Выбрать главу

El general en jefe, que masticaba con dificultad el pollo asado, contempló a Wolzogen con una alegre y burlona mirada.

Con andar negligente y una sonrisa despectiva en los labios, Wolzogen se acercó al Serenísimo, tocándose apenas la visera. Afectaba hacia el Serenísimo cierta displicencia para dar a entender que él, militar instruido, dejaba a los rusos que convirtieran en un ídolo a un viejo inútil, pero que sabía bien con quién trataba. “Der alte Herr(así llamaban en confianza los alemanes a Kutúzov) macht sich ganz bequem”, 441pensó, y, mirando con severidad los platos dispuestos delante de Kutúzov, informó al viejo señor de la situación en el flanco izquierdo, tal como Barclay se lo ordenara y como él mismo había visto y entendido.

—Todos los puntos de nuestras posiciones están en manos del enemigo y no podemos rechazarlo, porque nos faltan tropas. Los soldados huyen y es imposible contenerlos.

Kutúzov dejó de masticar. Sorprendido, como si no comprendiera lo que Wolzogen decía, miró fijamente a su interlocutor. Al observar la emoción des alten Herm, 442Wolzogen sonrió:

—No me consideraba con derecho de ocultar a Su Alteza lo que he visto... Las tropas están completamente desorganizadas...

—¿Lo ha visto usted? ¿Lo ha visto usted?...— gritó Kutúzov, frunciendo el ceño; se levantó y se acercó a Wolzogen. —¿Cómo se atreve usted... muy señor mío, cómo se atreve... a decirme eso a ? ¡No sabe usted nada!— decía atragantándose y con gestos amenazadores de sus manos temblorosas. —Diga de mi parte al general Barclay que sus noticias son falsas y que yo, el general en jefe, conozco mejor que él la marcha de la batalla.

Wolzogen intentó refutar algo, pero Kutúzov lo interrumpió.

—El enemigo está rechazado en el flanco izquierdo y derrotado en el derecho. Si usted no ha visto bien, señor, no se permita decir lo que no sabe. Tenga la bondad de ver al general Barclay y hágale saber mi firme propósito de atacar mañana al enemigo— concluyó severamente Kutúzov.

Todos callaban; sólo se oía la respiración jadeante del viejo general.

—Han sido rechazados en todas partes, por lo que doy las gracias a Dios y a nuestro valeroso ejército. El enemigo está vencido y mañana lo expulsaremos de nuestra sagrada tierra— dijo Kutúzov, santiguándose.

Y sollozó de pronto.

Wolzogen se encogió de hombros, torció los labios y sin decir una palabra se retiró a un lado, asombrado über diese Eingenomenheit des alten Herrn. 443

—¡Aquí tienen a mi héroe!— dijo Kutúzov volviéndose a un general guapo, grueso, de cabello negro, que en aquel instante subía al túmulo. Era Raievski, quien durante todo el día había permanecido en el punto más importante del campo de Borodinó.

Según Raievski las tropas se mantenían firmes en sus posiciones y los franceses no se atrevían a seguir sus ataques.

Después de haberlo escuchado, Kutúzov preguntó:

—Vous ne pensez donc pas comme les autres que nous sommes obligés de nous retirer? 444

—Au contraire. Votre Altesse, dans les affaires indécises c'est toujours le plus opiniâtre qui reste victorieux, et mon opinion... 445

—¡Kaisárov!— llamó Kutúzov a su ayudante. —Siéntate y escribe la orden de operaciones para mañana. Y tú— dijo a otro ayudante —vete a la línea de combate y anuncia que mañana atacaremos.

Mientras tenía lugar esta conversación con Raievski y Kutúzov dictaba la orden, Wolzogen volvía, enviado por Barclay, para decir que el general Barclay de Tolly deseaba la confirmación por escrito de la orden del general en jefe.

Sin mirar a Wolzogen, Kutúzov mandó escribir aquella orden que el antiguo general en jefe deseaba tener para evitar, con razón, su responsabilidad personal.

