Llovía desde por la mañana y cuando parecía que la lluvia estaba a punto de cesar y despejaría, al cabo de una breve interrupción arreciaba el aguacero. La tierra, completamente empapada, no podía absorber más agua y las rodadas del camino se convirtieron en torrentes.
Pierre caminaba mirando hacia los lados; contaba sus pasos de tres en tres doblando los dedos. Dirigiéndose a la lluvia, decía para sí: “¡Arrecia más, mucho más!”.
Le parecía no pensar en nada, pero allá en el fondo de su espíritu estaba ocurriendo algo muy importante y consolador. Era la deducción profunda y espiritual de su conversación de la víspera con Karatáiev.
Durante el descanso de la noche anterior, tiritando junto a la hoguera apagada, Pierre se levantó para acercarse a la más próxima, bien encendida. Allí estaba sentado Platón, con la cabeza envuelta en un capote como si fuera una casulla; contaba con su voz apacible y grata, aunque débil a causa de su enfermedad, una historia ya conocida por Pierre. Había pasado de la medianoche, era el momento cuando Karatáiev acostumbraba a salir de su crisis febril y estaba más animado. Al acercarse a la hoguera Pierre oyó la voz enfermiza de Platón, contempló su rostro macilento, iluminado por el fuego, y sintió una desagradable punzada en el corazón. Se asustó de su propia piedad hacia aquel hombre y habría querido irse, pero no había otras hogueras y Pierre, tratando de no mirarlo, acabó por sentarse.
—¿Cómo va esa salud?— preguntó.
—¿Qué salud?— dijo el enfermo. —Si lloramos la enfermedad, Dios no nos enviará la muerte— y prosiguió el relato interrumpido. —...Y así ocurrió, hermano —continuó Platón con una sonrisa en su rostro flaco y pálido y un brillo especial y alegre en los ojos.
Pierre conocía la historia. Karatáiev se la había contado seis veces a él solo y siempre con un particular sentimiento de alegría. Sin embargo, la oyó aquella noche como si fuera nueva. Se sintió contagiado por el plácido entusiasmo que, al parecer, experimentaba Karatáiev contándola. La historia trataba de un viejo mercader que vivía con su familia en el santo temor de Dios y que cierto día salió con un compañero suyo, muy rico, en peregrinación a la tumba de San Macario.
Ambos mercaderes se detuvieron en una posada para pasar la noche, pero al otro día el mercader rico apareció degollado: le habían robado todo y el cuchillo ensangrentado se encontró bajo la almohada de su compañero. Juzgaron al mercader piadoso, lo azotaron, mutilaron sus fosas nasales —según manda la ley, contaba Karatáiev— y lo enviaron a presidio.
—Y he aquí, hermano mío— Pierre había llegado en aquel momento, —que pasaron diez años o más. El viejo seguía en presidio, tranquilo, sin hacer nada malo y no pidiendo a Dios más que la muerte. Pues bien: una noche los condenados se reunieron, como nosotros ahora; el viejo estaba con ellos. Entonces cada uno de ellos habló de por qué sufría condena y de qué era culpable ante Dios. Y cada uno se puso a contar: éste ha matado a un hombre; el otro, a dos; el de más allá provocó un incendio; el cuarto es un siervo que huyó de su amo, y así todos. Por fin preguntaron al viejito: “Y tú, abuelito, ¿por qué estás condenado?”. “Yo, queridos hermanos míos, sufro por mis pecados y por los pecados de los demás. No he matado a nadie, no he robado nunca, favorecí a los necesitados. Yo, queridos hermanos míos, era mercader y poseía grandes riquezas”... Y contó todo tal como había sucedido. “No sufro por mí —dijo—, Dios lo ha querido. Sólo me da pena mi vieja mujer y mis hijos.” Y el viejito rompió a llorar. Y sucedió que entre ellos estaba el que mató al mercader. “¿Dónde ocurrió eso? ¿Cuándo? ¿En qué mes?”, preguntó el verdadero culpable; y quiso enterarse de todos los detalles. Su corazón se angustió. Por último se acercó al anciano y cayó de rodillas ante él. “¡Sufres por mi culpa, viejito! —dijo—. Os juro que este hombre es inocente. Yo maté a su compañero mientras dormía y yo puse el cuchillo bajo su almohada cuando estaba dormido. Abuelo, perdóname en nombre de Cristo.”
