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Boguchárovo estaba rodeado por grandes pueblos, de los cuales unos pertenecían a la Corona y otros a terratenientes que recibían tributo, aunque muy pocos de ellos vivían en sus tierras. Pocos eran los criados y poquísimos los que sabían leer y escribir. En los campesinos de esa comarca eran más visibles y fuertes las corrientes misteriosas de la vida popular rusa cuya causa y sentido resultan inexplicables a nuestros contemporáneos. Un fenómeno de esa clase fue el movimiento surgido entre los campesinos en pro de la migración hacia ciertos ríos cálidos, movimiento que había tenido lugar hacía veinte años. Cientos de mujiks (y entre ellos algunos de Boguchárovo) comenzaron, de pronto, a vender su ganado y trasladarse con sus familias hacia el sureste. Como pájaros que emigran más allá de los mares, estos campesinos se dirigían con sus mujeres e hijos hacia el sureste, donde ninguno de ellos había estado jamás. Iban en caravanas o individualmente: unos pagaban su rescate y otros huían, deseosos de llegar a los ríos cálidos. Muchos fueron castigados y deportados a Siberia; otros murieron de hambre y frío en el mismo camino; otros regresaron a sus casas; y el movimiento cesó, como había comenzado, sin motivo aparente. Pero no dejaban de infiltrarse en el pueblo corrientes subterráneas que se concentraban, dispuestas a convertirse en una nueva fuerza y manifestarse otra vez de la misma manera inopinada y extraña, pero igual de sencilla y natural, con la misma energía que antes. En 1812, para cualquier hombre que viviese cerca del pueblo, era evidente que esas corrientes subterráneas existían, estaban muy arraigadas y su manifestación externa se aproximaba.

Al llegar a Boguchárovo, algo antes de la muerte del príncipe, Alpátich había notado entre el pueblo cierta agitación; y al revés de cuanto sucedía en un radio de sesenta kilómetros de Lisie-Gori, de donde huían todos los campesinos (dejando sus aldeas a merced de los cosacos), en aquella zona esteparia, en Boguchárovo, se incitaba a establecer —según se decía— relaciones con los franceses, de los que recibían ciertos mensajes. Y los campesinos no se movían de sus lugares. Alpátich sabía por criados muy fieles a él que el campesino Karp, que recientemente había vuelto a efectuar unos acarreos por cuenta de la Corona y tenía una gran influencia en la comunidad, había regresado con la noticia de que los cosacos asolaban las aldeas abandonadas por sus pobladores, mientras que los franceses las respetaban. Supo también que, el día anterior, otro campesino había traído de la aldea de Vislújuvo —donde ya estaban los franceses— la proclama de un general francés en la cual hacía saber a la población que no se le haría daño alguno y que se pagaría todo lo que se les quitara, si se quedaban en sus casas. Como prueba de ello, el citado campesino mostraba cien rublos en billetes (ignoraba que esos billetes eran falsos) que le habían adelantado los franceses a cuenta del heno que debía proporcionarles.

Y, lo que era más importante, Alpátich supo que el mismo día en que había ordenado al stárostareunir carretas para transportar el equipaje de la princesa María, los campesinos se habían reunido por la mañana y habían decidido no salir del pueblo y quedarse en sus casas. El tiempo urgía. El día de la muerte del príncipe, 15 de agosto, el mariscal de la nobleza había insistido en que la princesa saliera aquel mismo día; resultaba peligroso quedarse y él no podría responder de nada después del 16. Se fue el día de la muerte del príncipe, prometiendo volver al día siguiente para asistir a los funerales. Pero no pudo hacerlo, porque había tenido noticias de un rápido avance de los franceses y apenas tuvo tiempo de sacar a su propia familia con todo lo que poseía de algún valor.

El stárostaDron (a quien el viejo príncipe llamaba Drónushka) administraba la comunidad de Boguchárovo desde hacía casi treinta años.

Dron era uno de esos mujiks fuertes física y moralmente que, cuando llegan a cierta edad, se dejan barba y, sin cambiar de aspecto, viven hasta los sesenta o setenta años, sin canas, con toda la dentadura, fuertes y apuestos como si tuvieran treinta.

Dron había sido nombrado stárostade Boguchárovo casi a raíz de la emigración a los ríos cálidos, en la cual participó; desde entonces, durante veintitrés años había cumplido irreprochablemente sus funciones. Los campesinos lo temían más que al mismo dueño. Los señores —el viejo príncipe y su hijo—, lo mismo que el administrador, lo respetaban y, en broma, lo llamaban “ministro". Durante todo ese tiempo ni una sola vez había caído enfermo ni se había emborrachado. Aunque pasara la noche en vela o llevara a cabo alguna labor extraordinaria, nunca se mostraba cansado. Pese a ser analfabeto, jamás olvidaba una cuenta, ni los pudsde harina vendidos, ni una sola gavilla que hubiera en cada desiatinade los campos de Boguchárovo.

A ese hombre llamó Alpátich cuando llegó al devastado Lisie-Gori el día del entierro del príncipe, con objeto de ordenarle que preparara doce caballos para los coches de la princesa y dieciocho carros para el convoy que debía salir de Boguchárovo. Aunque los campesinos eran tributarios, esa orden, a juicio de Alpátich, no podía presentar dificultades, porque en Boguchárovo había doscientos treinta animales de tiro y la gente vivía con holgura. Mas al recibir aquella orden, Dron bajó silenciosamente los ojos. Alpátich dio los nombres de los campesinos cuyos carros debía enviar.

Dron replicó que aquellos campesinos tenían ocupadas sus caballerías en las labores del campo; Alpátich nombró a otros, pero ésos, según el stárosta, no tenían caballos: unos fueron requisados para el ejército; otros estaban agotados, algunos habían muerto por falta de forraje. El stárostacreía que era imposible reunir los caballos, no ya para el convoy, sino para los coches de la princesa.

Alpátich miró atentamente a Dron y frunció el entrecejo. Así como Dron era un stárostaejemplar, Alpátich, que llevaba veinte años gobernando las fincas del príncipe Bolkonski, era un administrador perfecto. Poseía la facultad de entender en máximo grado las necesidades y los instintos de las gentes con quienes trabajaba: por ello resultaba un administrador excelente. Al mirar a Dron comprendió de inmediato que sus respuestas no eran reflejo de sus pensamientos, sino de un estado de opinión general entre los campesinos de Boguchárovo, que influía también en él. Sabía también que Dron, enriquecido y odiado por la comunidad, vacilaba entre dos bandos: el de los señores y el de los campesinos. Esa vacilación estaba patente en su mirada. Por esto Alpátich se le acercó con el ceño fruncido.

—Escúchame, Drónushka; no me vengas con vaguedades. Su Excelencia el príncipe Andréi Nikoláievich me ha ordenado personalmente que salga de aquí todo el mundo y que no se quede nadie con el enemigo. Eso mismo manda el Zar. Quien se quede aquí es un traidor al Zar, ¿lo entiendes?

—Lo entiendo— murmuró Dron sin levantar la vista.

Pero Alpátich no se conformaba con esa respuesta.

—¡Ay, Dron, me parece que mal irán las cosas!— exclamó Alpátich moviendo la cabeza.

—Como mande— dijo Dron tristemente.

—¡Ea, Dron, se acabó!— dijo Alpátich, sacando la mano del chaleco y señalando solemnemente el suelo bajo los pies del stárosta. —No sólo te veo a través y tres varas por debajo de ti, lo veo todo— concluyó, sin dejar de mirar al suelo bajo los pies de Dron.