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Pierre permanecía sentado en el salón, donde Shinshin había empezado una conversación con él, como recién llegado del extranjero; trataba de política y Pierre se aburría, aun cuando acudieron otros invitados.

Cuando empezó la música Natasha entró en el salón, se acercó directamente a Pierre y sonriendo ruborizada le dijo:

—Mamá me ha ordenado que lo invite a bailar.

—Temo confundir las figuras— dijo Pierre, —pero si quiere ser mi maestra...— y tendió su gruesa mano a la delgada chiquilla, bajándola mucho.

Mientras las parejas se disponían para el baile y los músicos afinaban sus instrumentos, Pierre se sentó al lado de su pequeña dama. Natasha se sentía perfectamente feliz. Danzaba con un mayorque acababa de regresar del extranjeroa la vista de todos y hablaba con él como si fuese mayor. Llevaba en la mano un abanico que le había dejado cierta señorita para que lo sostuviese, y adoptando la postura más mundana (Dios sabe cómo y cuándo la había aprendido) se abanicaba y sonreía tras el abanico, charlando con su pareja...

—¿Eh, qué les parece? ¡Mírenla, mírenla!— exclamó la condesa, atravesando la sala y señalando a su hija.

Natasha se ruborizó:

—¡Oh, mamá! No sé por qué lo dice... ¿Qué tiene de extraño?

Hacia la mitad de la tercera “escocesa”, en el gabinete del conde hubo ruido de sillas. María Dmítrievna y la mayoría de los invitados (los más importantes y viejos) se pusieron en pie, estiraron las piernas después de estar tanto tiempo sentados, volvieron los billeteros y portamonedas a sus bolsillos y entraron en el salón. María Dmítrievna y el conde, ambos con alegre continente, abrían la marcha. El conde, con cortesía juguetona, como simulando un paso de ballet, dobló el brazo para ofrecérselo a María Dmítrievna. Se irguió de nuevo; iluminaba su rostro una sonrisa singular, astuta y gallarda, y cuando terminó la última figura del baile, aplaudió a los músicos y gritó, volviéndose al primer violín:

—¡Semión! Ahora Daniel Kúpor. ¿Te acuerdas?

Era el baile favorito del conde, que ya lo bailaba en su juventud. Daniel Kúporera en realidad una figura de la "inglesa".

—Miren a papá— gritó Natasha, que parecía haber olvidado que estaba bailando con una persona mayor, inclinando hacia sus rodillas la rizada cabecita y estallando en una risa sonora que llenó todo el salón.

Y, en efecto, todos los presentes miraban con alegre sonrisa al bravo viejo que se movía junto a su imponente pareja, más alta que él; doblaba los brazos, según el ritmo, enderezaba los hombros, giraba, hacía piruetas con los pies, dando ligeros taconazos con una sonrisa cada vez más abierta, como si preparase a los espectadores a lo que todavía iba a venir. Tan pronto como se oyeron las notas alegres y movidas de Daniel Kúpor, tan semejantes a las de ciertas danzas rusas, todas las puertas del salón se llenaron de alegres rostros de domésticos; en una parte los hombres y en la otra las mujeres que se acercaban sonrientes a ver cómo se divertía su señor.—¡Es un águila nuestro padrecito!— dijo en voz alta la vieja niñera en el umbral de una puerta. —¡Un águila!

El conde bailaba bien, y lo sabía; pero su dama no sabía ni quería bailar. Su voluminoso cuerpo se mantenía recto y los brazos robustos le colgaban (había dado su bolso a la condesa); puede decirse que sólo bailaba su rostro, severo y bello. Todo cuanto expresaba la redonda figura del conde se reflejaba en el rostro de María Dmítrievna, en el aleteo de su nariz y una sonrisa cada vez más amplia. Pero si el conde, enardecido por el baile, cautivaba a los espectadores con sus quiebros ágiles e inesperados y los saltos ligeros de sus rápidos pies, no era menor la admiración que despertaba María Dmítrievna, quien con mínimo esfuerzo movía los hombros, redondeaba los brazos en las vueltas y taconeaba. Todos reconocían su mérito, teniendo en cuenta su complexión y su severidad habitual. El baile era cada vez más animado. Las parejas que tenían enfrente no conseguían llamar la atención y ni siquiera lo intentaban. Todos estaban pendientes del conde y de María Dmítrievna. Natasha tiraba de la manga y del vestido a todos, que no precisaban de esa señal para tener los ojos fijos en los bailarines, y les pedía que miraran a su padre.

