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En 1812, cuando la noticia de la guerra contra Napoleón llegó a Bucarest (donde vivía Kutúzov desde hacía dos meses, pasando días y noches con su valaca), el príncipe Andréi pidió al comandante en jefe su traslado al Ejército del oeste. Kutúzov, que estaba ya un tanto cansado de la actividad de Bolkonski, viendo en ella un constante reproche a su propia pereza, lo dejó marchar muy gustoso y le encargó una misión cerca de Barclay de Tolly.

Antes de incorporarse al ejército, que en mayo estaba acampado en Drissa, el príncipe Andréi pasó por Lisie-Gori, que estaba en su camino y a tan sólo tres kilómetros del camino que llevaba a Smolensk. Había experimentado tantas conmociones en los tres últimos años, había pensado, sentido y visto tanto en sus viajes por Oriente y Occidente, que le causó asombro encontrar, al acercarse a Lisie-Gori, el mismo modo de vivir aun en sus mínimos detalles. Recorrió el camino central y pasó las puertas de la finca como si entrara en un castillo encantado y dormido. La misma limpieza y mesura, el mismo silencio de antes reinaban en aquella morada; idénticos muebles, las mismas paredes, iguales rumores y olores; las tímidas caras de siempre, si bien un poco envejecidas. La princesa María seguía siendo la joven —algo envejecida ahora— tímida de otros tiempos, fea, siempre atemorizada y atormentada por sufrimientos morales, cuyos mejores años pasaban estériles, sin alegría alguna. Mademoiselle Bourienne era la misma muchacha coqueta, que gozaba feliz de cada momento de la vida, contenta de sí misma y poseída de las más alegres esperanzas. Ahora tenía mayor seguridad o al menos eso le pareció al príncipe Andréi. Dessalles, el preceptor traído de Suiza, vestía una levita a la moda rusa, chapurreaba el ruso con los criados y seguía siendo el mismo preceptor de limitada inteligencia, instruido, virtuoso y pedante. En el viejo príncipe, el cambio físico se reducía a la falta de un diente en un lado de la boca; moralmente seguía siendo el de antes, todavía más irritable y desconfiado con respecto a la realidad de cuanto ocurría en el mundo. Sólo Nikólenka había cambiado: estaba más alto, tenía excelente color y unos rizados cabellos oscuros. Al reír levantaba el labio superior de su linda boca, igual que su madre, la difunta pequeña princesa. Sólo él quebrantaba la ley de la inmutabilidad en aquel castillo encantado y dormido. Sin embargo, aunque exteriormente todo permaneciese como antes, las relaciones internas de todas aquellas personas habían sufrido cambios desde la última vez que las viera el príncipe Andréi. Los miembros de la familia se habían dividido en dos bandos extraños y hostiles entre sí, que tan sólo en su presencia y en honor a él se reunían alterando su modo de vida habitual. El viejo príncipe, mademoiselle Bourienne y el arquitecto formaban uno de esos bandos; la princesa María, Dessalles, Nikólenka y todas las ayas y niñeras integraban el otro.

Durante la estancia del príncipe Andréi en Lisie-Gori todos los miembros de la familia comían juntos, pero se sentían incómodos y Andréi Bolkonski acabó por sentirse un huésped por quien hacían una excepción y cuya presencia estorbaba a todos. El primer día, durante la comida, el príncipe Andréi —que se daba cuenta de que algo ocurría— guardó silencio, y el viejo príncipe, al advertirlo, se mantuvo taciturno y sombrío y se retiró a sus habitaciones en cuanto acabó la comida. Cuando, al anochecer, el príncipe Andréi fue a verlo y, para distraerlo, habló de la campaña del joven conde Kámenski, el viejo príncipe, de pronto, empezó a hablar de la princesa María, censurando su superstición y su falta de cariño por mademoiselle Bourienne, que, según sus palabras, era la única persona que de veras le era fiel.

Acusaba a la princesa María de ser la causante de sus enfermedades, de atormentarlo y provocarlo a propósito y de echar a perder al pequeño Nikolái con sus mimos y sus necias historias. El viejo Bolkonski sabía muy bien que era él quien atormentaba a su hija, cuya vida resultaba muy penosa; pero sabía también que era incapaz de dejar de atormentarla y que ella se lo merecía. "¿Por qué el príncipe Andréi, que lo ve, no me dice nada de su hermana? —se preguntaba—. ¿Qué piensa de todo esto? ¿Que soy un malvado o un viejo imbécil que se aleja sin motivo de su hija y busca la compañía de la francesa? No me comprende, por eso necesito explicárselo, es menester que me oiga.” Y expuso las razones por las que no podía soportar el carácter irracional de su hija.

