Выбрать главу

No tardó en esparcirse el rumor por toda la ciudad. No se decía que Elena estaba a punto de divorciarse (en ese caso muchos se habrían manifestado contra tales propósitos); se aseguraba, por el contrario, que la bella y desgraciada Elena estaba indecisa y no sabía con cuál de los dos casarse. Nadie se preguntaba cómo era posible semejante cosa, sino solamente qué partido sería el más ventajoso y cómo recibiría la Corte aquel matrimonio. Había, es cierto, algunos retrógrados que no sabían colocarse a la altura precisa y veían en el proyecto una profanación del sacramento del matrimonio; pero eran pocos y procuraban callarse. La mayoría estaba interesada en la felicidad que la suerte había deparado a Elena y se preguntaba qué elección sería mejor; nadie se preguntaba si estaba bien o mal casarse teniendo marido vivo, puesto que eso estaba ya evidentemente resuelto por personas más inteligentes "que usted y yo” (como se decía), y dudar si la solución era o no justa entrañaba el peligro de mostrar la propia insensatez y falta de experiencia mundana.

Únicamente María Dmítrievna Ajrosímova, llegada aquel verano a San Petersburgo para ver a uno de sus hijos, se permitió expresar a las claras su propia opinión, contraria en absoluto a la adoptada por la sociedad elegante. Al encontrar en un baile a Elena, la detuvo en medio de la sala y, en tono alto, con ruda voz, dijo entre el silencio generaclass="underline"

—Ya veo que aquí os casáis en vida del marido. ¿Creerás que has descubierto una novedad, verdad? Pues se te han adelantado, querida. Eso lo inventaron hace tiempo. Se hace en todos los...

Y dicho lo que tenía que decir, María Dmítrievna, arreglándose con su gesto habitual las mangas del vestido, atravesó la sala mirando en derredor con aire severo.

Aunque temían a María Dmítrievna, en San Petersburgo la consideraban una excéntrica, y por eso, de todas sus palabras, la gente sólo retuvo la más vulgar. La repetían a media voz y en ella encontraban toda la sal de cuanto había dicho.

El príncipe Vasili, que en aquellos tiempos olvidaba con mucha frecuencia lo que había dicho, y repetía cien veces lo mismo, cada vez que veía a su hija, le decía: —Hélène, j'ai un mot à vous dire— y se la llevaba aparte, tirando de su mano hacia abajo. —J'ai eu vent de certains projets relatifs à... Vous savez. Eh bien, ma chère, enfant, vous savez que mon coeur de père se réjouit de vous savoir... Vous avez tant souffert... Mais, chère enfant... ne consultez que votre coeur. C'est tout ce que je vous dis. 456

Y ocultando su emoción, que era siempre la misma, tocaba con su mejilla la de Elena y se alejaba.

Bilibin, que no había perdido su reputación de hombre ingenioso y era amigo desinteresado de Elena, uno de esos amigos que nunca dejan de ser amigos de las mujeres brillantes sin poder pasar jamás a la categoría de enamorados, un día en una tertulia de petit comitédio a Elena su opinión sobre el asunto.

—Écoutez, Bilibine— Elena llamaba por el apellido a los amigos de esa clase. —Dites-moi comme vous diriez à une soeur, que dois-je faire? Lequel des deux? 457

Y posó en él su mano blanca y ensortijada. Bilibin arrugó la frente y quedó pensativo. Después dijo:

—Vous ne me prenez pas desprevenido, vous savez. Comme véritable ami, j'ai pensé et repensé à votre affaire. 458Fíjese: si se casa con el príncipe— era el joven, —pierde para siempre la posibilidad de casarse con el otro y disgusta a la Corte: ya sabe usted que hay cierto parentesco. En cambio, si se casa con el viejo conde, hace la felicidad de sus últimos días y después, como viuda del gran... El joven príncipe no haría un matrimonio desigual casándose con usted.

Y desarrugó la frente.

—Voilà un véritable ami— dijo Elena radiante, poniendo de nuevo su mano en el brazo de Bilibin, —mais c'est que j'aime l'un et l'autre, je ne voudrais pas leur faire de chagrin. Je donnerais ma vie pour leur bonheur à tous deux. 459

Bilibin se encogió de hombros dando a entender que ni él mismo podía hacer nada contra tamaño dolor.

