—Natasha se empeña en ver al conde Piotr Kirílovich— dijo.
—Pero ¿cómo va a ir a su habitación? Allí todo está en desorden— dijo María Dmítrievna.
—Natasha se ha vestido y está en el salón— explicó Sonia.
María Dmítrievna se encogió de hombros.
—¿Cuándo va a llegar la condesa? Estoy que no puedo más. Ten cuidado de no decírselo todo— dijo a Pierre. —Da tanta lástima verla, tanta lástima que ni yo misma me siento con ánimos para reprenderla.
Natasha, pálida y delgada, con expresión seria (y no avergonzada, como esperaba Pierre), se hallaba de pie en medio del salón. Al aparecer Pierre vaciló un poco, dudando si debía acercarse a él o esperar.
Pierre se acercó rápidamente. Creyó que Natasha le tendería la mano, como hacía siempre, pero ella permaneció inmóvil respirando con fatiga, en la misma postura en que solía colocarse para cantar, aunque su expresión era ahora muy distinta.
—Piotr Kirílovich— empezó rápidamente, —el príncipe Bolkonski era, es decir, es amigo suyo— rectificó (le parecía que todo había pasado; que todo era distinto). —Entonces me dijo que me dirigiera a usted...
Pierre resopló, mirándola en silencio. Hasta aquel entonces la reprochaba en su fuero interno y había procurado despreciarla; pero ahora sentía tanta lástima por ella que en su ánimo no quedó lugar para los reproches.
—Ahora él está aquí, dígale... que... que me perdone... me perdone.
Natasha se detuvo; su respiración se hizo más rápida, pero no lloró.
—Sí, se lo diré... pero...— Pierre no sabía qué decir.
Natasha pareció asustarse de lo que pudiera pensar Pierre.
—No, sé muy bien que todo ha terminado— dijo presurosa. —Lo pasado no puede volver jamás. Únicamente me atormenta el daño que le hice. Dígale tan sólo que me perdone, que me perdone, que me perdone por todo...
Su cuerpo se estremeció y se dejó caer en una silla.
Un sentimiento de compasión nunca experimentado antes se apoderó de Pierre.
—Se lo diré, se lo diré todo una vez más...— dijo. —Sólo... querría saber...
"¿Saber qué?", preguntaron los ojos de Natasha.
—Querría saber si amaba...— Pierre no sabía cómo nombrar a Anatole y enrojeció al pensar en él, —si amaba a esa mala persona.
—No lo llame mala persona— dijo Natasha. —Pero yo no sé... yo no sé nada...
Y se echó a llorar.
El sentimiento de compasión, ternura y amor se apoderó por completo de Pierre. Notó que unas lágrimas se deslizaban bajo sus lentes y confiaba en que no se notarían.
—No hablemos más, amiga mía— su voz dulce, tierna y sentida sorprendió a Natasha. —No hablemos más de eso. Se lo diré todo; sólo le pido que vea en mí a un amigo, y si necesita ayuda, consejo o, simplemente, si tiene necesidad de desahogarse con alguien, no ahora, sino cuando se tranquilice, acuérdese de mí.
Pierre besó la mano de la joven.
—Me consideraré feliz si alguna vez puedo...
Pierre se turbó.
—No me hable así, no lo merezco— exclamó Natasha. Y quiso salir, pero Pierre la retuvo del brazo. Sabía que algo más debía decirle, pero cuando lo dijo se asombró de sus propias palabras.
—Basta, basta, tiene toda la vida por delante.
—¿Yo? ¡No! Para mí todo ha terminado— dijo con un sentimiento de vergüenza y humillación.
—¿Que todo ha terminado?— repitió Pierre. —Si yo no fuese yo, sino el hombre más guapo, más inteligente y mejor del mundo, y si fuera libre, ahora mismo, de rodillas, pediría su mano y su amor.
Natasha, por primera vez después de muchos días, lloró de agradecimiento y emoción; miró a Pierre y salió de la habitación.
Pierre pasó casi corriendo a la antesala, tratando de contener las lágrimas de ternura y felicidad que lo sofocaban. Tardó bastante en encontrar las mangas del abrigo hasta que se lo puso, y montó en el trineo.
—¿Adonde ordena ir?— preguntó el cochero.
“¿Adonde? —se dijo Pierre—. ¿Dónde puedo ir ahora? ¿Al Club, o de visita?" Todos los hombres le parecían ahora dignos de lástima, tan pobres, en comparación con el sentimiento de ternura y amor que lo embargaba, y sobre todo con la última mirada agradecida y emocionada que Natasha le había dirigido a través de sus lágrimas.
—¡A casa!— dijo. Y a pesar de los diez grados bajo cero, se desabrochó el abrigo de piel de oso, dejando al descubierto su ancho pecho, que respiraba alegremente.
