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Los hombres de ese partido pensaban y decían que todos los males se debían principalmente a la presencia del Emperador y de su corte adjunta; que habían transportado al ejército la inseguridad, indefinida y convencional, buena en la Corte, pero dañosa para las armas; que el Emperador debía reinar pero no dirigir sus tropas; decían que la única salida de aquella situación estaba en la marcha del Soberano y de su Corte, ya que su presencia paralizaba a cincuenta mil hombres necesarios para garantizar su seguridad personal, y que el peor comandante en jefe, contando con independencia, sería preferible al mejor de los generales atado por la presencia y el poder del Emperador.

Mientras el príncipe Andréi se encontraba inactivo en Drissa, Shishkov, secretario de Estado y uno de los principales representantes de este último partido, escribió al Emperador una carta que consintieron en firmar Bálashov y Arakchéiev. En esa carta, haciendo uso del permiso que Alejandro les había concedido para exponer sus opiniones sobre la marcha general de los acontecimientos, en términos respetuosos y con el pretexto de que era necesario animar al pueblo para la guerra, se le proponía dejar el ejército.

La misión de animar al pueblo y hacer un llamamiento en defensa de la patria fue presentada al Zar y aceptada por él como pretexto para dejar el ejército. Su presencia personal en Moscú, la bravura y el fervor patriótico de sus habitantes fueron la causa principal del triunfo de Rusia.

X

No habían entregado aún esa carta al Emperador cuando Barclay, durante la comida, dijo a Bolkonski que el Soberano deseaba verlo para informarse sobre Turquía y que debía presentarse, a las seis de la tarde, en casa de Bennigsen.

Aquel mismo día llegaba al Cuartel General del Emperador la noticia de un movimiento de tropas napoleónicas que podía ser peligroso para el ejército ruso; más tarde se supo que la noticia era inexacta. Durante la mañana, el Emperador había recorrido con el coronel Michaux las fortificaciones del Drissa; el coronel afirmaba que el campamento fortificado construido por Pfull y considerado hasta aquel momento una chef-d’oeuvrede la táctica, destinado a ser la ruina de Napoleón, era algo absurdo y significaba la perdición del ejército ruso.

El príncipe Andréi se dirigió al alojamiento de Bennigsen, que ocupaba una pequeña casa señorial situada en la misma orilla del río. Ni Bennigsen ni el Emperador se encontraban allí. Pero Chernyshev, edecán del Emperador, recibió a Bolkonski y le comunicó que el Soberano había salido con el general Bennigsen y el marqués Paolucci para recorrer, por segunda vez aquel día, las fortificaciones del campamento de Drissa, sobre cuya solidez empezaban a tener serias dudas.

Chernyshev, sentado junto a la ventana de la primera habitación, leía una novela francesa. Esta pieza debió de haber sido sala en otros tiempos; aún se veía allí un armonio, sobre el que se habían amontonado varias alfombras; en un rincón estaba el lecho plegable de un ayudante de campo de Bennigsen que, cansado seguramente por el trabajo o por alguna francachela, dormitaba sentado sobre él. La estancia tenía dos puertas: una llevaba directamente al antiguo salón; otra, a la derecha, al despacho. Desde la primera puerta se oían voces que dialogaban en alemán y a veces en francés. En el antiguo salón, según el deseo del Emperador, estaba reunido no un consejo superior de guerra (al Soberano le gustaba lo indefinido), sino un grupo de personas cuya opinión deseaba conocer en las dificultades presentes. No se trataba de un consejo militar, sino de una reunión de personas elegidas para explicar personalmente al Emperador ciertas cuestiones. A esa especie de consejo habían sido invitados el general sueco Armfeld, el general ayudante de campo Wolzogen, Wintzingerode, Michaux (a quien Napoleón llamaba ciudadano francés huido), Toll, el conde Stein (que nada tenía de militar) y, por supuesto, Pfull, que, por lo que Andréi pudo oír, era la cheville ouvrière 365de todo.