Y por ese vínculo misterioso, indefinible, que mantenía en todas las tropas el mismo estado de ánimo llamado “moral del ejército", que constituye el nervio principal de la guerra, las palabras de Kutúzov y sus órdenes acerca de la batalla del día siguiente llegaron al mismo tiempo a todos los confines del ejército.

No eran ni mucho menos las mismas palabras, no era la orden misma la que se transmitía por todos los escalones de esa cadena. Ni siquiera nada parecido a lo dicho por Kutúzov era lo que se contaban unos a otros en diversos confines del ejército. Sin embargo, el sentido de sus palabras se extendía por doquier; lo que él dijo no era producto de astutas consideraciones, sino la proyección de los sentimientos que yacían en el corazón del general en jefe lo mismo que en el corazón de todo ruso.

Al saber que al día siguiente atacarían al enemigo y al oír en las esferas superiores del ejército la confirmación de lo que todos querían creer, aquellos hombres agotados y vacilantes se consolaban y animaban.

XXXVI

El regimiento del príncipe Andréi figuraba entre las reservas que hasta las dos de la tarde permanecieron inactivas detrás de la aldea de Semiónovskoie, bajo el violento fuego de la artillería. A eso de las dos, el regimiento, que había perdido ya más de doscientos hombres, recibió la orden de avanzar por los pisoteados campos de avena, en el espacio comprendido entre la aldea de Semiónovskoie y el túmulo donde estaba emplazada la batería; en el transcurso de la mañana, miles de hombres habían muerto y, sobre ellos, a última hora, se había concentrado el fuego de cientos de cañones enemigos.

Sin moverse de aquel lugar y sin disparar un solo tiro, el regimiento perdió otra tercera parte de sus hombres. Más adelante, y sobre todo hacia la derecha, en medio de la humareda que no acababa de disiparse, los cañones seguían tronando y desde la misteriosa cortina de humo que cubría todo el terreno volaban sin descanso los proyectiles y las granadas con su lento silbido.

A veces, como para conceder una tregua, durante un cuarto de hora todos los proyectiles y granadas pasaban de largo; pero a veces, en un minuto, el regimiento perdía unos cuantos hombres y a cada instante había que retirar los muertos y heridos.

A cada nueva descarga, los que todavía no habían sido alcanzados tenían menos probabilidades de salir ilesos. El regimiento estaba distribuido en columnas de batallón con intervalos de trescientos pasos; a pesar de ello predominaba en todos idéntico estado de ánimo. Estaban silenciosos y sombríos. Raras veces se anudaba una conversación entre las filas y las palabras cesaban cada vez que sonaba un estampido o los gritos que reclamaban las camillas. Gran parte del tiempo, y de acuerdo con lo ordenado, los soldados estuvieron sentados en la tierra. Uno se quitaba el chacó y deshacía los pliegues con cuidado, para volverlos a componer, después se descalzaba, ajustaba mejor los peales y volvía calzarse; otro limpiaba la bayoneta con un puñado de arcilla seca desmenuzada en las palmas de la mano; otro se aflojaba y volvía a apretar el correaje; más allá, algunos construían pequeñas casitas con paja; todos parecían absortos en sus ocupaciones. Cuando alguno caía herido o muerto y aparecían las camillas, o cuando volvían los soldados o, a través del humo, se veían grandes masas enemigas, ninguno prestaba atención. Mas si la caballería o la artillería pasaban cerca, cuando se percibía el movimiento de la infantería rusa, por todas partes se oían animosas expresiones. Pero eran acontecimientos absolutamente extraños, sin relación alguna con la batalla, los que provocaban la mayor atención. El interés de aquella gente, moralmente extenuada, parecía concentrarse sobre esos objetos ordinarios de la vida. Una batería pasó delante del regimiento. En uno de los armones un caballo de refuerzo enredó el tirante de una caja de munición; esto bastó para que de todas partes gritaran: