Y comenzó a preguntar por el gran duque y su salud, recordando los tiempos alegres y felices que había pasado con él en Nápoles. Después, de modo inesperado, como acordándose de nuevo de su dignidad real, Murat se irguió con solemnidad, tomó la postura que había ostentado durante su coronación y, agitando la mano derecha, dijo:
—Je ne vous retiens plus, général; je souhaite le succès de votre mission. 351
Y dejando flotar en el aire su bordada capa roja y sus plumas y luciendo sus joyas, se unió al séquito que lo esperaba respetuosamente.
Bálashov siguió adelante, persuadido, según las palabras de Murat, de que lo conducirían en seguida ante Napoleón. Pero no ocurrió así: los centinelas del cuerpo de infantería de Davout lo detuvieron de nuevo a la entrada de la próxima aldea y un ayudante del jefe del cuerpo, llamado al efecto, lo condujo a la aldea donde estaba el mariscal Davout.
V
Davout era el Arakchéiev del emperador Napoleón, un Arakchéiev no cobarde, buen cumplidor y cruel como el otro, que sólo de ese modo sabía poner de manifiesto su lealtad al Emperador.
Semejantes hombres son necesarios en el organismo estatal como lo son los lobos en el organismo de la naturaleza; existen siempre, siempre aparecen y se mantienen a pesar de la anomalía que supone su presencia y su proximidad al jefe del Estado. Sólo esa necesidad puede explicar que un Arakchéiev, hombre nada cortesano, grosero e ignorante, cruel hasta el punto de arrancarle personalmente los bigotes a los granaderos y que por debilidad de sus nervios era incapaz de soportar el menor peligro, lograra tamaña influencia sobre Alejandro, caballeroso, noble y sensible.
Bálashov encontró al mariscal Davout en el cobertizo de una isba campesina, sentado en un pequeño barril, comprobando unas cuentas. A su lado, de pie, había un ayudante de campo. Indudablemente, podía haber encontrado mejor alojamiento, pero el mariscal Davout era uno de esos hombres que, a propósito, procuraban vivir en las peores condiciones para conservar el derecho a ser sombríos; idéntico motivo los mantiene siempre presurosos y ocupados. "¿Cómo voy a pensar en las cosas agradables de la vida cuando trabajo, ya lo ve, en un cobertizo sucio, sentado en un barril?", parecía decir la expresión de su rostro. El mayor placer y la única necesidad de ese tipo de hombres, cuando se enfrentan con alguien de vida animada, consiste en echarle en cara su propia actividad sobria y perseverante. Davout se proporcionó este placer cuando se presentó Bálashov. Se enfrascó aún más en su trabajo y miró a través de sus lentes el rostro del general ruso, animado por la excelente mañana y la conversación con Murat; no se levantó ni hizo siquiera el menor movimiento; frunció aún más duramente el ceño y sonrió agriamente.
Al observar en el rostro de Bálashov la desagradable impresión que aquella acogida le producía, levantó la cabeza y preguntó con frialdad qué deseaba.
Bálashov, suponiendo que tal recibimiento se debía tan sólo a que ignoraba su calidad de general ayudante de campo del emperador Alejandro y aun de representante suyo ante Napoleón, se apresuró a informarlo de quién era. Pero contrariamente a lo que esperaba, Davout se manifestó aún más hosco y grosero después de haberlo escuchado.
—¿Dónde está el pliego?— dijo. —Donnez-le-moi, je l'enverrai à l'Empereur. 352
Bálashov contestó que tenía órdenes de entregarlo personalmente al Emperador.
—Las órdenes de su Emperador se cumplen en su ejército; aquí debe hacer lo que se le diga— dijo Davout.
Y, para dar a entender mejor al general ruso que estaba a merced de la fuerza bruta, Davout envió al ayudante en busca del oficial de servicio.
Bálashov sacó el pliego que contenía el mensaje imperial y lo puso sobre la mesa (que no era más que el batiente de una puerta, todavía con sus bisagras, apoyado sobre dos barriles). Davout tomó el pliego y leyó la dirección.
—Es usted muy dueño de concederme o no los respetos que se me deben— dijo Bálashov, —pero me permito recordarle que tengo el honor de ser general ayudante de campo de Su Majestad...
Davout lo miró en silencio y sintió un visible placer ante la inquietud y confusión que reflejaba el rostro del general ruso.
—Se lo tratará como se merece— dijo, y guardándose la carta en el bolsillo salió del cobertizo.
Unos minutos después, el ayudante de campo del mariscal, señor de Castres, condujo a Bálashov al alojamiento que se le había preparado.
Bálashov comió aquel día con el mariscal en el cobertizo, utilizando por mesa la puerta sobre dos barriles.
A la mañana siguiente Davout se marchó muy temprano, no sin antes llamar a Bálashov y decirle con aire significativo que le rogaba permanecer allí y, en el caso de recibir la orden de moverse, hacerlo con los convoyes; le dijo también que no podía hablar con nadie a excepción del señor de Castres.
Después de cuatro días de aburrimiento y soledad, consciente de no ser dueño de sus actos y de su propia insignificancia, tanto más sensible después del ambiente de poder al que estaba habituado a moverse hacía tan poco, Bálashov regresó a Vilna tras varias etapas de marcha con los convoyes del mariscal, entre tropas francesas que ocupaban todo aquel territorio. Bálashov entró en Vilna, ahora en poder de los franceses, por la misma puerta por la cual había salido cuatro días antes.
Al día siguiente, el chambelán imperial, monsieur de Tourenne, se presentó a Bálashov y le comunicó el deseo del emperador Napoleón de concederle el honor de una audiencia.
Cuatro días antes, frente a la misma casa a la que ahora lo habían conducido, montaban guardia los centinelas del regimiento Preobrazhenski; ahora, en cambio, dos granaderos franceses, con uniforme azul y gorro afelpado, una escolta de húsares y ulanos y un brillante séquito de ayudantes de campo, pajes y generales aguardaban la salida de Napoleón; en el centro del grupo se destacaba un caballo ensillado, cuyas riendas tenía el mameluco Roustan. Napoleón recibía en Vilna a Bálashov en la misma casa desde la cual lo había enviado cuatro días antes el emperador Alejandro.
VI
Aunque Bálashov estaba acostumbrado a la magnificencia de la Corte rusa, el lujo fastuoso de la de Napoleón lo sorprendió y asombró.
El conde de Tourenne lo introdujo en la gran sala de espera, donde aguardaban numerosos generales, chambelanes y magnates polacos, a muchos de los cuales Bálashov había visto en la Corte del emperador Alejandro. Duroc anunció que Napoleón recibiría al general ruso antes del paseo.
Tras algunos minutos de espera, el chambelán de servicio apareció en la gran sala y saludó respetuosamente a Bálashov, invitándolo a seguirlo.
Bálashov entró en un saloncito, una de cuyas puertas comunicaba con el gabinete de trabajo donde Alejandro le había confiado su misión cerca de Napoleón. Bálashov esperó un par de minutos, se oyeron unos rápidos pasos y las dos hojas de la puerta se abrieron; todo quedó en silencio y se acercaron otros pasos, firmes y enérgicos. Era Napoleón, que había acabado su toilettematinal para montar a caballo. Una casaca azul se abría encima de un chaleco que descendía sobre su vientre redondo; calzones blancos ceñían los muslos de sus cortas piernas, calzadas con botas de montar. Al parecer, acababan de peinar sus cortos cabellos, pero un mechón caía en el centro de su frente espaciosa. El cuello blanco y carnoso se destacaba sobre el uniforme negro. Iba perfumado con agua de colonia. Su rostro lleno y juvenil, de barbilla saliente, expresaba una majestuosa benevolencia imperial.
Entró con la cabeza algo echada hacia atrás, acompañando cada paso con un temblor nervioso. Su figura toda, corta y achaparrada, de hombros amplios y gruesos, de vientre y pecho pronunciados, tenía ese aire representativo de los hombres de cuarenta años que viven holgadamente. Se advertía, además, que ese día se encontraba de un humor excelente.