Rastopchin se daba cuenta de ello y eso lo irritaba.
El jefe de policía, que había sido detenido por la muchedumbre, entró a ver al conde cuando un ayudante pasaba a decirle que los caballos estaban enganchados y el coche dispuesto. Ambos estaban pálidos. El jefe de policía, en su informe sobre la situación, comunicó al conde que en el patio había una enorme muchedumbre que deseaba verlo.
Rastopchin se levantó sin decir una palabra y, con pasos rápidos, entró en un salón lujoso y lleno de luz. Se acercó al balcón, quiso abrirlo, pero lo pensó mejor y se dirigió a una ventana desde la que veía mejor a la multitud. El mozo alto sobresalía en una de las primeras filas; decía algo con rostro serio y movía mucho los brazos. El herrero de la cara ensangrentada lo acompañaba con aire sombrío. A través de las ventanas cerradas llegaba el rumor de las voces.
—¿Está dispuesto el coche?— preguntó Rastopchin, separándose de la ventana.
—Sí, Excelencia, está dispuesto— contestó el ayudante.
Rastopchin se acercó de nuevo al balcón.
—Pero ¿qué quieren?— preguntó al jefe de policía.
—Excelencia, dicen que se han reunido para ir, según sus órdenes, contra los franceses. Gritan no sé qué sobre los traidores. Pero la gente está revuelta, Excelencia. Me ha costado librarme de ellos... Me permito decirle...
—¡Retírese! No tengo necesidad de que me diga lo que debo hacer— gritó colérico Rastopchin.
De pie, junto a la puerta del balcón, miraba fijamente a la muchedumbre.
“¡Eso es lo que han hecho de Rusia! ¡He aquí lo que han hecho de mí!”, pensó; y en su alma se levantó una cólera irrefrenable contra aquel a quien pudiera imputarse lo que estaba sucediendo. Como ocurre frecuentemente a los hombres coléricos, ya no se dominaba y buscaba todavía el objeto de su ira.
“La voilà, la populace, la lie du peuple, la plèbe qu’ils ont soulevée par leur sottise. Il leur faut une victime”, 479pensó mirando al mozo alto que agitaba los brazos. Y pensó así porque su cólera reclamaba una víctima, un objeto.
—¿Está ya el coche?— preguntó por segunda vez.
—Sí, Excelencia... ¿Qué ordena respecto a Vereschaguin? Está esperando en el zaguán— respondió el ayudante.
—¡Ah!— exclamó Rastopchin, como dominado por un recuerdo imprevisto.
Y abriendo rápidamente la puerta salió decidido al balcón. Los gritos cesaron inmediatamente; todos se quitaron los sombreros y gorros y volvieron sus ojos hacia él.
—¡Hola, muchachos!— dijo el conde en voz alta y con rapidez. —Gracias por haber venido. Sólo un momento y estoy con vosotros. Pero antes debemos ocuparnos de un malvado. Debemos castigar al malvado que ha causado la pérdida de Moscú. Esperadme.
Y con la misma vivacidad volvió a entrar, cerrando de golpe el balcón, Por la muchedumbre corrió un murmullo de aprobación. "¡Va a terminar con todos los malhechores! Y tú decías que era francés... Va a poner las cosas en su punto”, decían como reprochándose mutuamente la propia desconfianza.
Unos minutos después se abrió la puerta principal para dar paso a un oficial que dio ciertas órdenes. Los dragones se cuadraron. La muchedumbre se acercó precipitadamente al porche. Rastopchin, con pasos rápidos y expresión iracunda, salió a la puerta y miró alrededor como buscando a alguien.
—¿Dónde está?— preguntó.
Y diciendo eso descubrió junto a la esquina de la casa a un joven de largo y delgado cuello, con media cabeza rasurada y peluda la otra mitad, que avanzaba entre dos dragones. El joven vestía un corto chaquetón de piel de zorro cubierto de paño azul, antaño elegante, pero muy deteriorado, y viejos pantalones de presidiario, metidos en las cañas de unas botas sucias y gastadas. De las piernas, débiles y flacas, colgaban las cadenas, que dificultaban más aún sus vacilantes pasos.
