Inmediatamente después de eso, los generales empezaron a dispersarse solemnes y silenciosos, como si volvieran de un entierro.
Algunos generales, con voz contenida, muy diferente de la que habían empleado en las discusiones, dijeron algo al general en jefe.
Malasha, a quien hacía tiempo esperaban para cenar, bajó de la estufa, apoyándose con los pies desnudos en los salientes; después, escurriéndose entre las piernas de los generales, desapareció por la puerta del zaguán.
Una vez que hubieron salido los generales, Kutúzov se sentó de nuevo y permaneció un buen rato con los codos apoyados en la mesa, pensando siempre en aquella terrible cuestión: "¿Cuándo, cuándo se decidió el abandono de Moscú? ¿Cuándo ocurrió lo que hizo fatal ese abandono? ¿Quién es el culpable?".
—Eso, eso no lo esperaba— dijo a su ayudante de campo, Schneider, que entró en la habitación ya avanzada la noche. —¡No me lo esperaba! ¡Jamás pensé en ello!
—Tiene que descansar, Alteza— dijo Schneider.
—¡Pues no! ¡Zamparán carne de caballo, como los turcos!— exclamó Kutúzov sin contestar a su ayudante, golpeando la mesa con su grueso puño. —¡La zamparán también ellos, con tal de que...!
V
Rastopchin, el hombre que figura como responsable del abandono e incendio de Moscú —acontecimiento mucho más grave que la retirada del ejército sin presentar batalla—, actuaba de manera muy distinta y en contradicción con Kutúzov.
El abandono de la ciudad y su incendio eran tan inevitables como la retirada sin lucha de las tropas más allá de la capital, después de Borodinó.
Cada ruso, no por deducciones lógicas sino guiándose solamente por el sentimiento que en ellos existe como existía ya en sus antecesores, habría podido predecir lo sucedido.
Empezando por Smolensk, en todas las ciudades y aldeas de Rusia, sin la intervención del conde Rastopchin ni de sus pasquines, sucedió lo mismo que en Moscú: el pueblo esperaba tranquilamente al enemigo, sin revueltas, sin disturbios: no despedazaba a nadie sino que esperaba sin alterarse, seguro de tener fuerzas, llegado el momento oportuno y más difícil, para decidir lo que debía hacer.
Y tan pronto como se acercaba el enemigo, los más ricos huían de la población, abandonando sus bienes; los más pobres se quedaban y destruían e incendiaban todo cuanto había en la ciudad.
La conciencia de que siempre ha sido y siempre será así yacía y yace en el corazón de todo ruso. Y esa conciencia, unida al presentimiento de que Moscú caería en poder del enemigo, se había difundido por toda la sociedad moscovita del año 1812.
Quienes comenzaron a salir de la ciudad en los últimos días de julio y primeros de agosto daban muestras de esperar lo que después sucedió. Los que abandonaron sus casas y la mitad de sus bienes, llevándose lo que podían trasladar consigo, obraban de esa manera por un patriotismo latente que no se expresaba con frases, ni con el sacrificio de los propios hijos para salvar la patria, o con otros actos semejantes contrarios a la naturaleza, sino, de manera sencilla, natural, que daba, por eso mismo, los mejores resultados.
“Es vergonzoso huir del peligro; sólo los cobardes huyen de Moscú”, se les decía. Hasta en sus pasquines Rastopchin trataba de convencerlos de que huían sólo los cobardes. Se avergonzaban de ser llamados cobardes, les remordía la conciencia huir, pero se iban de todas maneras, porque sabían que era necesario. ¿Por qué se iban? No puede suponerse que Rastopchin los asustara con los horrores que Napoleón cometía en las tierras conquistadas. Eran personas instruidas y ricas las que primero salieron de Moscú, aquellas que sabían muy bien que Viena y Berlín habían quedado intactas, que allí, durante la ocupación napoleónica, se había vivido alegremente con los encantadores franceses que tanto agradaban a los rusos y especialmente a las damas.