El aire era frío y límpido. Sobre las calles sucias y mal iluminadas, sobre los negros tejados, se extendía un cielo oscuro y estrellado. Sólo al mirar aquel cielo dejaba Pierre de sentir la ofensiva bajeza de las cosas terrenas comparadas con la altura a que se encontraba su espíritu. Al llegar a la plaza de Arbat, sus ojos contemplaron, más amplia aún, la enorme extensión del cielo estrellado y oscuro. Casi en el centro de aquel cielo, sobre el bulevar Prechitenski, sembrado de estrellas, se destacaba entre todas ellas por su proximidad a la Tierra, su luz más blanca y su larga cola vuelta hacia arriba, un corneta enorme y brillante, el famoso cometa de 1812, que, según se decía, anunciaba grandes catástrofes y el fin del mundo. Mas, para Pierre, aquel luminoso astro, con su larga y radiante cola, no despertaba ningún sentimiento de temor. Por el contrario, miraba alegremente con ojos húmedos de lágrimas aquella estrella luminosa que después de recorrer a velocidad increíble espacios inconmensurables, siguiendo una línea parabólica, se hubiera detenido —como flecha clavada en la tierra— en un lugar por ella elegido en el negro cielo; allí se detuvo, alzó enérgicamente la cola, luciendo y jugueteando con su blanca luz entre infinitas estrellas centelleantes.
LIBRO TERCERO
Primera parte
I
A finales del año 1811 comenzó el armamento intensivo y la concentración de fuerzas de la Europa occidental. En 1812, esas fuerzas —millones de hombres, contando los encargados de transportar y aprovisionar a los ejércitos— avanzaron de oeste a este, en dirección a la frontera rusa, hacia donde, también desde 1811, acudían igualmente las tropas del Zar. El 12 de junio los ejércitos de la Europa occidental cruzaron las fronteras de Rusia y la guerra comenzó; es decir, se produjo un acontecimiento contrario a la razón y a toda la naturaleza humana. Millones de hombres de uno y otro bando cometieron una cantidad tan enorme de crímenes, engaños, traiciones, robos, falsificaciones de billetes y su puesta en práctica, saqueos, incendios y matanzas que la historia de todos los tribunales del mundo no reuniría en el transcurso de varios siglos; y, sin embargo, la gente que los cometía no llegaba a considerarlos delitos.
¿Qué motivó tan extraordinario suceso? ¿Cuáles fueron sus causas? Los historiadores, con ingenua convicción, aseguran que las causas fueron: la ofensa inferida al duque de Oldenburgo, el fracaso del bloqueo continental, la ambición de Napoleón, la firmeza de Alejandro, los errores de los diplomáticos, etcétera.
Por consiguiente habría bastado con que Metternich, Rumiántsev o Talleyrand, entre una velada o una recepción cualquiera, se hubiesen esforzado en redactar lo mejor posible un documento compuesto en hábiles términos o bien que Napoleón escribiera a Alejandro: “ Monsieur mon frère je consens a rendre le duché au duc d’Oldenbourg” 336, para que la guerra no hubiese estallado.
Se comprende que los acontecimientos se vieran de esa manera por los contemporáneos; se comprende que Napoleón considerase que la verdadera causa de la guerra radicaba en las intrigas de Inglaterra (como escribió en Santa Elena); se comprende que los miembros de la Cámara inglesa atribuyesen la guerra a las ambiciones napoleónicas; que el duque de Oldenburgo la viera en la violencia cometida contra él; los comerciantes, en el bloqueo continental que arruinaba a Europa; los soldados veteranos y generales, en la perentoria necesidad de proporcionarles trabajo; los legitimistas de aquel tiempo, en la necesidad de restablecer les bons principes 337; y los diplomáticos de entonces, en el hecho de que la alianza de 1809 entre Rusia y Austria no se había ocultado hábilmente a Napoleón y que el memorándum núm. 178 estaba mal redactado. Se comprende que estas causas y otras muchas, cuyo número varía según los diferentes puntos de vista, parecieran verdaderas a los contemporáneos. Pero a nosotros, sus descendientes, que juzgamos en toda su magnitud el terrible acontecimiento, que estamos en condiciones de entender su simple y terrible sentido, las causas expuestas no nos parecen suficientes. No podemos comprender la razón de que millones de cristianos se matasen y torturasen unos a otros por la razón de que Napoleón fuera ambicioso, o Alejandro firme, o astuta la política inglesa, o, en fin, por la ofensa inferida al duque de Oldenburgo. No entendemos qué nexo pueda haber entre esas circunstancias y el asesinato y la violencia; ni por qué la ofensa de que se hizo objeto al duque de Oldenburgo tuviese suficiente fuerza para que miles y miles de hombres, desde el otro extremo de Europa, fuesen a matar y arruinar a los habitantes de las provincias de Smolensk y Moscú y perecer, a su vez, a manos de ellos.