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Dron se turbó; miró de reojo a Alpátich y volvió a bajar los ojos.

—Déjate de tonterías y di a los campesinos que se vayan preparando para ir hasta Moscú. Mañana por la mañana deben estar los carros tras el equipaje de la princesa. Y tú no te reúnas con ellos, ¿oyes?

Dron, de pronto, se tiró a los pies del administrador.

—Yákov Alpátich... ¡líbrame del cargo! Toma las llaves y líbrame, por Cristo te lo pido.

—¡Basta!— exclamó Alpátich gravemente. —Veo a tres varas por debajo de ti— repitió. No ignoraba que su arte de apicultor, sus conocimientos sobre la siembra y su habilidad para contentar al príncipe durante veinte años le habían valido fama de brujo; se le atribuía, lo mismo que a los brujos, la facultad de ver a tres varas por debajo de una persona.

Dron se levantó y quiso decir algo. Pero Alpátich lo interrumpió.

—¿Qué se os ha ocurrido? ¡Eh!... ¿Qué andáis maquinando? ¿Eh?

—¿Qué puedo hacer yo? El pueblo está soliviantado del todo... Bien les digo...

—Eso es, les digo... ¿Se emborrachan?— preguntó Alpátich brevemente.

—Están como locos, Yákov Alpátich... Han traído otro barril y...

—Tú escucha. Iré a hablar con el comisario de policía; entretanto, diles que dejen todo eso y preparen los carros.

—Sí, sí... está bien— dijo Dron.

Alpátich no insistió. Llevaba largo tiempo dirigiendo a los campesinos y sabía que el mejor medio para que obedecieran era mostrar que no se pensaba siquiera que pudieran desobedecer. Así pues, se conformó con la actitud de Dron, a pesar de estar casi seguro de que sin ayuda de un destacamento de soldados no entregarían los carros.

Como se esperaba, los carros no fueron reunidos por la tarde. Se había celebrado otra reunión junto a la taberna y en ella decidieron echar los caballos al bosque y no dar los carros. Sin hablar para nada de eso a la princesa, Alpátich dio orden de descargar su propio equipaje, recién llegado de Lisie-Gori, y preparar los caballos para el coche de la princesa María. Después se fue en busca de las autoridades.

X

Después del entierro de su padre, la princesa María se había encerrado en su habitación y no recibía a nadie. La doncella se acercó a la puerta para avisar de que Alpátich había llegado y pedía órdenes sobre el viaje (esto sucedía antes de la conversación de Alpátich con Dron). La princesa María se incorporó del diván en que permanecía echada y, sin abrir la puerta, dijo que no pensaba ir a ningún sitio y pedía que la dejaran tranquila.

Las ventanas de su habitación estaban orientadas al occidente. La princesa permanecía recostada, con el rostro vuelto hacia la pared, y pasaba los dedos por los botones de un cojín de cuero sin ver nada más. Sus vagos pensamientos se hallaban concentrados en un solo punto: pensaba en lo irrevocable que es la muerte y en su bajeza moral, de la que hasta entonces no se había dado cuenta y se le acababa de revelar durante la enfermedad de su padre. Deseaba rezar, pero no se atrevía a hacerlo. En su actual estado de ánimo consideraba un atrevimiento dirigirse a Dios. Así permaneció durante largo tiempo sin cambiar de posición.

El sol se ponía en la otra parte de la casa y con sus oblicuos rayos vespertinos iluminaba, a través de las ventanas abiertas, toda la habitación y la parte del cojín que contemplaba la princesa María. De pronto dejó de pensar. Se levantó inconscientemente, se alisó el cabello y se acercó a una ventana, respirando la frescura de la tarde diáfana pero ventosa.

“Sí, ahora te es más fácil admirar el crepúsculo. Él ya no existe y nadie puede impedírtelo”, se dijo. Se dejó caer en una silla y apoyó la cabeza en el antepecho de la ventana.

Alguien, con voz tierna y dulce, la llamó desde el jardín y se acercó a besar su cabeza. La princesa alzó la cabeza. Era mademoiselle Bourienne, vestida de negro con un traje adornado de encajes. Abrazó a la princesa y estalló en sollozos. La princesa María se la quedó mirando y de pronto se agolparon en su mente todos los sinsabores y celos experimentados en otro tiempo. Se acordó de que su padre, en los últimos meses, había cambiado de conducta con respecto a la francesa, no la llamaba para nada. ¡Cuán injustos habían sido, pues, los reproches que le había hecho en el fondo de su corazón! “¿Puedo juzgar a nadie, yo, yo que he deseado su muerte?”, pensó.

