Выбрать главу

—Bueno, adiós, Matriosha— dijo Anatole dándole un beso. —Se acabaron las bromas. Despídeme de Stiopka. ¡Ea, adiós! ¡Adiós, Matriosha, deséame buena suerte!

—Que Dios te haga muy feliz, príncipe, mucha suerte— dijo Matriosha con su acento zíngaro.

En el porche había dos troikas, que guardaban dos mozos; Balaga se sentó en la primera y alzando los codos arregló las riendas con calma. Anatole y Dólojov se acomodaron con él; Makarin, Jvóstikov y los dos criados se instalaron en la otra.

—¿Estamos?— preguntó Balaga. —¡Adelante, en marcha!— gritó, enrollándose las riendas en la mano.

La troika salió volando hacia el bulevar Nikitski.

—¡Eh, br, br!, ¡eh! ¡Fuera!— gritaban Balaga y el mozo que iba a su lado. Al llegar a la plaza de Arbat, la troika se precipitó sobre un carruaje; se oyó un ruido seco y un grito; pero Balaga siguió calle de Arbat arriba. Dieron dos vueltas por Podnovinski, tras lo cual Balaga moderó la carrera de sus caballos y los frenó en la esquina de Stáraia Koniúshennaia.

El mozo que iba con Balaga saltó para sujetar de la brida a los caballos. Anatole y Dólojov también descendieron. Al llegar a la puerta Dólojov dio un silbido. Respondió otro silbido y a continuación apareció la doncella:

—Entren en el patio; aquí pueden verlos. Ahora saldrá.

Dólojov se quedó junto al portalón; Anatole siguió a la doncella hacia el patio, dio la vuelta a la esquina y subió al porche. Gavrilo, el gigantesco criado de María Dmítrievna, salió a su encuentro.

—Lo espera la señora— dijo en voz baja, cerrándole el paso.

—¿Qué señora? ¿Quién eres tú?— preguntó Anatole con voz sofocada y susurrante.

—Le ruego que me siga; tengo órdenes de hacerlo entrar.

En aquel instante se oyó la voz de Dólojov, que gritaba:

—¡Kuraguin! ¡Atrás! ¡Traición! ¡Atrás!

Dólojov, junto a la cancela, forcejeaba con el portero, que intentaba cerrar la puerta a espaldas de Kuraguin. Haciendo un último esfuerzo, rechazó al portero, y cogiendo por el brazo a Anatole, corrió con él a la troika.

XVIII

María Dmítrievna, al encontrar a Sonia en el pasillo anegada en lágrimas, la obligó a contarlo todo. Después de leer la nota de Natasha, María Dmítrievna entró en su habitación.

—¡Miserable! ¡Desvergonzada!— gritó. —¡No quiero oírte!— y rechazando a Natasha, que la miraba con ojos atónitos y secos, la encerró en su habitación con llave y ordenó al portero que dejara abierta la entrada a las personas que vendrían aquella noche; pero que no las dejara salir. Mandó a Gavrilo que hiciera pasar a esas personas en cuanto hubiesen llegado. Y se sentó en la sala a la espera de los raptores.

Cuando Gavrilo anunció a su señora que las personas que esperaba habían huido, María Dmítrievna, con gesto sombrío y malhumorado, se puso a caminar por la estancia, con las manos a la espalda, reflexionando en lo que debía hacer. Hacia la medianoche buscó la llave en su bolsillo y se dirigió a la habitación de Natasha. Sonia, sentada en el pasillo, seguía sollozando.

—“Por Dios, María Dmítrievna, déjeme entrar a verla— suplicó.

Sin contestar, María Dmítrievna abrió la puerta y entró. “Infame, miserable chiquilla, y en mi casa... Su padre es el que me da lástima —pensaba María Dmítrievna tratando de calmarse—. Por difícil que sea, haré lo posible para que no se entere el conde; ordenaré a todos que guarden silencio.” María Dmítrievna entró con paso resuelto. Natasha, inmóvil, seguía echada en el diván, con la cabeza entre las manos en la misma posición en que la había dejado María Dmítrievna.

—¡Vaya con la niña buena! ¡Citar a tus amantes en mi casa! Basta ya de fingir... ¡Escúchame cuando te hablo!— María Dmítrievna la tocó en el brazo. —Escucha cuando yo te hablo. Te has cubierto de vergüenza como la última mujerzuela. Ya te arreglaría yo las cuentas, pero me da lástima tu padre. Lo ocultaré.

