Los entendidos en la ciencia militar nos dicen muy seriamente que Kutúzov, mucho antes de llegar a Fili, debía haber dirigido sus tropas al camino de Kaluga; y llegan a afirmar que alguien osó proponérselo. Pero al general en jefe, sobre todo en los momentos difíciles, no sólo le presentan un proyecto, sino decenas y decenas de ellos y todos al mismo tiempo. Cada uno de esos proyectos, basados en la estrategia y la táctica, se contradice con los otros. Diríase que el general no tiene más que elegir uno de ellos, pero la verdad es que ni eso puede hacer. El tiempo y los acontecimientos no esperan. Supongamos, por ejemplo, que el día 28 le proponen pasar al camino de Kaluga; pero en ese instante llega un ayudante de Milorádovich que pregunta, de parte de su jefe, si debe retroceder o aceptar el combate. El general en jefe debe dar inmediatamente una orden; y la orden de retroceder lo aleja del camino de Kaluga. Después del ayudante viene el jefe de la intendencia y pregunta dónde debe colocar los víveres; y el jefe de hospitales quiere saber dónde ha de llevar a los heridos; y el correo de San Petersburgo trae una carta del Emperador que no admite la posibilidad de abandonar Moscú; y el rival del general en jefe no cesa de intrigar contra él (siempre existe uno de esos rivales, y más de uno) y propone un nuevo plan, diametralmente opuesto al proyecto de salir al camino de Kaluga; el general en jefe, rendido, necesita dormir y descansar; y en ese preciso instante un respetable general que no figura en la relación de condecorados viene a lamentarse, y la población civil pide que se la defienda; el oficial enviado para reconocer el terreno regresa diciendo lo contrario de lo que dijo el oficial enviado antes; el explorador que vuelve del campo enemigo, el prisionero y el general que también hizo su reconocimiento describen de maneras dispares las posiciones del ejército contrario. La gente que no comprende y olvida las condiciones en que se desenvuelve la actuación de un general en jefe describe la situación del ejército en Fili y supone que el general en jefe podía resolver libremente, el 1 de septiembre, el problema de si se debía abandonar o defender Moscú, cuando en las condiciones en que se encuentra el ejército, a cinco kilómetros de la capital, semejante problema no se podía ni plantear siquiera. ¿Cuándo, pues, se decidió? Se decidió en Drissa, en Smolensk y, de manera más perceptible, el 24 en Shevardinó, el 26 en Borodinó y, cada día, cada hora, cada instante, desde la retirada de Borodinó hasta Fili.
III
El ejército ruso, después de su retirada de Borodinó, se detuvo en Fili.
Cuando Ermólov, enviado por Kutúzov para inspeccionar las posiciones, dijo al Serenísimo que cerca de Moscú no podía presentarse batalla y que era necesario seguir retrocediendo, Kutúzov lo miró asombrado y le hizo repetir sus palabras.
—Dame la mano— le dijo, volviéndola para tomarle el pulso. —Tú no estás bien, querido. Piensa lo que dices.
En el monte Poklónnaia, a seis kilómetros de la puerta de Dorogomílov, Kutúzov se apeó de su coche y tomó asiento en un banco, al borde del camino. A su alrededor se juntó un nutrido grupo de generales a los que se unió el conde Rastopchin, que acababa de llegar de Moscú. Todos aquellos destacados personajes, divididos en grupos, conversaban sobre las ventajas y desventajas de la posición, sobre el estado de las tropas, los planes propuestos, la situación de Moscú y, en general, de los problemas militares. Todos se daban cuenta, aunque nadie lo manifestara, que se trataba de un consejo de guerra. Las conversaciones giraban en torno a cuestiones militares. Si alguno comentaba novedades personales, lo hacía a media voz y en seguida volvía al tema miliar. No había ni bromas, ni sonrisas: se esforzaban, evidentemente, por mantenerse a la altura de la situación. Cada grupo trataba de acercarse al general en jefe (cuyo banco formaba el centro de la reunión) y hablaban de manera que él pudiera oírlos. Kutúzov prestaba atención a todos; a veces hacía preguntas sobre lo que se comentaba en derredor, pero no se mezclaba en las conversaciones ni expresaba opinión alguna personal. Frecuentemente, después de escuchar lo que se decía en un grupo, se volvía decepcionado como si no fuera eso lo que él deseaba oír. Unos hablaban de la posición elegida y criticaban, más que la posición misma, la capacidad mental de quienes la habían escogido. Otros afirmaban que el error venía de atrás y que habría sido mejor aceptar la batalla dos días antes. En otro grupo se comentaba la batalla de Salamanca, sobre la cual había informado Cressart, un francés vestido con uniforme español, que acababa de llegar. (El francés, con un príncipe alemán que servía en el ejército ruso, comentaba el sitio de Zaragoza y la posibilidad de que Moscú se defendiera de la misma forma.) Más allá, el conde Rastopchin decía estar dispuesto a morir bajo los muros de Moscú con la milicia moscovita, pero no podía dejar de lamentar el desconocimiento de la situación en que se lo había tenido, añadiendo que, si lo hubieran puesto al corriente, las cosas habrían ocurrido de manera muy distinta... Otros, dando muestras de sus profundos conocimientos estratégicos, discutían sobre la dirección que deberían tomar las tropas. Algunos decían cosas absolutamente faltas de sentido.
