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A pesar de las noticias que anunciaban la conquista de las fortificaciones rusas, Napoleón veía que aquello era algo muy distinto de lo ocurrido en otras batallas. Se daba cuenta de que todos quienes lo rodeaban, hombres duchos en el arte militar, tenían el mismo sentimiento. Todos esos rostros estaban tristes; evitaban mirarse unos a otros. Sólo De Beausset podía no comprender la importancia de lo que estaba sucediendo; pero Napoleón, con su prolongada experiencia bélica, conocía bien el significado de una batalla no ganada, después de ocho horas de esfuerzo, por el ejército que ataca. Sabía que era un encuentro perdido y, tal como estaban las cosas, la más pequeña casualidad podía significar el fin para él y todo su ejército.

Cuando recordaba aquella extraña campaña de Rusia, en la que no se había ganado una sola batalla, en la cual durante dos meses no se habían tomado ni banderas, ni cañones, ni cuerpos de ejército, cuando veía los rostros preocupados de todos cuantos lo rodeaban y escuchaba sus informes —diciendo que los rusos seguían resistiendo—, se apoderaba de él un terrible sentimiento, semejante al que solía experimentar en sueños. Acudían a su mente todos los desgraciados incidentes que podían acabar con él. Los rusos podían atacar su ala izquierda; podían destruir el centro, una bala perdida podía matarlo a él. Todo era posible. En batallas precedentes no había pensado más que en la posibilidad del éxito; mas ahora imaginaba numerosas probabilidades desgraciadas y no podía por menos de esperarlas todas. Ocurría como en un sueño en el cual un hombre ve a un malhechor que se arroja sobre él y este hombre descarga un golpe terrible sobre el agresor, un golpe, y él lo sabe, capaz de matarlo; pero su mano inerte y sin fuerzas cae como un trapo mientras el horror de una muerte inevitable lo deja indefenso.

Éste fue el horror que despertó en Napoleón la noticia de que los rusos atacaban el ala izquierda del ejército francés. Estaba sentado en un escabel debajo del túmulo, con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre las rodillas. Berthier se acercó y le propuso que se dirigiera a la línea de combate para darse cuenta de la situación en que estaba la batalla.

—¿Qué? ¿Qué dice? —exclamó Napoleón. —Sí, ordene que me traigan un caballo.

Montó a caballo y se dirigió a Semiónovskoie.

En medio del humo de la pólvora que se disipaba lentamente, por todas partes por donde pasaba el Emperador, entre charcos de sangre, yacían hombres y caballos, bien de uno en uno, bien en montones. Ni Napoleón ni sus generales habían visto nunca semejante horror, tal cantidad de cadáveres en un espacio tan reducido. El estruendo de los cañones, que no había cesado en diez horas seguidas dañando los oídos, daba un relieve especial a semejante visión (como la música en los cuadros vivos). Napoleón, que había subido a la colina de Semiónovskoie, vio por entre el humo hileras de hombres con uniformes a los que no estaba acostumbrado.

Eran los rusos.

En filas cerradas se hallaban detrás de Semiónovskoie y del túmulo, todas sus baterías disparaban ruidosamente, sin descanso, y cubrían de humo toda la línea de combate. No se trataba de una batalla: era una matanza continua que no podía conducir a nada ni a los rusos ni a los franceses. Napoleón detuvo su caballo y cayó de nuevo en aquella pasiva meditación de la cual lo había sacado Berthier. No podía detener lo que se consumaba ante sus ojos, en torno a él, y se consideraba guiado y dirigido por su mano. Y por primera vez, a causa del fracaso, esa obra suya le pareció terrible e inútil.

Uno de los generales, acercándose a Napoleón, le propuso con gran respeto que empeñara en la acción a la vieja Guardia. Ney y Berthier, que estaban allí cerca de él, se miraron y sonrieron con desprecio ante la insensata propuesta de ese general.

Napoleón bajó la cabeza y guardó largo silencio.

—À huit cents lieues de la France je ne ferai pas démolir ma Garde 440— dijo por último; y, volviendo su caballo, partió de nuevo para Shevardinó.