El príncipe Andréi tuvo ocasión de observarlo bien, porque Pfull, llegado poco después que él, había entrado en la sala para hablar un momento con Chemyshev.

A primera vista, Pfull, con su uniforme de general ruso que le sentaba tan mal como si estuviese disfrazado, le pareció persona conocida, aunque estaba seguro de no haberlo visto nunca. Había en él algo de Weyrother, de Mack, de Schmitt y de otros muchos generales alemanes, también teóricos, a los que Bolkonski había tenido ocasión de conocer en 1805. Pero Pfull era el más típico de todos ellos. Jamás había visto el príncipe Andréi a ningún otro teórico alemán en quien se unieran a ese punto los rasgos característicos de otros teóricos alemanes.

Pfull era más bien bajo, muy delgado pero de fuerte complexión, anchas caderas y omóplatos salientes. Su rostro era muy rugoso, y sus ojos, hundidos; sobre las sienes, y delante, tenía los cabellos alisados de cualquier manera con un cepillo, pero por detrás le caían los mechones sin peinar. Entró en la habitación mirando a todas partes, con gesto inquieto e irritado, como si temiera encontrar allí toda clase de obstáculos. Con torpe movimiento, sujetando la espada, se dirigió a Chernyshev y le preguntó en alemán dónde estaba el Emperador. Se lo veía deseoso de cruzar cuanto antes aquella sala, acabar con los saludos y las reverencias y sentarse en seguida delante del mapa, que era donde él se encontraba a sus anchas. Asentía, presuroso, con la cabeza a lo que decía Chernyshev, y sonrió irónico al oír que el Emperador estaba visitando las fortificaciones que él mismo había construido según sus propias teorías. Masculló algunas palabras en voz baja y tono rudo, como suelen hacer los alemanes seguros de sí mismos. Algo así como “Dummkopf' o “zu Grunde die ganze Geschichte” o “s’wird was gescheites d'rans werden"... 366El príncipe Andréi no entendió bien; quería pasar de largo, pero Chernyshev le presentó a Pfull, haciendo notar que Bolkonski volvía de Turquía, donde la guerra había concluido tan felizmente. Pfull miró apenas, más que alpríncipe Andréi a travésde él, y gruñó con una sonrisa: “Da muss ein schönner tactischer Krieg gewesen sein” 367y echándose a reír despectivamente pasó a la estancia contigua, donde se oían unas voces.

Evidentemente, Pfull, siempre inclinado a la irritación y a la ironía, estaba especialmente excitado aquel día por el hecho de que, sin contar con él, se hubieran atrevido a visitar y juzgar su campamento fortificado. El príncipe Andréi, gracias a sus recuerdos de Austerlitz, tuvo bastante con esta breve entrevista para hacerse una clara idea de Pfulclass="underline" era uno de esos hombres siempre seguros de sí mismos, dispuestos a defender sus ideas hasta el martirio, que sólo se encuentran entre los alemanes, precisamente porque basan su seguridad tan sólo en la idea abstracta, en la ciencia, o sea en el saber imaginario de la verdad absoluta. El francés se muestra seguro de sí porque cree irresistible toda su persona, en cuerpo y alma, lo mismo para los hombres que para las mujeres. El inglés tiene esa seguridad porque es ciudadano del Estado mejor organizado del mundo y porque, como inglés, sabe siempre lo que tiene que hacer y que todo cuanto haga como inglés estará bien hecho, sin discusión alguna. El italiano está seguro de sí mismo porque es emotivo y se olvida con frecuencia de sí y de los demás. El ruso goza de esa seguridad porque no sabe nada ni quiere saberlo, y porque no cree que se pueda llegar a saber algo por completo. El alemán es el más seguro de sí, y de la manera peor, más firme y antipática, porque imagina conocer la verdad: una ciencia que él mismo ha inventado y que constituye su verdad absoluta.