El rostro de Kutúzov parecía cada vez más preocupado y triste. De todas esas conversaciones sacaba la conclusión de que no existía, en el sentido más amplio de la palabra, posibilidad física algunade proteger Moscú; es decir, que si hubiera un general en jefe tan loco que ordenara dar la batalla, se produciría tal confusión que el combate no tendría lugar. Y no lo tendría porque los más altos jefes no sólo hallaban imposible la posición ocupada, sino porque en sus conversaciones se interesaban únicamente de lo que sucedería después del inevitable abandono de la posición. ¿Cómo podían conducir su ejército aquellos generales a un campo de batalla que juzgaban imposible?
Los oficiales, y hasta los soldados (que también razonan), encontraban igualmente imposible la posición; no podían, pues, ir al combate con la seguridad de una derrota. Que Bennigsen insistiese en la defensa de esa posición y los demás en criticarla ya no importaba; no era más que un pretexto para la discusión y la intriga. Así lo entendía Kutúzov.
Bennigsen, que había escogido aquella posición y mostraba con ardor su patriotismo ruso (cosa que Kutúzov no podía oír sin fruncir el ceño), insistía en la defensa de Moscú. Kutúzov veía con meridiana claridad el verdadero objetivo de Bennigsen: en caso de fracasar, echaría la responsabilidad de la derrota sobre Kutúzov, que había llevado el ejército hasta Vorobiovy Gori sin combatir; en caso de éxito podría atribuírselo a su persona; y si su plan no se aceptaba, quedaba libre de responsabilidades por haber abandonado Moscú sin lucha. Pero en aquel momento no importaban al anciano las intrigas. Una sola y terrible cuestión lo preocupaba, pero nadie respondió a ella. Y para él esa cuestión consistía tan sólo en lo siguiente: “¿Es posible que haya sido yo quien ha permitido que Napoleón llegue a Moscú? ¿Cuándo lo hice? ¿Fue ayer cuando di a Plátov la orden de retroceder, o anteanoche cuando me quedé amodorrado y encargué a Bennigsen que diera las órdenes necesarias? ¿O ha sucedido antes?... ¿Pero cuándo, cuándo se decidió cosa tan horrible? Moscú debe ser abandonada, el ejército tiene que retroceder: hay que dar esa orden”. Y darla le parecía lo mismo que renunciar al mando supremo del ejército. No sólo amaba el poder, sino que se había acostumbrado a él (los honores tributados al príncipe Prozorovski, de quien había sido agregado en Turquía, lo irritaban). Estaba además convencido de ser la persona destinada a salvar Rusia y, sólo por ello, contra la voluntad del Zar pero con el beneplácito del pueblo, fue elegido general en jefe. Creía que tan sólo él podía, en aquellas circunstancias difíciles, ser el general en jefe y que ningún otro en todo el mundo estaba en condiciones de enfrentarse, sin sentir miedo, a su adversario: el invencible Napoleón; y lo horrorizaba la idea de la orden que debía dar. Pero había que tomar una decisión. Se debía terminar con las conversaciones demasiado libres que cundían en derredor.