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Aquel gesto estaba tan en desacuerdo con la tranquila forma de ser de la princesa, y el miedo reflejado en el rostro del príncipe Vasili correspondía tan poco a su digna actitud de siempre, que Pierre se detuvo y miró interrogante, a través de sus lentes, a su guía. Anna Mijáilovna no pareció extrañarse: se limitó a sonreír levemente y suspiró, como diciendo que ella esperaba todo cuanto estaba sucediendo.

—Soyez homme, mon ami, c’est moi qui veillerai à vos intérêts 107— contestó a su mirada; y avanzó con más prisa por el pasillo.

Pierre, sin comprender de qué se trataba y menos aún qué significaba aquello de veiller à vos intérêts, seguía creyendo que todo debía ser así. El pasillo los condujo a una sala medio oscura que daba al salón de recepción del conde. Era una de aquellas salas frías y lujosas que ya conocía Pierre, aunque siempre había llegado por la entrada principal. En medio de una de ellas había una bañera vacía y la alfombra estaba salpicada de agua. Cuando entraron, un criado y un sacristán, portador de un incensario, salían de puntillas, sin reparar en los recién venidos. Entraron en el salón de recepción —ya conocido por Pierre—, con dos ventanales de estilo italiano que comunicaban con el jardín de invierno y decorado con un gran busto y un retrato de tamaño natural de la emperatriz Catalina.

En el salón estaban las mismas personas de antes, en idénticas posturas, y seguían cuchicheando. Todos callaron para mirar a Anna Mijáilovna, con su rostro pálido y lloroso, y al corpulento Pierre, que la seguía dócilmente con la cabeza baja.

El rostro de Anna Mijáilovna expresaba la convicción de que el instante decisivo había llegado. Entró con el semblante de una dama petersburguesa atareada, sin dejar a Pierre, y aún más decidida que por la mañana. Presentía que llevando consigo a la persona a quien el moribundo quería ver iba a ser bien recibida. Recorrió con rápida mirada a los presentes y viendo al confesor del conde se acercó a él con menudos pasos como encogida o como si hubiera disminuido de tamaño y recibió respetuosamente su bendición y después la de otro sacerdote.

—¡Dios sea loado! ¡Llegamos a tiempo!— dijo al sacerdote. —Todos los parientes teníamos tanto miedo... Este joven es el hijo del conde— añadió bajando el tono. —¡Qué terrible momento!

Pronunciadas estas palabras, se acercó al doctor.

—Cher docteur— le dijo, —ce jeune homme est le fils du comte... y a-t-il de l'espoir? 108

El doctor, en silencio, levantó los ojos y los hombros con gesto rápido. Anna Mijáilovna hizo el mismo movimiento. Después, cerrando casi los ojos, suspiró, se apartó del doctor y se acercó a Pierre. Se dirigió a él con singular respeto y melancólica ternura.

—Ayez confiance en Sa miséricorde 109— murmuró, e indicándole un pequeño diván para que se sentara allí y la esperase se dirigió sin hacer ruido hacia la puerta a la que todos miraban y desapareció también, casi sin ruido, detrás de ella.

Pierre, decidido a obedecer en todo a su guía, se dirigió al diván indicado. Apenas hubo desaparecido Anna Mijáilovna, Pierre advirtió que todas las miradas se dirigían a él con algo más que curiosidad y compasión. Notó que todos susurraban algo, señalándolo con los ojos, con cierto temor y hasta obsequiosamente. Le testimoniaban un respeto que, hasta entonces, ninguno le había mostrado. Una dama, a la que no conocía y que estaba hablando con el sacerdote, se levantó de su sitio para ofrecérselo. El ayudante de campo recogió del suelo un guante que Pierre había dejado caer distraídamente y se lo entregó. Los médicos callaron con respeto y se apartaron para dejarle sitio. Pierre quiso al principio sentarse en otro lugar para no molestar a la señora, quiso recoger el guante por sí mismo y evitar a los médicos, que, por cierto, no le cerraban el paso; pero se dio cuenta de que no habría sido correcto y que, a partir de aquella noche, era una persona obligada a un ritual terrible, previsto por todos, y que por tal motivo debía resignarse a recibir y aceptar favores de todos. Tomó sin decir una palabra el guante que le ofrecía el ayudante de campo, se sentó en el puesto de la señora, puso sus grandes manos sobre las rodillas, colocadas simétricamente en la ingenua postura de una estatua egipcia, y se dijo que todo aquello debía ser así precisamente y que, para mantenerse en su puesto y no cometer estupideces, no debía proceder aquella noche por iniciativa propia sino abandonarse totalmente a la voluntad de quienes lo guiaban.

