Anatole abandonó en seguida a su mujer y, gracias al dinero que prometiera enviar a su suegro, se reservó el derecho de hacerse pasar por soltero.
Se mostraba siempre contento de su situación, de sí mismo y de los demás. Instintivamente, con todo su ser, estaba convencido de que no se podía vivir de manera diferente de como él vivía, y de que nunca en su vida había hecho algo malo. Era incapaz de pensar en lo que otros pudieran decir de sus actos ni en las consecuencias que esos actos pudieran acarrear a los demás. Estaba convencido de que así como el pato, por su naturaleza, tiene que vivir en el agua, él había sido creado por Dios de tal manera que necesitaba treinta mil rublos cada año y la más brillante posición en la sociedad. Y estaba tan persuadido de ello que los demás, viéndolo, se convencían de que así era y no le negaban ni el derecho al puesto preeminente ni el dinero, que pedía prestado a diestro y siniestro, sin pensar, desde luego, en restituirlo. No era jugador; es decir, por lo menos no perseguía la ganancia; no era vanidoso ni le preocupaba mínimamente lo que de él pensaran; aún menos podía tachárselo de ambicioso.
En más de una ocasión había causado serias inquietudes a sus padres con su despreocupación por hacer carrera y su desprecio por todos los honores. No era tacaño ni negaba ayuda a quien se la pidiera. Las únicas cosas que amaba eran las diversiones y las mujeres; y como, según su juicio, ninguna de esas cosas nada tenía de innoble, y como era incapaz de pensar en el daño que la satisfacción de sus deseos podía ocasionar a otras personas, se consideraba un hombre irreprochable, despreciaba sinceramente a los miserables y malvados y, con la conciencia tranquila, caminaba con la cabeza alta.
Entre los juerguistas, entre los “hombres magdalenas", existe el secreto sentimiento de su inocencia, basado, como en las mujeres magdalenas, en esa misma esperanza del perdón. “A ella se le perdonará todo, porque ha amado mucho, y a él se le perdonará todo porque se ha divertido mucho.”
Dólojov, que reaparecía aquel año en Moscú después de su destierro y sus aventuras en Persia y que llevaba la vida lujosa del juego y la disipación, intimó con su viejo camarada Kuraguin y se aprovechó de él para sus fines.
Anatole quería sinceramente a Dólojov por su inteligencia y su valor. Dólojov precisaba del nombre, de la posición social y de las relaciones de Anatole Kuraguin para atraer a la mesa de juego a los jóvenes ricos, pero no se lo daba a entender; se divertía con Kuraguin y se aprovechaba de él. Además del cálculo que intervenía en sus relaciones con Anatole, el hecho de dirigir la voluntad de otro era para él un placer, una costumbre y una necesidad.
Natasha había impresionado vivamente a Kuraguin. Durante la cena, después del teatro, explicó a Dólojov, como gran conocedor del tema, el encanto de sus brazos, su cuello, sus pies y su cabello, y declaró su intención de hacerle la corte. Anatole no podía reflexionar ni saber cuál sería el resultado de ese cortejo, lo mismo que no podía reflexionar ni saber cuáles serían las consecuencias de cada uno de sus actos.
—Sí que es guapa, hermano, pero no es para nosotros— dijo Dólojov.
—Diré a mi hermana que la invite a comer. ¿Qué te parece?
—Espera mejor a que se case...
—Ya sabes que j'adore les petites filles. 325Además, pierden en seguida la cabeza— dijo Anatole.
—Ya te han pescado una vez con una petite fille— observó Dólojov, que conocía el matrimonio de Kuraguin. —Ándate con ojo.
—Pero eso no puede ocurrir dos veces, ¿eh?— rió satisfecho Anatole.
