Las voces fueron cesando y en medio del silencio se oyó el ronquido de algunos que se habían dormido, otros se daban la vuelta; se calentaban y hablaban de vez en cuando. Desde otra hoguera, a un centenar de pasos, se oyeron risas unánimes y alegres:
—¡Cómo se divierten en la quinta!— dijo un soldado. —¡La de gente que se ha reunido!
Un soldado se incorporó y se dirigió hacia la quinta.
—¡Qué risa!— dijo, volviendo al poco rato. —Tienen a dos franceses; uno está completamente helado, pero el otro es de lo más divertido y canta bien.
—¡Ea, vamos a verlo!...
Y algunos soldados se fueron a la quinta compañía.
IX
La quinta compañía había acampado en el lindero del bosque. Una enorme hoguera llameaba en medio de la nieve iluminando las ramas de los árboles, dobladas bajo el peso de la escarcha.
A medianoche los soldados oyeron en el bosque ruidos de pasos y de ramas quebradas.
—¡Muchachos, un oso!— dijo un soldado.
Todos alzaron la cabeza, prestando oído. A la luz de la hoguera vieron salir del bosque dos figuras humanas, extrañamente vestidas y apoyadas la una en la otra.
Eran dos franceses que se habían escondido en el bosque. Diciendo con ronca voz algo incomprensible para los soldados rusos, se acercaron al fuego. Uno de ellos, el más alto, con gorra de oficial, parecía completamente extenuado. Al llegar junto a la hoguera quiso sentarse, pero cayó en tierra. El otro, un soldado bajo y achaparrado, con la cara tapada con un pañuelo, no mostraba tanto cansancio; levantó a su compañero y, señalándose la boca, dijo algo. Los soldados rodearon a los franceses, tendieron en el suelo un capote para acomodar al enfermo y trajeron para los dos, gachas y vodka.
El exhausto oficial francés era Ramballe; el soldado de la cara abrigada con el pañuelo era Morel, su asistente.
Cuando Morel hubo bebido vodka y comido una cazuela de gachas, pareció presa de una morbosa alegría y comenzó a hablar a los soldados, que no lo entendían. Ramballe había rechazado la comida y, en silencio, yacía junto al fuego, apoyado en un codo, mirando a los rusos con ojos enrojecidos y extraviados. De vez en cuando dejaba escapar un prolongado gemido y volvía a su silencio. Morel, señalando sus hombros, quería dar a entender que su compañero era un oficial y que necesitaba ser atendido. Un oficial ruso que se había acercado al grupo mandó preguntar al coronel si quería recibir a un oficial francés para hacerlo entrar en calor; y cuando el emisario regresó con la aquiescencia del coronel, pidieron a Ramballe que se levantase.
Éste se levantó e hizo lo posible por dar unos pasos, pero se tambaleó y habría caído si un soldado que estaba cerca no lo hubiera sostenido a tiempo.
—¿Qué? ¿No querrás volver...?— dijo un soldado, guiñando burlón el ojo.
—¡Calla, memo! ¿A qué viene eso? Bien se ve que eres un mujik, un mujik de pies a cabeza— se oyeron voces diversas reprochando la burla del soldado.
Rodearon a Ramballe y dos soldados lo levantaron enlazando las manos. Ramballe se abrazó a ellos y, mientras lo llevaban, gimoteó:
—Oh! mes braves, mes bons, mes bons amis! Voilà des hommes! Oh! mes braves, mes bons amis! 622— y como un niño reclinó la cabeza sobre el hombro de uno de ellos.
Mientras tanto Morel permanecía sentado en el mejor sitio entre los rusos que lo rodeaban.
Era un francés menudo y achaparrado, con los ojos inflamados y llorosos; el pañuelo que llevaba a la manera de las campesinas lo anudaba por encima del gorro; también vestía una pelliza de mujer. Animado evidentemente por el vodka, abrazado al ruso que tenía al lado, cantaba con voz ronca y quebrada una canción francesa. Los soldados lo miraban y reían a más no poder.
—¡Bravo! ¿A ver, cómo es? ¡Enséñame! La aprenderé en seguida... ¿Cómo es?— decía el soldado al que Morel abrazaba.
—Vive Henri Quatre. Vive ce roi vaillant— cantó Morel, guiñando un ojo. —Ce diable à quatre... 623
—Vivarika! Vif sieruvaru! Sidiablakla...— repitió el ruso, agitando una mano y acertando efectivamente con la melodía de la canción.
—¡Bravo! ¡Ja, ja, ja!— se oyó desde varias partes, entre toscas y sonoras carcajadas.
También rió Morel, frunciendo el rostro.
