Выбрать главу

El segundo partido era diametralmente opuesto al anterior. Y, como suele ocurrir, un extremismo daba origen a otro extremismo. Los hombres de ese partido eran los que desde Vilna pedían la invasión de Polonia y la renuncia a todo plan preparado de antemano. Esos hombres, además de ser los representantes de las acciones arriesgadas, eran los adalides nacionales, debido a lo cual se mostraban más unilaterales en las discusiones. Eran los rusos: Bagration, Ermólov —que comenzaba a destacarse— y algún otro. Por entonces circulaba un chiste sobre Ermólov, quien, según se decía, había pedido una sola gracia: la de ser ascendido a alemán. Los hombres de ese partido decían, recordando a Suvórov, que no era necesario reflexionar, ni clavar alfileres en el mapa; que lo necesario era combatir, asestar golpes al enemigo, no dejarlo entrar en Rusia e impedir que el desánimo cundiera en el ejército.

Al tercer partido, en el que más confiaba el Emperador, pertenecían los cortesanos, hábiles en hallar una solución intermedia entre ambas tendencias. La mayor parte de este grupo eran hombres ajenos a los militares, y entre ellos estaba Arakchéiev. Pensaban y decían lo que ordinariamente dicen los hombres sin convicciones propias pero que fingen tenerlas. Afirmaban que la guerra, sin duda, sobre todo con un genio como Bonaparte (lo llamaban de nuevo Bonaparte), exigía consideraciones muy profundas, grandes conocimientos científicos, y que en este aspecto Pfull era genial; al mismo tiempo, decían que había que reconocer que los teóricos eran con frecuencia unilaterales, por lo cual no convenía fiarse demasiado de ellos; que convenía escuchar lo que decían los contrarios de Pfull, los hombres prácticos, con experiencia en asuntos militares, buscando siempre mantenerse en el justo medio. Los hombres de ese grupo insistían en mantener el campamento de Drissa, de acuerdo con el plan de Pfull, aunque cambiando los movimientos de los otros ejércitos. De ese modo no se conseguía ni uno ni otro objetivo, pero tal idea parecía la mejor a sus partidarios.

La cuarta corriente tenía su principal figura en el gran duque heredero, que no podía olvidar su desilusión de Austerlitz, donde se había presentado al frente de la Guardia con casco y penacho, como en una revista militar, dando por descontada la derrota de los franceses con una brillante carga, y que al verse, cuando menos lo pensaba, en primera línea, a duras penas había logrado escapar en medio de la desbandada general. El razonamiento que se hacían estos hombres tenía la virtud y el defecto de la franqueza. Temían a Napoleón; en él veían la fuerza y en sí mismos la debilidad, y lo manifestaban sin recato. Solían decir: "Nada conseguiremos sino vergüenza, dolores y derrotas. Hemos abandonado Vilna, hemos abandonado Vítebsk, abandonaremos también Drissa. ¡Lo único razonable que podemos hacer es llegar en seguida a una paz, antes de que nos echen de San Petersburgo!".

Semejante opinión, muy difundida en las altas esferas del ejército, hallaba eco en San Petersburgo y en la persona del canciller Rumiántsev, quien, por otras razones de Estado, se pronunciaba también a favor de la paz.

La quinta tendencia era la de los partidarios de Barclay de Tolly, no tanto por sus condiciones personales como por ser ministro de la Guerra y general en jefe. "No importa cómo sea personalmente (empezaban siempre igual); se trata de un hombre honesto y práctico, y no hay nadie mejor que él. Dadle plenos poderes, ya que la guerra no puede llevarse adelante sin unidad de mando, y demostrará lo que puede hacer, como lo demostró en Finlandia. Si nuestro ejército se mantiene fuerte y bien organizado, si se ha retirado hasta el Drissa sin pérdida alguna, se lo debemos sólo a Barclay. Pero si en vez de Barclay ponen ahora a Bennigsen, todo está perdido: Bennigsen demostró ya su incapacidad en 1807.”

Los del sexto grupo, formado por admiradores de Bennigsen, decían que no había persona más activa y experta que su favorito y que, por muchas vueltas que dieran, acabarían por recurrir a él. Afirmaban que todo el retroceso hasta el Drissa era una vergüenza bochornosa y una ininterrumpida sucesión de errores. “Pero cuantos más errores cometan, mejor; por lo menos se comprenderá antes que así no podemos seguir. No necesitamos un Barclay cualquiera, sino un hombre como Bennigsen, que ya dio pruebas de suficiencia en 1807, a quien el mismo Napoleón hizo justicia: el único hombre cuyo mando aceptarían todos gustosamente es Bennigsen.”

