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No sólo en esas ocasiones, sino siempre, ese hombre viejo solía decir frases carentes de sentido, las que primero se le ocurrían, porque la experiencia de la vida le había demostrado que los pensamientos y las palabras que se utilizan para expresarlos no son los motores que mueven a la gente.

Pero ese mismo hombre, que tanto descuidaba sus propias palabras, no dijo una sola, a lo largo de su actuación, que estuviera en desacuerdo con el único objetivo que persiguió durante toda la campaña. Al parecer, en contra de su voluntad y con la penosa seguridad de no ser comprendido, expresó su pensamiento repetidas veces y en las más diversas circunstancias. De la batalla de Borodinó, de la que partía el desacuerdo con cuantos lo rodeaban, fue el único en afirmar que era una victoria, y lo repitió hasta la muerte, de palabra y en sus informes y despachos. Sólo él dijo que la pérdida de Moscú no suponía la pérdida de Rusia. En respuesta a las propuestas de paz hechas por Lauriston, contestó: La paz no es posible porque el pueblo no la quiere. Y solamente él, durante la retirada francesa, afirmaba que no necesitamos maniobra alguna, todo se irá haciendo por sí mismo mejor de lo que deseamos, y que debemos ofrecer al enemigo puente de plata, que las batallas de Tarútino, Viazma y Krásnoie no eran necesarias, que debíamos llegar con algo a la frontera, que no daría un ruso por diez franceses.

Sólo él —ese cortesano, según nos lo pintan, ese hombre que miente a Arakchéiev para agradar al Emperador— fue capaz de decir que es dañoso e inútil proseguir la guerra en el extranjeroganándose así la enemistad del Zar.

Pero las palabras, por sí solas, no serían suficientes para demostrar que Kutúzov comprendía entonces el significado de los hechos. Sus actos, todos sin excepción, tienden a este triple fin: 1) tensar todas las fuerzas para enfrentarse a los franceses; 2) vencerlos y 3) expulsarlos de Rusia, aliviando en lo posible las calamidades del pueblo y del ejército.

Kutúzov, ese calmoso Kutúzov, cuyo lema era “paciencia y tiempo”; ese Kutúzov, enemigo de las acciones decisivas, da la batalla de Borodinó y rodea sus preparativos de una solemnidad extraordinaria. Kutúzov, que había pronosticado antes de la batalla de Austerlitz que sería una batalla perdida, en Borodinó, en contra de todo cuanto opinan los generales que daban por perdida la batalla, a pesar del ejemplo, inaudito en la historia, de que, tras una batalla ganada, el ejército vencedor debía retirarse, él solo, contra todos, afirmó hasta la muerte que la batalla de Borodinó fue una victoria. Sólo él insistió durante la retirada del enemigo en no dar batallas ya inútiles, no empezar una guerra nueva y no cruzar las fronteras de Rusia.

Hoy es fácil comprender toda la importancia de aquel acontecimiento, siempre que no se atribuya a la actuación de las masas el objetivo que sólo defendía una decena de hombres, porque ahora lo vemos íntegro, con todas sus consecuencias.

Pero entonces, ¿cómo pudo adivinar aquel hombre viejo, solo contra todos, con tamaña exactitud, la importancia y el sentido popular del acontecimiento, sin traicionarse ni una vez a lo largo de toda su actuación?

El origen de esa extraordinaria perspicacia estaba en el sentimiento popular que llevaba en sí, con toda su pureza y todo su vigor.

Solamente porque el pueblo reconocía en él tal sentimiento pudo darse el caso de que contra la voluntad del Zar se eligiera a un viejo caído en desgracia como figura máxima de la guerra nacional. Y fue únicamente ese sentimiento el que lo colocó en la altura suprema desde la cual, como general en jefe, hizo cuanto pudo no para matar y aniquilar a los hombres, sino para salvarlos y compadecerlos.

Su figura sencilla, modesta —y por ello realmente majestuosa— no podía encajar en el falso molde del héroe europeo, presunto conductor de hombres, inventado por la historia.

Para el lacayo no puede haber hombres grandes, porque el lacayo tiene su propio concepto de la grandeza.

VI

El 5 de noviembre fue el primer día de la así llamada batalla de Krásnoie. Al anochecer, después de muchas discusiones y errores de los generales que habían llevado a sus tropas donde no era necesario, tras enviar repetidas veces a los ayudantes de campo con órdenes y contraórdenes, cuando era evidente que el enemigo huía por doquier y no podía darse la batalla, Kutúzov salió de Krásnoie hacia Dóbroie, donde se había trasladado aquel día el Cuartel General.

El día era claro y frío. Kutúzov, rodeado de su enorme séquito de generales que, descontentos de él, murmuraban a sus espaldas en voz baja, iba a Dóbroie en su pequeña y bien alimentada yegua baya. A lo largo del camino se agrupaban en derredor de las hogueras los prisioneros franceses capturados aquel día (que ascendían a siete mil). En las proximidades del pueblo una multitud de prisioneros harapientos, cubiertos con toda clase de trapos, descansaba en el camino, junto a una larga fila de cañones franceses desenganchados de sus tiros; de aquella turba procedía un confuso clamor de voces y conversaciones.

Al acercarse el generalísimo el vocerío cesó y todas las miradas se fijaron en Kutúzov, que avanzaba lentamente con su gorro blanco orlado de rojo y su capote guateado, cual una joroba sobre sus hombros encorvados. Uno de los generales se acercó a informarlo del lugar donde fueron capturados los cañones y los prisioneros.

Kutúzov parecía preocupado por algo y no oía las palabras del general. Entornaba con aire disgustado los ojos y miraba fija y atentamente a los prisioneros cuyo aspecto era más lamentable. La mayoría de los soldados franceses tenían el rostro desfigurado, las mejillas y la nariz congelados y los ojos de casi todos estaban enrojecidos, hinchados y purulentos.

Un grupo de prisioneros estaba a la orilla misma del camino; dos soldados (uno de los cuales tenía el rostro cubierto de llagas) desgarraban con las manos un pedazo de carne cruda. Había algo terrible y bestial en la mirada que echaron sobre los jinetes y en la iracunda expresión con que miró a Kutúzov el soldado de las llagas, apartando de inmediato los ojos para seguir con su quehacer.

Kutúzov miró largamente a aquellos dos soldados, frunció aún más el ceño, entornó los ojos y, pensativo, movió la cabeza. En otro grupo vio a un soldado ruso que, riendo, golpeaba la espalda de un francés y le decía algunas palabras amables. Kutúzov movió de nuevo la cabeza con la misma expresión.

—¿Qué dices?— preguntó al general, que seguía con su informe y reclamaba la atención del comandante en jefe para que se fijara en las banderas francesas tomadas aquel día y colocadas ante la primera fila del regimiento Preobrazhenski.

—¡Ah, las banderas!— dijo, como si le costara apartarse del objeto que ocupaba sus pensamientos.

Miró alrededor con aire distraído. Miles de ojos lo observaban desde todas partes, esperando oír sus palabras.

Ante el regimiento Preobrazhenski se detuvo; suspiró penosamente y cerró los ojos. Alguien del séquito hizo un gesto para que los soldados que sostenían las banderas se acercaran y rodearan al generalísimo con ellas. Kutúzov permaneció en silencio unos segundos; después, como sometiéndose de mala gana a los deberes que le imponía su cargo, levantó la cabeza y comenzó a hablar. Nutridos grupos de oficiales lo rodearon. Él los miró atentamente reconociendo a unos cuantos.