El conde, en los intervalos de la danza, respiraba profundamente, agitaba la mano y gritaba a los músicos que tocaran con más brío. Y con más y más brío y soltura giraba el conde, ya sobre las puntas de los pies, ya sobre los talones alrededor de María Dmítrievna; y, por último, la llevó de nuevo a su silla y haciendo el último paso levantó ágilmente una pierna hacia atrás y con una sonrisa inclinó el sudoroso rostro y giró en círculo el brazo derecho en medio de una explosión de aplausos y risas, sobre todo por parte de Natasha. Ambos bailarines se detuvieron, respirando fatigosamente, y se enjugaron con sus pañuelos de batista.

—Así se bailaba en nuestros tiempos, ma chère— dijo el conde.

—Vaya con Daniel Kúpor— contestó María Dmítrievna con un prolongado y hondo suspiro, recogiéndose las mangas.

XVIII

Mientras en la sala de los Rostov se seguía bailando la sexta “inglesa”, al son de una orquesta que empezaba a desafinar por el cansancio de los músicos, y los camareros y cocineros preparaban la cena, el conde Bezújov sufrió su sexto ataque. Los médicos declararon que no existía ninguna esperanza de curación. Se leyeron al enfermo las oraciones de la confesión, se le administraron los sacramentos, se hicieron los preparativos para la extremaunción y la confusión e inquietud propias de semejantes momentos se adueñaron de la casa. Afuera, al otro lado del portal, se ocultaban, entre carruajes que iban llegando, los empleados de pompas fúnebres, con la esperanza de un lujoso entierro. El general gobernador de Moscú, que por intermedio de sus ayudantes no cesó de informarse del estado del conde, aquella tarde se dirigió personalmente a decir su adiós al conde Bezújov, el célebre dignatario de Catalina II.

La suntuosa sala de recepción estaba llena. Todos se levantaron con respeto cuando el general gobernador, después de haber estado media hora a solas con el enfermo, salió de la cámara; respondió apenas a los saludos y procuró pasar lo más pronto posible ante los médicos, sacerdotes y parientes que tenían los ojos fijos en él. El príncipe Vasili, que en aquellos días había adelgazado, más pálido que de costumbre, lo acompañaba diciéndole algo en voz baja.

Después de haber acompañado al general gobernador, el príncipe Vasili se sentó en la sala con las piernas cruzadas, apartado de todos, el codo apoyado en la rodilla y los ojos ocultos tras la mano; así permaneció durante cierto tiempo; luego se levantó y, con pasos rápidos no habituales en él, dirigiendo en derredor miradas inquietas, atravesó un largo corredor y pasó a la parte trasera de la casa, donde vivía la mayor de las princesas.

Cuantos estaban en la sala débilmente iluminada cuchicheaban nerviosamente entre sí y callaban, mirando con ojos inquisitivos y ansiosos la puerta que conducía a la habitación del moribundo, que se abría con ruido débil siempre que salía o entraba alguien.

—La vida ha llegado a su término y no se pueden traspasar sus límites— decía un sacerdote viejecillo a una señora que, sentada junto a él, lo escuchaba cándidamente.

—¿No será demasiado tarde para la extremaunción?— preguntó la señora, añadiendo a sus palabras el título eclesiástico, como si careciera de opinión propia sobre ello.

—Es un gran sacramento, hija mía— respondió el sacerdote pasándose la mano sobre la cabeza, en la cual sólo quedaban algunos mechones de cabellos grises.

—¿Quién era ése? ¿El general gobernador de la plaza?— preguntaban en otro ángulo de la estancia. —¡Qué joven parece!...

—Pues pasa de los sesenta. Y dicen que el conde ya no conoce a nadie... que van a administrarle la extremaunción.

—Conocí a un señor a quien se la administraron siete veces.