilla! No me extraña que se enamoren de ella.

En aquel instante sonaron los últimos acordes de la obertura y el director de orquesta golpeó el atril con la batuta. Los rezagados ocupaban sus puestos en el patio de butacas y se levantó el telón.

Se hizo el silencio en todas partes, los hombres, viejos o jóvenes, los que vestían uniforme y los de frac, todas las señoras escotadas, pero cubiertas de joyas, fijaron con curiosa avidez su atención en el escenario. Natasha miró también hacia allí.

IX

En el centro del escenario había unas tablas rectas y a los lados cartones pintados representaban árboles; al fondo había una tela extendida sobre un bastidor de madera. Varias jóvenes de corpiño rojo y falda blanca estaban sentadas en el centro; otra, muy gruesa, con traje de seda blanca, permanecía aparte, sentada en un banco, tras el cual habían colocado otro cartón verde. Todas cantaban algo; cuando concluyeron, la del banco se acercó a la concha del apuntador. Le salió al encuentro un hombre vestido con calzón de seda blanca que ceñía sus gruesas piernas, con un penacho en el sombrero y un puñal, y se puso a cantar moviendo mucho los brazos.

El hombre de los calzones ceñidos cantó solo; después cantó ella. Callaron los dos y la música volvió a comenzar: el hombre tomó la mano de la joven del vestido blanco, en espera del compás de entrada para cantar juntos. Cantaron los dos y los espectadores aplaudieron y gritaron con entusiasmo, mientras que el hombre y la mujer, que en escena representaban a unos enamorados, sonreían y saludaban abriendo los brazos.

Recién venida del campo, y en el extraño estado de ánimo en que se encontraba, todo aquello le pareció a Natasha absurdo y grotesco. No podía seguir el desarrollo de la ópera, ni siquiera oír la música; veía sólo cartones pintados, hombres y mujeres extrañamente vestidos, que bajo una luz muy intensa se movían, hablaban y cantaban de manera rara. Sabía lo que eso debía representar, pero todo era tan falso, tan poco natural, que unas veces se avergonzaba por los actores y otras veces le parecían ridículos. Miraba en derredor los rostros de los espectadores, buscando en ellos ese mismo sentimiento de ironía y asombro que sentía en sí, pero todas las caras denotaban atención por lo que sucedía en la escena y expresaban una admiración que a Natasha le parecía ficticia. “Probablemente debe de ser así”, se dijo. Miraba sucesivamente las filas de cabezas bien peinadas en el patio de butacas, los escotes de las mujeres en los palcos y, sobre todo, a su vecina, Elena, que, muy escotada, con su eterna sonrisa, no quitaba los ojos del escenario. Natasha sentía la luz clara que llenaba la sala y el ambiente caldeado por la multitud. Poco a poco fue sumiéndose en un estado de abstracción que hacía tiempo no experimentaba. Ya no recordaba quién era, dónde estaba ni qué ocurría a su alrededor. Miraba a todos y pensaba; por su mente desfilaban, sin relación alguna entre sí, las ideas más extrañas e inesperadas: ya se le ocurría saltar al proscenio y cantar el aria de la soprano; ya deseaba tocar con su abanico a un viejecillo sentado cerca de ella; o bien inclinarse hacia Elena y hacerle cosquillas.