—No quería hablar de eso— contestó el príncipe Andréi, sin mirar a su padre (a quien censuraba por primera vez en su vida), —pero, si me pregunta, le diré francamente lo que pienso de todo eso. Si existe algún malentendido entre usted y María, no puedo atribuírselo a ella— prosiguió irritándose, cosa a la que era propenso desde hacía algún tiempo; —una cosa puedo decirle: si hay malentendido, la culpa es de una mujer que no vale nada y no debería ser amiga de mi hermana.

Al principio, el viejo miró con ojos inexpresivos a su hijo, esbozó una sonrisa falsa, dejando ver la falta del diente, a lo cual el príncipe Andréi no podía acostumbrarse.

—¿A qué amiga te refieres, querido? ¿Eh? ¡Ya lo habéis comentado! ¡Eh!

—Padre, yo no quería ser juez— siguió el príncipe Andréi con voz biliosa y áspera, —pero me obliga a ello, he dicho y diré que María no es culpable... que la culpa... la culpa es de la francesa...

—¡Ah, ya me has condenado!... ¡Me has condenado!— dijo el viejo con voz tan baja que al príncipe Andréi le pareció que estaba confuso. Mas, de pronto, se puso en pie y gritó: —¡Fuera! ¡Fuera de aquí! ¡Que no vuelva a verte en esta casa!...

El príncipe Andréi quería irse en seguida, pero la princesa María le suplicó que se quedara un día más. Durante esa jornada, el príncipe Andréi no vio a su padre, que no salió de sus habitaciones ni recibió a nadie, salvo a mademoiselle Bourienne y a Tijón, y preguntó varias veces si su hijo se había ido. Al día siguiente, antes de partir, el príncipe Andréi fue a la habitación de su niño. El chiquillo, robusto y de cabellos rizados como los de su madre, se sentó en sus rodillas. El príncipe Andréi comenzó a contarle el cuento de Barba Azul, pero no lo concluyó y se quedó pensativo. No pensaba en el hermoso niño, en su hijo, mientras lo tenía sobre las rodillas, sino en sí mismo. Buscaba desesperado y no encontraba dentro de sí el arrepentimiento por haber irritado a su padre ni la pena por separarse de él, por primera vez en su vida, en aquel estado de discordia.

Pero lo más importante era que no hallaba tampoco en sí la ternura que antes sentía por su hijo y que confiaba reavivar acariciando al niño y sentándolo en sus rodillas.

—¡Cuenta, cuenta!— decía el pequeño.

Sin contestarle, el príncipe Andréi bajó al niño de sus rodillas y salió de la habitación.

En cuanto el príncipe Andréi dejó sus ocupaciones diarias, y, sobre todo, cuando volvió a la vida anterior, cuando era feliz, la angustia vital se apoderó de él con la fuerza de siempre; tenía prisa por alejarse cuanto antes de esos recuerdos y encontrar una ocupación cualquiera.

—¿Decididamente te vas, Andréi?— le preguntó su hermana.

—Sí, y doy gracias a Dios de poder hacerlo— contestó, —y lamento mucho que tú no puedas.

—¿Por qué dices eso? ¿Por qué lo dices ahora cuando te vas a esa horrible guerra y él es ya tan viejo? Mademoiselle Bourienne dijo que ha preguntado por ti...

En cuanto comenzó a hablar, le temblaron los labios y las lágrimas brotaron de sus ojos. El hermano se apartó de ella y comenzó a pasear de un lado a otro.

—¡Ah, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Y pensar que seres que nada valen pueden hacer desgraciados a otros!— dijo con una rabia que asustó a la princesa María.

Comprendió que no se refería sólo a mademoiselle Bourienne (que era la culpable de su desgracia), sino también al hombre que había destruido la suya.

—André, una cosa te pido, te suplico— dijo tocando el brazo de su hermano y mirándolo con sus ojos resplandecientes a través de las lágrimas. —Te comprendo bien— y bajó los ojos. —No creas que el dolor viene de los hombres; ellos no son más que un instrumento de Dios— miró con seguridad algo por encima del príncipe Andréi, de la manera como se mira hacia un lugar conocido donde hay un retrato. —El dolor nos lo envía Dios, no es culpa de los hombres. Los hombres no son más que un instrumento; no son culpables. Si te parece que alguno es culpable ante ti, olvídalo y perdona. No tenemos el derecho de castigar, y entonces comprenderás la felicidad que hay en el perdón.