Aunque desharrapados, hambrientos, agotados y reducidos a la tercera parte de sus efectivos, los franceses entraron en Moscú en buen orden. Era un ejército agotado, exhausto, pero todavía temible y dispuesto a combatir.
Pero esto fue así hasta que los soldados de ese ejército empezaron a entrar en las casas. En cuanto comenzaron a dispersarse por las estancias vacías de las moradas ricas y abandonadas, el ejército como tal desapareció para siempre; ya no hubo ni soldados ni habitantes, sino algo intermedio que se llama merodeadores. Cuando, cinco semanas más tarde, esos mismos hombres salían de Moscú, ya no formaban un ejército, sino una banda de malhechores, cada uno de los cuales llevaba consigo todo cuanto le parecía valioso y necesario. El objetivo de cada uno, al salir de Moscú, no consistía ya, como antes, en conquistar, sino en conservar lo adquirido. Como el mono que mete la mano en el estrecho gollete de un cántaro, agarra un puñado de nueces y teme abrir el puño para no perder su contenido y obrando así acaba por perder la vida, así los franceses, a la salida de Moscú, debían perecer fatalmente porque se empeñaban en arrastrar consigo todo cuanto habían robado. Abandonar el producto del saqueo les era tan difícil como al mono abrir la mano llena de nueces.
A los diez minutos de entrar los franceses en un barrio ya no quedaban ni soldados ni oficiales. Por las ventanas de las casas se veían hombres vestidos con capotes y polainas que se reían e iban de una sala a otra. En las despensas y bodegas esos mismos hombres disponían de los alimentos; en los patios esos mismos hombres echaban abajo las puertas de hangares y cuadras; en las cocinas encendían fuego y, con las mangas remangadas, amasaban, cocían, asustando, divirtiendo o acariciando a las mujeres y los niños. Hombres así los había por todas partes, en las bodegas y en las tiendas; pero ya no había ejército.
Aquel mismo día el mando francés dictó orden tras orden prohibiendo severamente que las tropas se dispersaran por la ciudad; castigaban todo acto de violencia y robo y disponían que por las noches se pasara lista. Mas a pesar de todas las prohibiciones y de las medidas tomadas, los hombres que antes constituían un ejército se dispersaron por aquella ciudad rica y deshabitada que ofrecía toda clase de comodidades y provisiones. Eran como un rebaño hambriento, que marcha junto y en tropel por un campo yermo pero se dispersa en cuanto llega a un lugar de pastos abundantes.
Habían desaparecido los habitantes de Moscú, y los soldados, como ocurre con el agua en la arena, se filtraron por todas partes y se extendieron irradiando desde el Kremlin, donde habían entrado al principio. Los de caballería, al ocupar con todos sus bagajes una casa abandonada por los mercaderes, hallaban cuadras suficientes para las bestias, mas a pesar de ello pasaban a la casa vecina, que les parecía mejor. Muchos escribían con tiza sus nombres en las paredes de varias casas, indicando quiénes las habían ocupado, y disputaban su posesión con miembros de otras unidades hasta llegar a las manos. Una vez instalados, los soldados se desparramaban por las calles para ver la ciudad y, dándose cuenta de que todo estaba deshabitado, iban a los lugares donde podían encontrar de balde objetos de valor. Los jefes acudían a frenar el saqueo, pero hasta ellos mismos se dejaban tentar por los actos de rapiña. En la calle Karétnaia había varios almacenes de coches y los generales se agolpaban allí para escoger carrozas y berlinas a su gusto. Los habitantes que habían permanecido en Moscú invitaban a los jefes a sus casas, para librarse así del saqueo de la soldadesca. Era tal la abundancia y riqueza de la ciudad que parecía no tener fin. Y alrededor de los lugares ocupados por las tropas había otros, desconocidos y desocupados, que, según pensaban los franceses, guardaban riquezas todavía mayores. Moscú los absorbía cada vez más y más. El agua que empapa la tierra seca desaparece y pronto no queda ni agua ni tierra seca: eso ocurrió con aquel ejército hambriento que entraba en una ciudad llena de bienes y vacía; desapareció el ejército y desapareció la rica ciudad. Todo se convirtió en fango, aparecieron los incendios y el saqueo.