Abandonaban la ciudad porque los rusos no se preguntaban siquiera si lo pasarían bien o mal bajo la dominación francesa. Bajo los franceses no se podía vivir; peor que eso no había nada. Habían empezado a salir antes de Borodinó y más de prisa después de ella, a pesar de las declaraciones del general gobernador de la ciudad, que proponía salir con la Virgen de Iverisk y combatir al enemigo, a pesar de los globos aéreos que habían de exterminar a los franceses y demás tonterías que Rastopchin escribía en sus pasquines. Sabían que era el ejército quien debía batirse, y si el ejército no podía hacerlo no serían las señoritas y los criados quienes fueran a Tri Gori para enfrentarse con Napoleón, y que era necesario huir sin pensar en la pena que sentían al abandonar sus bienes.
Se iban y no comprendían la inmensa importancia de aquella enorme y rica capital abandonada por sus habitantes y condenada al fuego (una ciudad grande, de casas de madera, no puede por menos de arder cuando todos la abandonan). Se marchaban pensando cada uno en sí mismo; y a consecuencia de su marcha, aconteció el memorable hecho que quedará para siempre como el mejor timbre de gloria del pueblo ruso. Aquella señora que ya en el mes de junio salía de Moscú con sus criados negros y sus bufones para refugiarse en su casa de campo de Sarátov, con la vaga convicción de que no era una criada de Bonaparte, y temerosa de que la hicieran regresar por orden de Rastopchin, contribuía sencillamente a la gran empresa que salvó a toda Rusia. Y el conde Rastopchin, que bien avergonzaba a los fugitivos, bien evacuaba de la ciudad todas las oficinas públicas, bien repartía entre la chusma de borrachos armas inservibles, bien hacía salir en procesión las imágenes sagradas, bien prohibía al metropolitano Agustín que sacara las reliquias e iconos, bien requisaba todos los carros particulares existentes en Moscú, para llevar sobre ciento treinta y seis carros el globo fabricado por Leppich, tan pronto insinuaba que incendiaría la ciudad, contando cómo prendió fuego a su propia casa, como escribía una proclama a los franceses para reprocharles solemnemente el saqueo de un hospicio, como se atribuía toda la gloria del incendio de Moscú, o lo negaba, ordenando al pueblo que apresara a todos los espías y los llevaran a su presencia, bien reprochaba al pueblo por hacerlo; tan pronto expulsaba de Moscú a todos los franceses y dejaba en la ciudad a la señora Aubert-Chalmet, que era el centro de toda la colonia francesa de la capital, y sin razón alguna ordenaba detener y deportar al viejo y venerable jefe de Correos Kliuchárov; bien reunía al pueblo para ir a Tri Gori a luchar contra los franceses y, para desembarazarse de ese mismo pueblo, lo arrojaba como presa a un hombre, mientras él huía por la puerta de servicio; aseguraba además que él no sobreviviría a la desgracia de Moscú y escribía en los álbumes versos francesessobre su propia participación en la empresa. Ese hombre no comprendía la trascendencia del acontecimiento que se estaba gestando. Deseaba hacer algo, asombrar, representar un papel cualquiera, patriótico y heroico, y, como un niño, se divertía con el hecho grandioso e inevitable del abandono e incendio de Moscú, mientras con su débil mano trataba unas veces de animar y otras de frenar la impetuosa corriente popular que lo arrastraba consigo.
VI
A su regreso con la Corte de Vilna a San Petersburgo, Elena se encontró en una situación embarazosa.
Gozaba en San Petersburgo de la protección especial de un personaje situado en uno de los puestos más importantes del Estado. Pero en Vilna había intimado con un joven príncipe extranjero. Cuando regresó a San Petersburgo, el príncipe y el alto personaje (ambos estaban allí) quisieron hacer valer sus derechos y a Elena se le planteó un problema, nuevo para ella, de conservar sus íntimas relaciones con ambos sin ofender a ninguno de los dos.
Pero lo que a otra mujer habría parecido difícil y, quizá, imposible no hizo vacilar un instante a la condesa Bezújov, que no en vano era considerada mujer inteligentísima. Disimular y procurar salir de apuros mediante la astucia era estropearlo todo y declararse culpable. Por el contrario, como persona verdaderamente fuerte que puede cuanto quiere, Elena se situó en el terreno de alguien a quien asiste la razón, cosa en la cual creía sinceramente, colocando a todos los demás en situación de culpables.