Karatáiev guardó silencio; miró al fuego con una sonrisa feliz y atizó la leña. Después prosiguió su historia:
—El viejito le dijo: “Es Dios quien te perdonará. Nosotros somos todos pecadores ante Él. Yo sufro por mis pecados”. Y volvió a llorar amargamente. ¿Y qué pensáis que ocurrió entonces?— siguió Karatáiev, con el rostro cada vez más iluminado por una sonrisa exaltada, como si faltara por contar lo más interesante y todo el sentido de su historia. —El asesino se presentó a las autoridades y dijo: “He matado a seis personas (era un gran malhechor), pero de nadie tengo tanta lástima como de ese viejito; no quiero que sufra por mí”. Lo explicó todo, lo escribieron y enviaron los papeles adonde correspondía; el sitio estaba lejano, y mientras los papeles iban y venían y escribían todo lo que había que escribir, pasó el tiempo. El asunto llegó hasta el Zar, quien ordenó poner en libertad al mercader y darle la buena recompensa que se acordó. Cuando se recibió el papel hicieron llamar al viejo. “¿Dónde está el anciano que sufre condena aunque es inocente? Ha llegado una orden del Zar.” Lo buscaron por todas partes— la mandíbula de Karatáiev tembló. —Pero Dios lo había perdonado ya, el viejito había muerto. Y eso es todo, queridos— concluyó Karatáiev.
Y durante mucho tiempo permaneció silencioso sin dejar de sonreír mirando hacia delante.
No era la historia en sí lo que llenaba el alma de Pierre de un sentimiento confuso y feliz, sino el sentido misterioso de aquella entusiasta alegría que brillaba en el rostro de Karatáiev, el sentido oculto de esa alegría.
XIV
—À vos places!— gritó de improviso una voz. 615
Entre los prisioneros y soldados de la guardia hubo un movimiento de alegre agitación y espera de algo agradable y solemne. Por todas partes se oían voces de mando y a la izquierda, dejando atrás a los prisioneros, pasaron unos jinetes al trote, bien vestidos y montados en magníficos caballos. En todos los rostros había esa expresión forzada que suele notarse en las personas cuando se saben cerca de los jefes superiores. Echaron a los prisioneros, reunidos en grupo, del camino donde formaron los soldados de la guardia.
—L'Empereur! L'Empereur! Le maréchal! Le Duc!
Tan pronto desfiló la bien alimentada escolta, en medio de un enorme ruido pasó una carroza enganchada en reata por caballos grises. Pierre entrevió el rostro reposado, bello, grueso y blanco de un hombre con tricornio. Era uno de los mariscales. Su mirada se detuvo en la alta figura de Pierre; y en el gesto con que frunció el ceño y volvió el rostro Pierre creyó notar la compasión y el deseo de ocultarla.
El general que dirigía el convoy, con la cara roja y asustada, espoleaba a su flaco caballo y galopaba detrás de la carroza. Algunos oficiales se habían reunido y los soldados los rodearon. Todos mostraban la misma excitación e inquietud.
—Qu'est-ce qu'il a dit? Qu'est-ce qu'il a dit?— oía Pierre.
Mientras pasaba el mariscal, los prisioneros se mantuvieron reunidos y Pierre vio a Karatáiev, al que no había visto aún aquella mañana. Envuelto en su capote estaba sentado junto a un abedul y se apoyaba en él. Además de la emoción gozosa del día anterior cuando contaba la historia de los inmerecidos sufrimientos del mercader, alumbraba su rostro una apacible solemnidad. Miró a Pierre con sus ojos bondadosos, redondos y humedecidos por las lágrimas, y, al parecer, lo llamaba, para decirle algo. Pero Pierre temía demasiado por sí mismo. Fingió no haber notado aquella mirada y se apartó apresuradamente.