"Une maîtresse femme! Voilà ce qui s'appelle poser carrément la question. Elle voudrait épouser tous les trois à la fois”, pensó. 460

—Y su marido, ¿qué piensa de todo esto?— dijo, sin temer, gracias a la solidez de su reputación, perder algo de prestigio por semejante pregunta, tan ingenua. —¿Consiente?

—Ah! Il m'aime tant!— respondió Elena, quien, no se sabe por qué, creía también en el amor de Pierre. —Il fera tout pour moi.

Bilibin recogió los pliegues de la frente para subrayar lo que iba a decir:

—Même le divorce.

Elena rió.

Entre las personas que se permitían dudar de la legalidad del proyectado matrimonio estaba la madre de Elena, la princesa Kuráguina. Siempre había sentido celos de su hija; y ahora que el motivo de los celos la afectaba más, la princesa no podía admitir semejante idea. Consultó con un sacerdote ruso si era posible el divorcio y la boda viviendo el primer marido; el sacerdote le aseguró que era imposible y, con gran alegría por su parte, le hizo ver el texto del Evangelio donde se rechazaba categóricamente, según el parecer del sacerdote, la posibilidad de contraer matrimonio en vida del marido.

Armada de semejante argumento, que le parecía indiscutible, la princesa se dirigió muy de mañana a ver a su hija con intención de hablar a solas con ella.

Elena escuchó las objeciones de su madre y sonrió dulcemente con aire burlón:

—Ya ves, aquí se dice claramente: quien se case con una mujer divorciada...— dijo la vieja princesa.

—Ah! maman, ne dites pas de bêtises. Vous ne comprenez rien. Dans ma position j'ai des devoirs 461— dijo Elena, pasando del ruso al francés, porque le parecía que en lengua rusa su caso era siempre más complicado.

—Pero, querida...

—Ah! maman, comment est-ce que vous ne comprenez pas que le Saint-Père, qui a le droit de donner les dispenses?... 462

En aquel instante, la señorita de compañía de Elena entró para advertir de que Su Alteza estaba en la sala y deseaba verla:

—Non, dites-lui que je ne veux pas le voir, que je suis furieuse contre lui, parce qu'il m’a manqué de parole. 463

—Comtesse, à tout péché miséricorde 464— dijo entrando en la habitación un joven rubio de cara y nariz alargadas.

La vieja princesa se levantó respetuosamente e hizo una reverencia. El joven no reparó en ella. La princesa saludó con la cabeza a su hija y se dirigió hacia la puerta.

“Sí, tiene razón —pensó la vieja princesa, cuyas convicciones se derrumbaron a la vista de Su Alteza—. Tiene razón. Pero, ¿cómo es posible que nosotros, en nuestra irrecuperable juventud, no lo supiéramos? Y era tan sencillo...”

Y con estos pensamientos se acomodó en su coche.

A primeros de agosto el asunto de Elena estaba resuelto. Escribió a su marido (en cuyo gran amor creía) una carta anunciándole su intención de casarse con N. N. y notificándole su conversión a la única religión verdadera. Le pedía que cumpliera todas las formalidades requeridas para el divorcio, formalidades que se encargaría de explicarle el portador de la carta.

“Sur ce, je prie Dieu, mon ami, de vous avoir sous sa sainte et puissante garde. Votre amie, Hélène.” 465

Esta carta fue llevada a casa de Pierre cuando él se hallaba en el campo de Borodinó.

VIII

Hacia el final de la batalla de Borodinó, abandonando por segunda vez la batería de Raievski, Pierre se dirigió con grupos de soldados, andando por un barranco, a Kniazkovo, donde estaba el puesto de socorro. Pero al ver tanta sangre y escuchar los gritos y lamentos de los heridos se apresuró a seguir adelante, mezclado con los soldados.

Lo único que en aquellos momentos deseaba con toda su alma era alejarse lo antes posible de la espantosa impresión de aquel día; volver a sus condiciones de vida habituales, dormirse tranquilamente en su habitación y en su lecho. Estaba convencido de que si volvía a sus condiciones de vida habituales podría comprender cuanto había visto y experimentado. Pero esas condiciones habituales no existían en ninguna parte.