XII
Al día siguiente de haber ido al teatro, los Rostov no salieron de casa, ni nadie vino a visitarlos. A escondidas de Natasha, María Dmítrievna habló con el conde. Natasha adivinó que hablaban del viejo príncipe Bolkonski y que tramaban algo; eso la inquietó y ofendió a la vez. A cada momento esperaba al príncipe Andréi, y, por dos veces en aquel día, envió al portero a Vozendvízhenka para informarse. Pero no había llegado y ella se sentía peor que durante los primeros días de su regreso a Moscú. A esta impaciencia y tristeza se añadía el desagradable recuerdo de la entrevista con la princesa María y el viejo príncipe, y miedo y también desasosiego cuya causa no se explicaba. Le parecía que Andréi no iba a volver más o que antes de su regreso a ella le iba a ocurrir algo. Ya no podía como antes pensar en él tranquilamente, a solas, durante largos ratos; al momento acudía a su memoria el recuerdo del viejo príncipe, de la princesa, del teatro y de Kuraguin. De nuevo se preguntaba si no era culpable, si no había faltado a su fidelidad al príncipe Andréi; analizaba detalladamente cada palabra, cada gesto, cada matiz de lo dicho por aquel hombre que había despertado en ella un sentimiento incomprensible y turbador. Ante sus familiares Natasha parecía más animada que de costumbre, pero en su interior estaba muy lejos de la serena felicidad de antes.
El domingo por la mañana, María Dmítrievna invitó a sus huéspedes a oír misa en su parroquia, en la iglesia de la Asunción.
—No me gustan las iglesias que están de moda— decía orgullosa, al parecer, de su independencia. —Dios es el mismo en todas partes. Nuestro pope es muy bueno y oficia dignamente, lo mismo que el diácono. ¿Acaso la santidad depende de que canten mejor o peor en el coro? No me gustan esas cosas, no son más que frivolidades.
A María Dmítrievna le gustaban los domingos y sabía festejarlos. El sábado se hacía limpieza general de la casa y el domingo, lo mismo ella que los criados, no trabajaban, vestían trajes de fiesta y todos acudían a misa. Se añadía algún plato a la mesa de los señores, y al servicio se le daba vodka y asado de pato o de cochinillo; pero nada reflejaba tanto la festividad como el propio rostro de María Dmítrievna, ancho y severo, que asumía ese día una expresión invariable de solemnidad.
Cuando después de la misa tomaron el café en la sala, de cuyos muebles se habían quitado las fundas, avisaron a la dueña de la casa que el coche estaba dispuesto; María Dmítrievna, con gesto grave, echándose sobre los hombros el chal de las fiestas que usaba para ir de visita, se levantó y dijo que iba a visitar al príncipe Nikolái Andréievich Bolkonski, a fin de tener con él una explicación a propósito de Natasha.
Después de salir María Dmítrievna, llegó una oficiala de Mme Aubert-Chalmet, y Natasha, muy satisfecha de tener una distracción, se encerró en una pieza vecina a la sala para probarse los vestidos nuevos. Mientras se ponía un corpiño aún hilvanado y sin mangas y se miraba al espejo volviendo la cabeza para ver cómo le sentaba la espalda, oyó en el salón las animadas voces de su padre y de una mujer, cuyo recuerdo la hizo ruborizarse; era la voz de Elena. Sin darle tiempo para quitarse el corpiño, se abrió la puerta y, con una deslumbrante sonrisa benevolente y tierna, entró en la habitación la condesa Bezújov, que vestía un hermoso traje de terciopelo violeta y alto cuello.
—Ah! ma délicieuse! Charmante! 326— dijo a Natasha, que se puso muy colorada. —Es imperdonable, mi querido conde— dijo, volviéndose a Iliá Andréievich, que entraba detrás, —eso de vivir en Moscú y no dejarse ver en ningún sitio. No, no se lo permitiré. Esta noche mademoiselle Georges va a declamar en mi casa, se reunirá un grupo de amigos, y si no lleva a sus dos bellas jóvenes, que son mejores que mademoiselle Georges, me enemistaré con usted. Mi marido no está aquí; se ha ido a Tver; si no, le habría dicho que viniera a buscarlos. Pero vengan sin falta de todos modos. Los espero a las nueve.