Natasha seguía sin moverse; pero todo su cuerpo fue sacudido por sollozos silenciosos y convulsos, que la sofocaban. María Dmítrievna miró a Sonia y se sentó en el diván, al lado de Natasha.

—Puedes dar gracias a que ha escapado, pero lo encontraré— dijo con su voz ruda. —¿Oyes lo que te digo?— introdujo una de sus grandes manos bajo el rostro de Natasha y lo volvió hacia sí. Tanto María Dmítrievna como Sonia quedaron asustadas al ver aquel rostro. Tenía los ojos brillantes y secos, los labios apretados y las mejillas hundidas.

—Déjenme... yo... a mí... a mí... yo... moriré— dijo, desasiéndose con gesto airado de María Dmítrievna y volviendo a su anterior posición.

—¡Natalia!— dijo María Dmítrievna. —Tú sabes que deseo tu bien. Quédate como estás, quédate así, que no te tocaré... Pero escucha; no tengo que decirte lo culpable que eres, tú misma lo sabes. Tu padre llega mañana... ¿Qué voy a decirle?

De nuevo los sollozos sacudieron el cuerpo de Natasha.

—Se enterará tu padre, tu hermano, tu novio.

—No tengo novio. He roto con él— gritó Natasha.

—Es lo mismo— continuó María Dmítrievna. —Se enterarán, ¿y crees que van a dejar así las cosas? Conozco a tu padre; lo desafiará a un duelo. Bonita cosa, ¿eh?

—¡Ah, déjenme! ¿Por qué lo han impedido? ¿Por qué? ¿Quién les pidió que se metieran en esto?— gritó Natasha, incorporándose y mirando colérica a María Dmítrievna.

—Pero, ¿qué querías que hiciéramos?— levantó María Dmítrievna la voz, exaltándose de nuevo. —¡Vaya! ¿Es que te hemos tenido encerrada alguna vez? ¿Quién impedía a ese hombre venir a casa a verte? ¿Por qué iba a raptarte como a una gitana cualquiera? Y si te hubiera raptado, ¿crees que no lo iban a encontrar? Tu padre, tu hermano, tu novio. ¡Ese hombre es un miserable, un canalla, eso es!

—¡Vale más que todos ustedes!— gritó Natasha incorporándose. —Si no lo hubieran impedido... ¡Oh, Dios mío! ¡Sonia! ¿Por qué, por qué? ¡Márchense ya!— y sollozó con la desesperación del que llora por un mal del que se sabe culpable.

María Dmítrievna quiso hablar, pero Natasha gritó:

—¡Márchense! ¡Márchense de una vez! ¡Todos me odian, me desprecian!

Y volvió a arrojarse sobre el diván. María Dmítrievna siguió hablándole algún tiempo, tratando de convencerla de que había que ocultar al conde lo sucedido, de que nadie se enteraría de nada si ella hacía por olvidarlo todo y hacer ver a los demás que nada había sucedido. Natasha no contestaba; había dejado de sollozar, pero toda ella temblaba, sacudida por escalofríos. María Dmítrievna le puso una almohada bajo la cabeza, la cubrió con dos mantas y le trajo un poco de tila, pero Natasha no se movió.

—Bueno, que duerma— dijo María Dmítrievna abandonando la estancia y creyendo que se había adormecido.

Pero ella no dormía; miraba sin ver, con unos ojos que parecían escaparse de su pálido rostro. Siguió insomne durante toda la noche, sin llorar y sin hablar a Sonia, que se levantó varias veces para ver cómo seguía.

Al día siguiente, a la hora del desayuno, el conde Iliá Andréievich llegó de su hacienda. Estaba muy contento, había llegado a un buen acuerdo con el comprador de la finca y ya nada lo retenía en Moscú; podía volver junto a su esposa, a quien echaba mucho de menos. María Dmítrievna lo recibió y le dijo que Natasha se había puesto enferma la víspera y que había hecho llamar a un médico, aunque ahora estaba mejor.

Aquella mañana Natasha no salió de su habitación. Apretados los agrietados labios, secos los ojos, miraba inquieta y atentamente a cuantos pasaban por la calle y se volvía presurosa si alguien entraba en la habitación con andares masculinos. Era evidente que esperaba noticias de Anatole o que viniese él mismo.

Cuando el conde entró, se volvió sobresaltada y su rostro adquirió de nuevo una expresión fría y hasta colérica. No se levantó siquiera para salir a su encuentro.

—¿Qué te pasa, ángel mío? ¿Estás enferma?— preguntó el conde.