—¡Ah!— dijo Rastopchin, apartando en seguida los ojos del joven de la chaqueta de piel de zorro. Indicó la última grada de la escalera y dijo: —Ponedlo aquí.
El joven, arrastrando las cadenas, subió con gran dificultad la grada y sujetó con un dedo el cuello de la pelliza, que le molestaba. Volvió por dos veces el largo cuello y suspiró; después, con gesto dócil, cruzó sobre el vientre sus delicadas manos, no acostumbradas al trabajo manual.
Mientras el joven hacía todo eso, hubo unos segundos de silencio. Sólo en las últimas filas, las de la gente allí apretujada, se oyeron toses, quejidos, exclamaciones y ruido de pisadas. Mientras colocaban al preso en el sitio indicado, Rastopchin permaneció con el ceño fruncido frotándose la cara con la mano.
—Muchachos— dijo después, con voz sonora y metálica. —Este hombre, Vereschaguin, es el miserable por cuya culpa perece Moscú.
El joven del chaquetón de piel permanecía en actitud resignada, con las manos sobre el vientre y la espalda ligeramente encorvada. Los ojos de aquel rostro enjuto, deformado por el cráneo a medio rasurar, de expresión desalentadora, permanecían fijos en el suelo. A las primeras palabras del conde levantó lentamente la cabeza, miró al gobernador de abajo arriba, como si quisiera decirle algo o por lo menos encontrarse con su mirada. Pero Rastopchin no lo miraba. Bajo la piel de su largo y delgado cuello, detrás de la oreja, se veía una vena hinchada y azul. De pronto, su rostro enrojeció.
Todas las miradas estaban fijas en él. Volvió los ojos a la muchedumbre y, como si lo animara la expresión que leía en todos aquellos rostros, sonrió triste y tímidamente, bajó de nuevo la cabeza y acomodó mejor sus piernas.
—Ha traicionado al Zar y a la patria. Se ha vendido a Bonaparte. Es el único entre todos los rusos que ha envilecido su nombre. Sólo por su culpa sucumbe Moscú— decía Rastopchin con voz uniforme y áspera. Mas, de pronto, dirigió hacia abajo una rápida mirada a Vereschaguin, que seguía en su dócil actitud, y como si esa visión lo excitara, gritó volviéndose a la gente y alzando la mano: —¡Haced con él lo que queráis! ¡Os lo entrego!
La muchedumbre guardó silencio y se apretujó aún más. Era insoportable permanecer los unos contra otros, respirar aquel vaho pestífero, no poder moverse y esperar algo desconocido, incomprensible y terrible. Los hombres de las primeras filas, que escuchaban y comprendían todo lo que estaba ocurriendo delante de ellos, con los ojos empavorecidos y la boca abierta, se esforzaban para resistir la presión de los que estaban detrás.
—¡Acabad con él!... ¡Que muera el traidor y no vuelva a manchar el nombre de Rusia!— gritó Rastopchin. —¡Matadlo! ¡Os lo ordeno!
La muchedumbre no entendió las palabras de Rastopchin; sólo percibió el airado sonido de su voz; gimió y se hizo adelante, pero volvió a detenerse.
—¡Conde!...— dijo en medio del silencio la voz tímida y al mismo tiempo bien timbrada de Vereschaguin. —Conde, sólo Dios está sobre nosotros...— levantó la cabeza y de nuevo la gruesa vena de su cuello delicado se llenó de sangre; su rostro palideció. No pudo terminar de decir lo que quería.
—¡Matadlo! ¡Yo lo ordeno!— gritó Rastopchin, palideciendo de pronto igual que Vereschaguin.
—¡Fuera sables!— gritó el oficial a los dragones desenvainando él mismo la espada.
Una oleada aún más fuerte recorrió la muchedumbre y, llegando a las primeras filas, empujó a los que estaban delante y los acercó a las mismas gradas del porche. El mozo alto, como petrificado, se paró con el brazo en alto al lado de Vereschaguin.
—¡Dadle!— susurró apenas el oficial de dragones.
Y uno de los soldados, con el rostro alterado por la ira, golpeó a Vereschaguin en la cabeza de plano con el sable.