El séptimo partido estaba integrado por personas que rodean siempre a los soberanos, sobre todo cuando son jóvenes; eran especialmente numerosas en torno a Alejandro: generales y ayudantes de campo, apasionadamente fieles al Emperador, no como tal Emperador sino como hombre. Eran los que lo adoraban franca y desinteresadamente, como lo adoraba Rostov en 1805, y veían en él no sólo todas las virtudes, sino todas las cualidades humanas. Aunque admiraban la modestia del Emperador, que no había querido asumir el mando supremo de las tropas, desaprobaban esa excesiva modestia y no querían más que una cosa —y en ella insistían—: que su adorado Soberano, olvidando la excesiva desconfianza en su propio valer, declarara abiertamente que tomaba el mando del ejército, formase su Cuartel General de comandante en jefe y, asesorado por teóricos y prácticos, dirigiera él mismo las tropas. Este simple hecho conseguiría elevar al máximo el entusiasmo general.

El octavo grupo, el más numeroso (podía calcularse en un noventa y nueve por ciento del total), era de los que no querían ni la paz ni la guerra, ni ofensivas ni campos fortificados, fueran en el Drissa o en otro lugar; de los que no preferían a Barclay, ni al Emperador, ni a Pfull, ni a Bennigsen; únicamente deseaban una cosa: el mayor número de diversiones y ventajas personales. En aquel río revuelto de intrigas y enredos que pululaban en torno al Cuartel General del Emperador podían obtenerse muchas cosas que en otro momento serían imposibles. Quien sólo deseaba conservar una posición ventajosa hoy estaba con Pfull y mañana era su adversario; y al día siguiente, para evitar responsabilidades y halagar al Emperador, afirmaba no tener opinión propia sobre determinado hecho. Otros querían conquistar alguna prebenda o atraer la atención del Soberano y hablaban en voz alta de algo a lo que Alejandro había aludido el día anterior; discutían y gritaban en el Consejo, dándose golpes de pecho y provocando a duelo a quienes no eran de su mismo parecer, demostrando de esa manera estar siempre dispuestos a ofrecerse como víctimas por el bien común. Otros, sencillamente, entre consejo y consejo, y en ausencia de sus adversarios, pedían alguna recompensa por sus fieles servicios, sabiendo que en tales ocasiones no habría tiempo para negársela. Algunos se hacían ver por el Emperador, como por casualidad, abrumados de trabajo. Y había quien, para lograr lo que tanto tiempo venía deseando —comer con el Emperador—, se empeñaba en demostrar con ahínco la razón o la sinrazón de una opinión nueva, para lo cual aportaba argumentos más o menos convincentes.

Los de ese partido andaban a la caza de rublos, cruces y puestos; y en esa empresa no seguían más que la dirección de la veleta del favor imperial; tan pronto como se daban cuenta de que la veleta se desviaba a un lado, todos aquellos zánganos militares empezaban a silbar en el mismo sentido, de manera que al Emperador le era más difícil volverla hacia otro lado. En medio de la incertidumbre de la situación y la inquietud creada por la inminencia del peligro; entre la vorágine de intrigas y ambiciones propias, de conflictos, de diversas opiniones y sentimientos, nacionalidades de distintas personas, este octavo partido, el más numeroso, añadía con sus intereses personales mayor embrollo y confusión a la obra común. Cualquiera que fuese el problema suscitado, el enjambre de zánganos, abandonando el tema que antes interesaba, pasaba hacia el problema nuevo, sofocando con su zumbido las voces sinceras que discutían.

Además de esos grupos, cuando el príncipe Andréi se incorporó al ejército estaba surgiendo otro grupo, el noveno, que comenzaba a levantar su voz. Era el partido de los viejos, de los hombres razonables y expertos en los negocios públicos, que, sin compartir ninguna de las opiniones contradictorias, sabía considerar objetivamente cuanto se hacía en el Estado Mayor del Cuartel General, procurando encontrar la manera de salir de tanta confusión e indecisión, de tanta intriga y debilidad.