—¡En semejante momento!— reprochó Pierre.
—Sí, en semejante momento— repitió el príncipe Andréi. —Para ellos ese mismo momento no es más que una buena ocasión para minar el terreno al enemigo y conseguir una nueva cruz o banda. Te voy a decir lo que sucederá mañana: cien mil rusos y cien mil franceses se han juntado para combatir, y el hecho es que esos doscientos mil hombres lucharán, y el que lo haga con más furor y se reserve menos será el vencedor. Y si quieres te diré que, mañana, pase lo que pase y por mucho que embrollen las cosas los de allá arriba, ganaremos; mañana, pase lo que pase, ¡ganaremos la batalla!
—¡Es la verdad, Excelencia; la verdad auténtica!— dijo Timojin. —No es hora de pensar en nuestras vidas. No querrá creerlo, pero los soldados de mi batallón no han querido beber vodka: dicen que hoy no es un día para beber.
Todos guardaron silencio.
Los oficiales se levantaron. El príncipe Andréi salió con ellos para dar las últimas órdenes a su ayudante. Cuando los oficiales se fueron, Pierre se acercó al príncipe Andréi. Quería reanudar la conversación, cuando en el camino, no muy lejos del cobertizo, sonaron los cascos de tres caballos. Al mirar hacia allí el príncipe Andréi reconoció a Wolzogen y a Klausevitz, a quienes acompañaba un cosaco. Pasaron cerca de ellos prosiguiendo su conversación; Pierre y el príncipe Andréi oyeron, involuntariamente, las siguientes frases:
—Der Krieg muss im Raum verlegt werden. Der Ansicht kann ich nicht genug Preis geben— decía uno. 406
—O ja— dijo la otra voz, —der Zweck ist nur den Feind zu schwächen, so kann man gewiss nicht den Verlust der Privat-Personen in Achtung nehmen. 407
—O ja— confirmó la primera voz.
—Eso es, im Raum verlegen! 408— repitió el príncipe Andréi, resoplando, colérico, con la nariz, cuando los jinetes se hubieron alejado, —im Raum. Yo tenía a mi padre, a mi hijo y a mi hermana en Lisie-Gori. Pero a él eso no le importa. Ahí tienes lo que yo te decía. Estos señores alemanes mañana no ganarán la batalla; no harán más que emporcar todo cuanto puedan, porque en sus cabezas germanas no hay más que razonamientos que no valen un comino. No tienen en el corazón lo único necesario para mañana: lo que hay en Timojin. Le han entregado toda Europa y ahora vienen aquí a darnos lecciones. ¡Excelentes maestros!— concluyó con voz estridente.
—Entonces, ¿piensa que venceremos en la batalla de mañana?— preguntó Pierre.
—Sí, sí— dijo distraídamente el príncipe Andréi. —Sólo una cosa haría si tuviera poder para ello: no haría prisioneros. ¿Para qué? Resulta demasiado caballeresco. Los franceses han arruinado mi casa, van a destruir Moscú; me han ofendido y me ofenden a cada momento. Son mis enemigos, considero que todos son delincuentes. Timojin y el ejército entero piensan lo mismo: hay que acabar con ellos. Si son enemigos, no pueden ser amigos, digan lo que digan en Tilsitt.
—Sí, sí, estoy de acuerdo en todo— dijo Pierre, mirando al príncipe Andréi con ojos brillantes.
La cuestión que había tenido inquieto a Pierre, desde que salió de Mozhaisk, le pareció definitivamente resuelta y clara. Comprendía ahora todo el sentido y la importancia de aquella guerra y de la próxima batalla. Todo cuanto había visto aquel día, la expresión grave y severa de los rostros con que se había encontrado al pasar, parecía iluminarse ahora con una nueva luz. Comprendió el oculto calor latente(como suele decirse en física) del patriotismo que existía en todas las personas que había visto y que le explicaba por qué todos ellos se preparaban a morir con tanta calma y al mismo tiempo con tanta naturalidad.
—No hay que hacer prisioneros— proseguía el príncipe Andréi. —Esto transformaría la guerra y la haría menos cruel. Nosotros hemos jugado a hacer la guerra: eso es lo que está mal; fuimos demasiado magnánimos, generosos. Magnanimidad y sensibilidad semejantes a las de la señora que se desmaya cuando ve matar a un ternero: es tan buena que no puede ver sangre; pero eso no impide que coma con excelente apetito aquel mismo ternero cuando se lo sirven en la mesa. Nos hablan de derechos de guerra, de caballerosidad, de parlamentarios, de la necesidad de compadecer a los desventurados..., etcétera. ¡Tonterías! En 1805 vi yo la caballerosidad y lo que significan los parlamentarios. Nos engañaron y nosotros los engañamos.