XXXV

Kutúzov, reclinada la cabeza blanca, con su pesado cuerpo desplomado en el mismo banco, cubierto por una alfombra donde aquella mañana lo había visto Pierre, no daba orden alguna; se limitaba a aceptar o rechazar las que le proponían.

“Sí, sí: que hagan eso”, respondía a las diversas propuestas. “Sí, vete a verlo, querido”, decía bien a uno, bien a otro de cuantos se acercaban a él; o bien: “No lo hagas, es mejor esperar”.

Escuchaba los informes que llegaban; si daba alguna orden, era cuando así lo pedían los subordinados. Pero no parecía interesarse por el sentido de las palabras, sino sólo por la expresión de los rostros o el tono de la voz de los que hablaban con él. Su prolongada experiencia militar le enseñaba y su mente de hombre viejo le hacía entender que dirigir a cientos de miles que luchan con la muerte no lo puede hacer un hombre solo. Sabía bien que las batallas no se resuelven por las órdenes del general en jefe, ni por el sitio que ocupan las tropas, ni por el número de cañones ni por el de las bajas, sino por esa fuerza inasible que se llama espíritu y moral del ejército. Procuraba, pues, cuidar esa fuerza y guiarla hasta el límite de su poder.

La expresión general del rostro de Kutúzov era la de una atención tranquila y concentrada, que apenas podía dominar el cansancio de su cuerpo caduco y viejo.

A las once de la mañana le informaron de que las fortificaciones ocupadas por los franceses habían sido reconquistadas y que el príncipe Bagration estaba herido. Kutúzov lanzó una exclamación y movió la cabeza.

—Vete a ver al príncipe Piotr Ivánovich y entérate detalladamente de cuanto ha sucedido— dijo a un ayudante.

A continuación se dirigió al príncipe de Würtemberg, que estaba a sus espaldas.

—¿No quiere Su Alteza asumir el mando del segundo ejército?

Poco después de la partida del príncipe, y sin que le diera tiempo de llegar a Semiónovskoie, uno de sus ayudantes volvía para pedir refuerzos al Serenísimo.

Kutúzov torció el gesto y ordenó a Dojtúrov que asumiera el mando del segundo ejército, haciendo saber al príncipe que volviera a su lado, pues, según dijo, le era imposible prescindir de él en momentos tan trascendentales. Cuando llegó la nueva de la captura de Murat, los oficiales del Estado Mayor felicitaron a Kutúzov.

—Esperen, señores, esperen— dijo sonriendo. —La batalla está ganada y la captura de Murat no es nada extraordinario. Pero será mejor esperar antes de alegrarnos.

Sin embargo, mandó a un ayudante para que anunciase esa noticia a las tropas.

Cuando llegó Scherbinin del flanco izquierdo para comunicar que los franceses habían conquistado las fortificaciones y Semiónovskoie, Kutúzov, adivinando por los ruidos de la batalla y el rostro de Scherbinin que las noticias no eran buenas, se levantó como si quisiera estirar las piernas y se llevó aparte al recién venido.

—Acércate, querido, a ver si se puede hacer algo— dijo después a Ermólov.

Kutúzov estaba en Gorki en el centro de las posiciones rusas. El ataque de Napoleón contra el flanco izquierdo había sido rechazado varias veces. En el centro, los franceses no habían pasado de Borodinó. Desde el flanco izquierdo, la caballería de Uvárov los había hecho huir.

Hacia las tres de la tarde, los ataques franceses cesaron. Kutúzov leía una tensión que llegaba al máximo en los rostros de cuantos acudían del campo de batalla y de quienes estaban a su alrededor. Se mostraba satisfecho del éxito de la jornada, superior a sus cálculos. Pero las fuerzas físicas le fallaban. Varias veces dobló la cabeza como si se le cayera y quedó adormilado. Le sirvieron la comida.

Wolzogen, aquel ayudante de campo del Emperador a quien el príncipe Andréi había oído decir que era necesario im Raum verlegenla guerra y al que tanto odiaba Bagration, llegó durante la comida. Venía de parte de Barclay de Tolly para informar de la situación en el flanco izquierdo. El prudente Barclay de Tolly, al ver la desbandada de los heridos y la desorganización de la retaguardia, decidió, después de sopesar las circunstancias, que la batalla estaba perdida y envió a su favorito para dar cuenta de ello a Kutúzov.