—¡Sigue! ¡Sigue!
Qui eut le triple talent
de boire, de battre
et d’être un vert galant... 624
—¡También eso está entonado! ¡A ver, a ver, Zalietáev!
—Kiu...— pronunció con esfuerzo Zalietáev. —Kiuiuiu...— canturreó, redondeando convenientemente los labios —letriptalá de bu de ba detravagalá...— cantó.
—¡Bien! ¡Bien! ¡Estupendo! ¡Lo haces igual que un francés! ¡Ja, ja, ja! Bueno, ¿quieres comer más?
—Dadle rancho, no se saciará pronto después de haber pasado tanta hambre.
Le dieron más rancho y Morel, riendo, comenzó su tercer plato. Todos los soldados jóvenes que lo rodeaban sonreían alegres. Los viejos, que consideraban poco digno ocuparse de semejantes tonterías, se habían agrupado de la otra parte de la hoguera, se incorporaban de vez en cuando y miraban a Morel con una sonrisa.
—También ellos son hombres— dijo uno, envolviéndose en el capote. —Hasta el ajenjo tiene sus raíces...
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cuántas estrellas! Anuncia helada...
Y todo quedó en silencio. Las estrellas, como si supieran que ya nadie las miraría, rutilaban en el cielo negro. Ya encendiéndose, ya palideciendo y temblando, se comunicaban secretamente algo alegre pero misterioso.
X
Las tropas francesas se descomponían en una progresión matemáticamente exacta. El célebre paso del Berezina, sobre el que tanto se ha escrito, no fue más que uno de los compases de espera de aquel proceso de exterminio del ejército francés, y en manera alguna un episodio decisivo de la campaña. Si los historiadores franceses han escrito y escriben tanto sobre el Berezina se debe a que esta vez, en el puente hundido de aquel río, los sufrimientos franceses, antes escalonados, se amontonaron de pronto en un espectáculo trágico que ha quedado en la memoria de todos. Por otra parte, si los rusos han hablado y escrito tanto acerca del Berezina es porque, lejos de la zona de guerra, en San Petersburgo, se había redactado un plan (de Pfull) para hacer caer a Napoleón en una trampa estratégica en el río. Todos parecían convencidos de que las operaciones se desarrollarían sobre el terreno de acuerdo con lo dispuesto en aquel plan y por ello insistían en que el paso del Berezina había sido fatal para los franceses. En realidad los resultados del paso del río, teniendo en cuenta la pérdida en cañones y prisioneros, fueron menos desastrosos para los franceses que la batalla de Krásnoie, según demuestran las cifras.
El paso del Berezina es importante únicamente porque demostró de manera evidente e indudable la inconsistencia de todos los planes ideados para cerrar el paso a Napoleón en su retirada y la exactitud del único plan de acción posible, exigido por Kutúzov, que se limitaba a perseguir al enemigo. La desorganizada turba de los franceses huía con rapidez siempre creciente y estaba dirigida con toda energía a la consecución de su objetivo. Escapaba como una fiera herida y no podía detenerse en su camino. Esto se hizo evidente no sólo por la manera como fue preparado el paso del río, sino por el movimiento de la masa sobre los puentes. Cuando éstos fueron rotos, los soldados desarmados, los habitantes de Moscú, las mujeres y niños que seguían en carros a las tropas, todos —por efecto de la ley de inercia—, en vez de rendirse, continuaron huyendo hacia delante, en barcas y en el agua helada.
Obrar así era racional. La situación de los fugitivos como la de sus perseguidores seguía siendo igual de mala. Permaneciendo junto a sus compañeros, cada uno esperaba en su desventura el socorro del camarada, volver a la posición que antes ocupaba entre los suyos. Con la rendición a los rusos seguían encontrándose en la misma miseria, pero pasaban a un puesto inferior en cuanto a la distribución de víveres. Los franceses no necesitaban informaciones seguras para saber que la mitad de los prisioneros perecían de frío y hambre, pues los rusos no sabían qué hacer con ellos pese a todo su deseo de salvarlos; se daban cuenta de que eso no tenía remedio. Ni los jefes rusos más inclinados a la piedad y simpatizantes de los franceses, ni los franceses al servicio de Rusia, nada podían hacer por los prisioneros. Los franceses perecían víctimas de la misma situación calamitosa en que se hallaba el ejército ruso; no era posible quitar ropa y comida a soldados hambrientos y muertos de frío, que eran necesarios, para dárselas a los franceses, incapaces ya de causar daño, ni culpables ni odiados, sino sencillamente inútiles. Algunos llegaban a hacerlo, pero eran excepciones.