Saquean casas ajenas; ponen en circulación billetes de banco falsos... y, lo que es peor, matan a mis hijos y a mi padre... ¡y hablan de las reglas de guerra y de magnanimidad para con el enemigo! ¡No, no hay que hacer prisioneros; hay que matar e ir a la muerte! Quien, como yo, haya llegado a pensar así, habiendo sufrido como yo...
El príncipe Andréi, quien pensaba que le era indiferente que conquistaran o no Moscú, como lo habían hecho con Smolensk, se interrumpió bruscamente al sentir un espasmo inesperado que oprimía su garganta... Dio unos pasos silenciosos, pero sus ojos seguían brillando febriles y los labios le temblaban cuando reanudó su discurso.
—Si no existiera la hipócrita generosidad en la guerra la haríamos tan sólo cuando, como ahora, merece la pena ir a una muerte segura; no habría guerra porque Pável Ivánich ha ofendido a Mijaíl Ivánich. Pero una guerra como la de ahora habría que hacerla como debe hacerse: los ejércitos ya no serían tan numerosos. Todos esos westfalianos y ciudadanos de Hesse que siguen a Napoleón no habrían venido con él a Rusia, como tampoco nosotros habríamos luchado en Austria y Prusia sin saber siquiera el motivo. La guerra no es un intercambio de cumplidos, sino la cosa más odiosa del mundo: hay que comprenderla bien, y no jugar a la guerra. Debe aceptarse severamente esa terrible necesidad. Todo se reduce a eso. Rechazando los engaños y las mentiras, la guerra entonces se llevará con todas sus consecuencias y no será un juego; de otra manera, se convierte en el pasatiempo favorito de gentes ociosas y frívolas... El estamento militar es el más digno. ¿Y qué es la guerra? ¿Qué es necesario para triunfar en el arte militar? ¿Qué pretende el estamento militar? El fin de la guerra es el asesinato, los instrumentos de la guerra son el espionaje, la traición y su instigación, la ruina de los habitantes, el saqueo, el robo llevado a cabo para mantener a los ejércitos, el engaño y la mentira que reciben el nombre de astucia militar. La vida del estamento militar descansa en la disciplina (es decir, en la falta de libertad), en el ocio, la ignorancia, la crueldad, el libertinaje, las borracheras. Y a pesar de ello, es el estamento superior respetado por todos. Los reyes, salvo el de China, llevan uniforme militar; y quien mate más gente recibe mayores recompensas... Mañana, por ejemplo, se reúnen y acuerdan matarse unos a otros: se matan, dejan malheridos a decenas de miles y luego celebran numerosos tedéums para agradecer el haber matado a tanta gente (cuyo número llegan a aumentar) y proclaman la victoria suponiendo que cuantos más muertos, mayor el mérito. ¡Cómo puede Dios mirar y escuchar todo esto desde allá arriba!— gritó el príncipe Andréi con voz aguda. —Querido mío, últimamente la vida se me hace muy penosa. Creo que comienzo a comprender demasiado y el hombre no puede probar el fruto del árbol del bien y del mal... Aunque no será por mucho tiempo— añadió. —Pero veo que tienes sueño. Y también yo debo dormir. Vete a Gorki— dijo de pronto.
—¡Oh, no!— replicó Pierre, mirándolo con ojos asustados y llenos de cariño.
—¡Vete, vete! Antes de una batalla hay que dormir bien— repitió el príncipe Andréi. Se acercó a él rápidamente, lo besó y lo abrazó. —Adiós. Vete— exclamó. —No sé si volveremos a vernos. No...— y volviéndose con precipitación, entró en el cobertizo.
Era ya noche cerrada, y Pierre no pudo distinguir si la expresión del príncipe Andréi era colérica o tierna.
Permaneció inmóvil un rato, preguntándose si debía seguir a Bolkonski o volverse. “No, no me necesita —pensó—. Sé que éste ha sido nuestro último encuentro.” Suspiró profundamente y emprendió la vuelta a Gorki.