Bastaría, no obstante, renunciar a la falsa opinión, admitida para contentar a los héroes, sobre la eficacia de las disposiciones tomadas por el alto mando durante la guerra para encontrar la desconocida x.
La incógnita xes la moral del ejército; es decir, el mayor o menor deseo que tienen de combatir y exponerse al peligro todos los hombres que lo componen, sin importarles el hecho de saber si lucharán mandados por genios o no, en tres o dos líneas, con garrotes o fusiles de treinta disparos por minuto. Los que tienen mayor deseo de pelear se colocan siempre en las más ventajosas posiciones para la batalla.
La moral del ejército es el factor que, multiplicado por la masa, produce la fuerza.
La misión de la ciencia consiste precisamente en determinar y expresar la importancia de esa moral, de ese factor desconocido.
Tal problema no se resolverá hasta que dejemos de sustituir arbitrariamente la x incógnita con las condiciones en las cuales se manifiesta, es decir: las órdenes del jefe militar, el armamento, etcétera, considerándolas como la expresión del valor del multiplicador; y tomemos en cambio a éste en su integridad, es decir, como la voluntad mayor o menor de batirse y exponerse al peligro. Sólo entonces, una vez puestos en la ecuación los hechos históricos conocidos, podremos esperar definir la incógnita x, comparando caso por caso sus valores relativos.
Diez hombres, diez batallones, diez divisiones, que combaten contra quince hombres, batallones o divisiones, los vencen, o sea, han hecho prisioneros o dado muerte a todos sus componentes y a su vez han perdido cuatro. Es decir, un bando ha perdido cuatro, y el otro, quince: por tanto, 4 es igual a 15, es decir: 4x= 15y, de donde x:y =15:4. Esta ecuación no nos da el valor de la incógnita, sino la relación entre dos incógnitas. Si la aplicamos a las diversas unidades históricas tomadas aisladamente —batallas, campañas, períodos de guerras—, obtendremos series de números en las cuales deben existir leyes que pueden ser descubiertas.
La regla táctica, según la cual se debe actuar con las masas para el ataque y en orden disperso para la retirada, confirma, sin querer, la verdad de que la fuerza de un ejército depende de su moral. Para llevar a unos hombres bajo las balas se necesita mayor disciplina que para defenderse de un ataque, disciplina que siempre es el resultado de un movimiento de masas. Pero esta norma, en la que no se toma en cuenta la moral del ejército, resulta casi siempre falsa, y contradice sobre todo la realidad cuando la moral del ejército está en alza o en depresión, como ocurre en todas las guerras nacionales.
Al retirarse los franceses en 1812, aunque, de acuerdo con la táctica, habrían debido defenderse en grupos dispersos, se apretaron en masas compactas siguiendo las reglas de la táctica, porque la moral del ejército era tan baja que sólo la masa podía sostenerlos. Por el contrario, los rusos, según la misma norma, habrían debido atacar en masa, cuando en realidad se dispersaron, porque su moral era tan alta que los individuos aislados no necesitaban órdenes para batir a los franceses ni tenían que ser obligados para exponerse al sufrimiento y al peligro.
III
La así llamada guerra de guerrillas comenzó con la entrada del enemigo en Smolensk.
Antes de que esa guerra fuera oficialmente aceptada por el gobierno ruso, miles de enemigos —merodeadores rezagados, patrullas destacadas en busca de forraje— habían muerto a manos de los cosacos y campesinos, que mataban a aquellos hombres instintivamente, lo mismo que los perros acaban con un perro rabioso.
Denís Davídov, con su instinto ruso, fue el primero en comprender la importancia de aquella terrible arma que, sin cuidarse de las reglas del arte militar, aniquilaba a los franceses. A él corresponde la gloria de haber realizado los primeros intentos de regular ese método de guerra.
El primer destacamento guerrillero de Davídov fue instituido el 24 de agosto, y a continuación se organizaron otros muchos. Conforme avanzaba la campaña, tanto mayor se hacía el número de aquellos destacamentos.
Los guerrilleros aniquilaban al gran ejército por partes. Recogían las hojas que se desprendían del árbol seco del ejército francés y no pocas veces sacudían el tronco. En octubre, cuando los franceses corrían hacia Smolensk, se contaban ya por cientos las partidas, de importancia y características diversas. Algunas habían adoptado todos los métodos de un ejército regular, con infantería, artillería, Estado Mayor y ciertas comodidades posibles en la vida de campaña. Otras eran cuerpos especiales de cosacos y caballería; existían pequeños grupos mixtos, de infantes y jinetes, o los formados por campesinos y terratenientes, a los que nadie conocía. Cierto sacristán convertido en jefe de una de esas partidas hizo a lo largo de un mes cientos de prisioneros; y la mujer de un stárosta, llamada Vasilisa, mató a centenares de franceses.
Los últimos días de octubre fueron los más intensos en esa guerra de guerrillas. Había pasado ya aquel primer período en que los propios guerrilleros, asombrados de su audacia, temían a cada instante caer en manos del enemigo, ser rodeados por él y se ocultaban en los bosques, sin casi apearse de sus caballos. La campaña había adquirido ya perfiles más claros y todos sabían perfectamente lo que se podía hacer contra los franceses y hasta qué límite debían arriesgarse. Ahora, sólo los jefes de destacamentos importantes que, con sus Estados Mayores, según las reglas, se tenían a distancia y perseguían a los franceses creían aún imposibles muchas cosas. En cambio, los pequeños grupos guerrilleros que desde hacía tiempo se habían lanzado al campo y seguían al enemigo muy de cerca encontraban muy factible aquello que los jefes de los destacamentos grandes no se atrevían siquiera a pensar. Y los cosacos y campesinos, que husmeaban entre los franceses, lo creían ya todo posible.
El 22 de octubre, Denísov, jefe de un grupo de guerrilleros, se hallaba con todo su destacamento en lo más agitado de la campaña. Desde la mañana estaba con su partida en marcha, a través de los bosques que bordeaban el camino, en seguimiento de un gran convoy francés con caballería y prisioneros rusos. Este convoy se había separado del resto del ejército y, con fuerte escolta —según noticias de exploradores y prisioneros—, se dirigía hacia Smolensk. No sólo Denísov, sino Dólojov (que figuraba también como comandante de una pequeña partida), que seguía de cerca a Denísov así como otros jefes de destacamentos grandes, con Estado Mayor, tenían puesta la vista en aquel convoy. Todos conocían su existencia y, como decía Denísov, estaban al acecho.
Dos jefes de destacamentos grandes, uno polaco y el otro alemán, cada uno por su parte y casi al mismo tiempo, propusieron a Denísov que se uniese a ellos para atacar el convoy.
—No, amigos, nos arreglaremos solos— se dijo Denísov después de leer la invitación.
Y escribió al alemán que, a pesar de su vivo deseo de hallarse bajo las órdenes de tan glorioso y célebre general, se veía obligado a rechazar tal honor puesto que se encontraba ya bajo el mando del general polaco. Al polaco escribió lo mismo, diciéndole que ya estaba a las órdenes del alemán.
Denísov tenía la intención, sin informar de ello a sus jefes superiores, de unirse a Dólojov para atacar y conquistar el convoy con sus reducidas fuerzas. El convoy había salido el 22 de octubre desde la aldea de Mikúlino rumbo a la de Shámshevo. A la izquierda había grandes bosques, que a veces llegaban al borde mismo del camino y otras se separaban más de un kilómetro. Ya internándose en la espesura, ya apareciendo en sus lindes, Denísov avanzó durante todo el día con sus hombres sin perder de vista a los franceses.