No habían transcurrido más de dos minutos cuando el príncipe Vasili, de uniforme, con tres condecoraciones en el pecho, la cabeza erguida y el porte majestuoso, penetró en el salón. Parecía haber adelgazado desde la mañana; sus ojos, más agrandados que de ordinario, pasaron revista al público. Al darse cuenta de la presencia de Pierre se acercó a él, le tomó la mano (lo que hasta entonces no había hecho nunca) y la sacudió vigorosamente hacia abajo, corno para comprobar su resistencia.

—Courage, courage, mon ami. Il a demandé à vous voir. C'est bien... 110y mostró intención de alejarse.

Pero Pierre creyó necesario preguntarle:

—¿Cómo está?...— y se detuvo indeciso, no sabiendo si debía decir, al hablar del moribundo, “conde”; decir “mi padre” le daba vergüenza.

—Il a eu encore un coup, il y a une demi-heure. Courage, mon ami... 111

Pierre tenía tal confusión de ideas que, al oír la palabra coup, pensó que había sido golpeado y miró con estupor al príncipe Vasili; sólo después comprendió que el coupse refería a la enfermedad. El príncipe Vasili se dirigió al doctor Lorrain para decirle algo, y después fue de puntillas hacia la puerta. Como no sabía caminar así, el resultado fueron unos saltitos que hicieron temblar todo su cuerpo. Después pasó la mayor de las princesas y, tras ella, los sacerdotes, sacristanes y domésticos. Del otro lado de la puerta se oía gran movimiento; por último, con el mismo rostro descolorido, pero firme en el cumplimiento de su deber, salió Anna Mijáilovna, que dijo a Pierre, rozándole la mano:

—La bonté divine est inépuisable. C’est la cérémonie de l’extréme-onction qui va commencer. Venez. 112

Pierre cruzó el umbral, pisando la mullida alfombra, y notó que el ayudante de campo, la dama desconocida y alguien de la servidumbre entraban después, como si ahora no necesitaran permiso alguno para penetrar en aquella estancia.

XX

Pierre conocía muy bien aquella gran cámara, dividida por un arco, columnas y revestida de tapices persas. En una parte de la habitación, tras las columnas, había una alta cama de caoba oculta por cortinas de seda; y en la otra un enorme retablo con iconos. Toda esta parte estaba iluminada intensamente, como las iglesias durante los oficios nocturnos. Bajo la refulgente cornisa del retablo había un largo sillón en cuyo respaldo aparecían unos almohadones de blancura nívea, sin arrugas, y que evidentemente acababan de mudar. En aquel sillón, cubierta hasta la cintura por una manta de un verde intenso, yacía la majestuosa figura que tan bien conocía Pierre: su padre, el conde Bezújov. Era él, con la misma melena leonina de color gris sobre la amplia frente, las mismas profundas arrugas, tan características y nobles en su hermoso rostro de color cobrizo. Había sido colocado exactamente debajo de los iconos. Sus manos, gruesas y grandes, reposaban sobre la manta. En la derecha, con la palma hacia abajo, entre el índice y el pulgar tenía un cirio que lo ayudaba a sostener un viejo criado inclinado detrás del respaldo. En torno estaban los sacerdotes, con sus vestiduras resplandecientes y sus largos cabellos; sostenían sus cirios encendidos y oficiaban reposada y solemnemente. Un poco detrás estaban las dos princesas menores, con pañuelos en las manos, y, delante de ellas, la mayor, Catiche, con aire maligno y resuelto, que no separaba los ojos de los iconos como diciendo a todos que no respondía de sí misma si miraba a otra parte. Anna Mijáilovna, con apacible gesto de tristeza y benevolencia hacia todos, y la dama desconocida se detuvieron junto a la puerta. El príncipe Vasili se había situado en la otra parte, muy cerca del sillón, detrás de una silla labrada y forrada de terciopelo cuyo respaldo había vuelto hacia sí y en el cual apoyaba la mano izquierda, con la que sostenía el cirio, mientras con la derecha se santiguaba, levantando los ojos siempre que se llevaba los dedos a la frente. Su rostro expresaba una tranquila piedad y absoluta sumisión a la voluntad divina. “Si no comprendéis estos sentimientos, peor para vosotros", parecía decir su rostro.