La princesa María imaginó vivamente la situación de mademoiselle Bourienne, a quien en los últimos tiempos había alejado de sí pero que seguía dependiendo de ella y vivía en casa ajena. La compadeció; la miró con afectuosa interrogación y le tendió la mano. Inmediatamente, mademoiselle Bourienne comenzó a llorar y a besar la mano de la princesa; le hablaba del gran dolor de la princesa y que ella compartía. El único consuelo —decía— era que la princesa le permitiera compartir aquel dolor. Decía que todos los malentendidos debían desaparecer ante aquella gran pena; que seguía sintiéndose pura ante todos y que élestaría viendo allá su afecto y su reconocimiento. La princesa escuchaba aquellas palabras sin entenderlas. Pero no dejaba de mirarla y percibir el dulce sonido de su voz.

—Su situación, querida princesa, es doblemente terrible— añadió mademoiselle Bourienne tras un breve silencio. —Comprendo que no pueda pensar en sí misma, pero, yo, por el cariño que siento hacia usted, debo hacerlo... ¿Ha visto a Alpátich? ¿Le habló de la marcha?

La princesa María no contestó. No comprendía quién debía partir, ni adonde. “¿Acaso se puede emprender algo ahora? ¿Pensar en algo? ¿Acaso no da todo igual?”

—¿Sabe que estamos en peligro, chère Marie?— siguió mademoiselle Bourienne. —Nos rodean los franceses y es peligroso salir ahora. Si nos vamos es casi seguro que caeremos prisioneras, y Dios sabe...

La princesa miraba a su amiga sin comprender del todo lo que decía.

—¡Oh! ¡Si supieran qué indiferente me es ahora todo!— dijo. —No querría por nada del mundo alejarme de él...Alpátich me ha dicho algo sobre el viaje... Hable usted con él; yo no puedo ni quiero ocuparme de nada...

—Ya hablé con él; espera que podamos partir mañana. Pero yo creo ahora que sería mejor quedarnos aquí— dijo mademoiselle Bourienne, —porque estará de acuerdo, chère Marie, en que sería terrible caer por el camino en manos de los soldados o de los campesinos sublevados.

Mademoiselle Bourienne sacó de su bolso una proclama del general francés Rameau, escrita en papel distinto del que acostumbraban a emplear los rusos, en la cual invitaba a los habitantes de las aldeas a no abandonar sus casas, porque las autoridades francesas los protegerían, y entregó el papel a la princesa.

—Creo que lo mejor sería dirigirse a ese general— dijo mademoiselle Bourienne, —estoy segura de que sería usted tratada con el debido respeto.

La princesa leyó el mensaje y unos sollozos sin lágrimas convulsionaron su rostro.

—¿Quién se lo dio?— preguntó.

—Seguramente adivinaron por mi nombre que soy francesa— repitió mademoiselle Bourienne, ruborizándose.

La princesa María, con el papel en la mano, se alejó de la ventana y, muy pálida, salió de la habitación, dirigiéndose al antiguo despacho del príncipe Andréi.

—Duniasha, llama a Alpátich o a Drónushka, a cualquiera, y di a Amelia Kárlovna que no entre— añadió al oír la voz de mademoiselle Bourienne. —¡Hay que salir, hay que salir lo antes posible!— decía horrorizada al pensar que podía quedar a merced de los franceses.

"¡Si el príncipe Andréi llegara a saber que estoy en manos de los franceses! ¡Que yo, la hija del príncipe Nikolái Andréievich Bolkonski, pido protección al general Rameau y acepto su generosidad!" Aquella idea la horrorizaba. Temblaba, enrojecía, presa de un acceso de cólera e indignación como nunca sintiera antes.

Veía ahora claramente cuán dolorosas y ofensivas, eso sobre todo, eran las circunstancias en que se hallaba. "Ellos, los franceses, se instalarán en la casa, el general Rameau ocupará el despacho del príncipe Andréi; para divertirse revolverá y leerá sus cartas y sus papeles. Mademoiselle Bourienne lui fera les honneurs de Bogout-charovo; 394me asignarán una pequeña habitación por misericordia; los soldados profanarán la reciente tumba de mi padre, para robar sus condecoraciones. Me contarán sus victorias sobre los rusos y fingirán acompañarme en mi dolor..."