Los franceses atribuyen el incendio de Moscú al patriotisme féroce de Rastopchine; los rusos, a la barbarie francesa. En realidad, no había motivos —ni podía haberlos— para atribuir el incendio de Moscú a una o varias personas. Moscú ardió porque fue puesto en unas condiciones en las que cualquier otra ciudad construida de madera habría ardido, tuviera o no ciento treinta bombas de incendios en mal estado. Moscú tenía que arder porque sus habitantes la habían abandonado, y eso era tan inevitable como que termine por arder un montón de virutas sobre el que caen chispas durante varios días. Una ciudad de casas de madera en la que se originaban varios incendios diarios, aun cuando estaban en ella sus habitantes y dueños y la policía, no podía menos de arder ahora que la gente se había ido y en su lugar quedaban soldados que fumaban sus pipas y encendían hogueras en la plaza del Senado, quemando las sillas del edificio, y cocinaban sus dos comidas al día.
En tiempos de paz, basta que las tropas instalen sus cuarteles en una aldea durante unos días para que inmediatamente aumente el número de incendios. ¿Cómo no iban a aumentar las probabilidades de incendio en una ciudad vacía, construida de madera y ocupada por un ejército enemigo? Le patriotisme féroce de Rastopchine 486y la barbarie francesa no tienen culpa de nada. Moscú ardió por culpa de las pipas, de las cocinas, de las hogueras, de la desidia de los soldados enemigos y de unos habitantes que no eran propietarios de las casas en que vivían. Aunque hubiera habido incendiarios (lo que es muy dudoso, puesto que nadie tenía motivo alguno para incendiar y, en todo caso, resultaba complicado y peligroso), no se los puede considerar como causantes, pues de todas maneras habría ocurrido lo mismo.
Por muy halagüeño que resulte a los franceses achacarlo a la ferocidad de Rastopchin y a los rusos a la barbarie de Bonaparte, y después poner una tea heroica en manos de su pueblo, debemos reconocer que tal causa no pudo existir, puesto que Moscú tenía que arder como cualquier aldea, fábrica o casa cuyos dueños se hubieran ido siendo ocupadas por personas extrañas para vivir y cocinar. Moscú fue incendiado por sus habitantes, es verdad, pero por los que se habían ido, no por los que quedaron. Moscú, ocupada por el enemigo, no quedó intacta como Berlín o Viena y otras capitales por la razón de que sus habitantes no ofrecieron el pan y la sal ni entregaron las llaves a los franceses, sino que salieron de la ciudad.
XXVII
La expansión en amplios círculos de las tropas francesas por Moscú no llegó hasta la tarde del 2 de septiembre al barrio que ahora habitaba Pierre.
Los dos últimos días, tan extraordinarios y vividos en el aislamiento, condujeron a Pierre a un estado próximo a la demencia. Un solo e incesante pensamiento se había adueñado de su ser. Ni siquiera sabía cómo ni cuándo, pero ese pensamiento lo obsesionaba de tal manera que no se acordaba en absoluto del pasado, no comprendía nada del presente y todo cuanto veía y oía sucedía ante él como en un sueño.
Pierre había abandonado su casa para escapar a las complicaciones y exigencias de su propia vida, que, en su estado, le era imposible resolver. No se había dirigido a casa de Osip Alexéievich con el pretexto de revisar los libros y documentos del difunto, sino para buscar la calma; el recuerdo del bienhechor se unía en su espíritu a un mundo de ideas eternas, serenas y solemnes, completamente opuestas a la confusión que sentía. Buscaba un asilo tranquilo y lo había encontrado en el gabinete de trabajo de Osip Alexéievich. Cuando en el absoluto silencio de aquel despacho tomó asiento y se acodó en la polvorienta mesa del difunto, los recuerdos de los últimos días, y sobre todo el de la batalla de Borodinó, volvieron con claridad a su mente y con ellos la conciencia de su propia nulidad, de la mentira de su vida, en comparación con la verdad, sencillez y fuerza de aquella clase de hombres a los que llamaba en su corazón con una sola palabra: ellos.